COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Séptimo Domingo del Tiempo Ordinario

La perfección del amor

No se nos tiene que olvidar que seguimos escuchando el Sermón de la Montaña, que va de
los capítulos 5 a 7 del evangelio de San Mateo. Hace tres domingos, tendríamos que haber
leído el comienzo, las bienaventuranzas, pero no lo hicimos por coincidir con la fiesta de la
Presentación del Señor.
Las bienaventuranzas nos dan algunas claves de lo que quiere ser el programa del Reino de
Dios: tener hambre y sed de la justicia, trabajar por la paz… Además las bienaventuranzas
nos dicen cómo ha de ser el corazón de la persona que quiera empeñarse en acoger el sueño
de Dios sobre la historia: misericordiosa, limpia de corazón…
Las personas que son así, las personas que tienen un corazón evangélico, son las que se
convierte en sal de la tierra y luz del mundo. No tienen que decir ni hacer nada especial.
Solo viven desde dentro: transparentan la luz que han recibido. Así de sencillo y así de
complicado. Quien vive desde Dios, por su mismo testimonio se convierte en sal de la tierra
y luz del mundo. Invitación que recibíamos de Jesús hace dos domingos.
El evangelio de hoy, continuación del pasaje que escuchamos el domingo pasado, nos puede
parecer una utopía: el amor al enemigo. La perfección del amor.
No cabe la menor duda de que la Ley de Talión, “el ojo por ojo, diente por diente”, fue una
conquista social importante en el ámbito de la justicia: no hacer más daño que aquel que se
nos ha hecho. No es poco. En ocasiones, y lo sabemos por propia experiencia, si nos
dejáramos llevar por los impulsos más primarios, no nos conformaríamos con eso: “tú uno,
y yo dos”. Pero sabemos que “el ojo por ojo”, no nos conduce más que a un escenario de
tuertos, cuando no de ciegos.
No nos vale la Ley de Talión, pero se nos hace cuesta arriba la propuesta de Jesús: “no
hacer frente al que nos agravia…, presentar la otra mejilla…, dar la capa a quien te quiera
quitar la túnica…”. Luchar contra el mal haciendo el bien. Esta propuesta de Jesús nos
puede conmover por dentro, empalman con lo mejor del corazón humano, pero nos parece
que está fuera de toda lógica, de todo planteamiento racional. De suyo, apunta a la
perfección del amor.
Es curioso como funcionamos los humanos, y los creyentes estamos incluidos en esa
categoría. Jesús no nos pide ningún heroísmo que a lo mejor estaríamos dispuestos a hacer:
dar nuestra vida por mejorar la Humanidad. Si tuviésemos una mínima certeza de que dando nuestra vida, íbamos a asegurar una Humanidad más justa, más fraterna, más solidaria, un reparto más equitativo de la riqueza, unas condiciones de vida más dignas para los empobrecidos de la Tierra… a lo mejor alguien se animaba a dar su vida por esta causa.
Además, seríamos dignos del premio Nobel o de algún reconocimiento internacional.
Pasaríamos a ser uno de los grandes personajes de la historia que han muerto trágicamente, como Ghandi, Martin Luther King, Monseñor Romero, Ellacuría y sus compañeros mártires… incluso esas personas a las que les ha llegado la muerte de forma natural como santa Teresa de Calcuta o Nelson Mandela, pero a los que se les reconoce una vida entregada a favor de los demás.
El heroísmo que nos pide Jesús es más discreto: estar dispuestos a amar a nuestros
enemigos. Te invito a que pienses en un momento en quiénes son tus enemigos, trae sus
rostros a tu memoria, también los motivos que te llevaron a la enemistad… y luego lleva
esas personas a tu corazón…
Si no tienes ningún enemigo, dale gracias a Dios, porque vives desde la bondad y tienes un
corazón reconciliado.
séptimo domingo del tiempo ordinarioSi te ha venido a la memoria aunque no sea más que uno y has intentado llevarlo a tu
corazón, seguro que te habrás preguntado si no es excesivo lo que nos pide Jesús. Yo
también me lo pregunto en más de una ocasión: “¿quién puede con esto?”. Sólo tenemos una respuesta: la que nos da el mismo Jesús, amar hasta la muerte. Esa es la medida del ser cristiano: morir a nuestro propio yo, morir a nuestros intereses, morir incluso hasta a nuestros propios derechos, porque también así es como se concreta el amor al enemigo. ¿Es inhumano? Lo parece. Sin embargo, aquellos que han hecho la aventura de amar al enemigo dicen que merece la pena.
Ahora que parece que la paz y la reconciliación pueden llegar a este Pueblo que tanto ha
sufrido a cuenta de la violencia, especialmente la de ETA, tenemos el testimonio de
personas que nos dicen que el perdón es el camino para poder sanar heridas que se abrieron hace muchos años. Nos dicen que no es un camino fácil, pero que hay que andarlo.
Amar al enemigo, reconciliarse con quien nos ha hecho daño, nos parece inhumano. La
alternativa, mantener la confrontación, no es más humana, y tampoco cristiana. Pero no es
cuestión de puños, de fuerza de voluntad, sino de abrirse al amor, al que Dios nos tiene, y
desde ahí tratar de amar. Una vez más transparentar el don.
Jesús nos pide que nuestro corazón se vaya convirtiendo, se vaya pareciendo al de Dios
Padre, “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”.
El corazón del Padre es pura misericordia, ¡con todos!
Estamos invitados a ser como Él: a hacer de la medida del amor, el amor sin medida. Y lo
que decimos para la vida personal, vale igualmente para la vida social. No es fácil, pero hay
que intentarlo. Es así como se llega a la perfección del amor.

Galería | Esta entrada fue publicada en Anjelmaria Ipiña, Comentario a la Palabra dominical y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s