COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario

Consagrar la vida. Vivir la consagración (Presentación del Señor)

El calendario litúrgico hace que dejemos la lectura continuada del evangelio de san Mateo para que nos centremos en un pasaje de la infancia de Jesús, relatada por Lucas.
Es un texto importante el que “saltamos”. Hoy tendríamos que haber escuchado el texto correspondiente a las Bienaventuranzas. Este texto, por su carácter programático, junto con el capítulo 25, test de verificación de haber vivido según el espíritu de las bienaventuranzas, son textos nucleares del evangelio de san Mateo.
Estamos a 2 de febrero, a 40 días de la celebración del nacimiento de Jesús. El 40 es un número importante en la tradición bíblica. En este caso porque hace referencia al rito judío de la purificación de la mujer después del parto.
Por eso, deudores como somos de nuestras raíces judías, en alguna época a la fiesta de hoy se le conocía con el nombre de “la purificación de María”. Más popularmente conocida como la Candelaria o fiesta de las candelas. Vinculada a la Madre, esta fiesta de la luz se podría aplicar al Hijo, ya que el mismo texto evangélico nos presenta a Jesús como “luz de las naciones”.
El Concilio Vaticano II ha querido subrayar la parte del relato que hace referencia a la consagración del primogénito, de ahí que estemos celebrando “la presentación del Señor”.
Por su parte la iglesia oriental le ha llamado al día de hoy “fiesta del encuentro”. Encuentro entre Cristo y el pueblo humilde, representado por Simeón y Ana. Dos ancianos que ven colmada la esperanza de Israel en aquel niño: ¡Quién lo iba a decir, en un niño!.
Desde 1997, por iniciativa del beato Juan Pablo II, el día de hoy se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, en referencia a los hombres y mujeres que por medio de los votos a Dios profesan los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.
Simeón y Ana podrían ser perfectamente iconos de la Vida Consagrada o Vida Religiosa. Podríamos pensar que lo son porque, salvo excepciones, al acercarnos a monasterios y casas de las comunidades religiosas, sean de varones o de mujeres, dedicados desenfrenadamente a diversas tareas o guardando estrictamente la clausura, nos encontramos mayoritariamente con ancianas y ancianos. Esta es una realidad, por lo menos en los países del hemisferio Norte.
No es éste aspecto el que hace de Simeón y de Ana iconos de la Vida Religiosa, sino su capacidad de vivir en y desde la esperanza, en sí misma y como servicio evangelizador, porque nuestra sociedad está demandando el testimonio de grupos humanos que se sientan sostenidos en la esperanza, en medio de todo tipo de incertidumbres.
Es una pregunta que se puede hacer la Vida Religiosa a sí misma: ¿sigue siendo testimonio de esperanza hoy? Si lo hace, ¿en qué espera? ¿en quién espera?
Su esperanza no se puede fundamentar en recursos humanos jóvenes. ¡Con qué nostalgia se vive en muchas comunidades religiosas aquellos tiempos en que “éramos jóvenes y nada se nos resistía”!
Cuarto Domingo del Tiempo OrdinarioTampoco puede fundamentar su esperanza en unas plataformas apostólicas potentes, que en ocasiones han ocultado la debilidad de la opción evangélica de las mismas. Hoy ya vamos tomando conciencia de que nuestra esperanza ni siquiera se puede fundamentar en un “traspaso ordenado de nuestras obras apostólicas al laicado comprometido con el carisma”.
Hoy, tal vez como nunca en el contexto de la Vida Religiosa, la esperanza ha de ser teologal, más allá de todo poder y toda fuerza: una esperanza centrada en Dios, al que lo tendremos que reconocer como un niño en brazos de su madre.
Simeón era anciano, pero se había mantenido joven su esperanza: ver al Mesías prometido. Sus ojos contemplativos le hicieron capaz de reconocerlo en la fragilidad de un niño. La Vida Religiosa, contemplativa por vocación, está invitada a reconocer en medio de la fragilidad de la vida, la promesa de Dios. Simeón, “el Señor ha escuchado”, es modelo de para nosotros, que tenemos que estar atentos a la vida de Dios que se manifiesta a nuestro alrededor y que alimenta y sostiene nuestra esperanza. Consagramos la vida a ello.
Ana era anciana, pero se había mantenido activa su esperanza: es testigo del acontecimiento y no puede menos que pregonarlo a los cuatro vientos. Ana, “Dios se ha compadecido”, no puede retener el don de Dios. La Vida Religiosa, misionera por vocación, está invitada, desde la acción de gracias, a dar a conocer lo que Dios ha hecho en y con ella, más allá de la aparente fragilidad. Testimoniar el don es vivir la consaagración.
No olvidemos que una acepción secular de la consagración es “dedicarse con especial esmero y atención alguien o algo a un determinado fin”. Simeones y Anas en la Iglesia y para el mundo, consagrando la vida y viviendo la consagración… desde Dios.

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