COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Santa María, Madre de Dios

La paz: don, deseo y tarea

Las fiestas navideñas siempre son una invitación a la desmesura, no sólo porque comemos más o consumimos más, ¡que también!, sino porque parece que todo nos invita a tratar de ser felices y deseárselo a los demás.
Es de tal intensidad este deseo que cuando por alguna circunstancia, la enfermedad, la soledad, el fallecimiento reciente de alguna persona querida, una ruptura familiar… cualquier circunstancia adversa hace que las navidades ahonden más en la tristeza y la pérdida de lo que teníamos: presencia, amistad, cariño… y que ya no poseemos.
Con el comienzo del año parece que, aunque no sea más que por unas horas, todo queda disipado, todos nos permitimos soñar lo mejor para nosotros mismos y para los demás: ¡Feliz Año Nuevo! ¡Te deseo un año lleno de paz, de prosperidad, de felicidad!, nos decimos los unos a los otros y lo repetimos por doquier, a los más cercanos y también a aquellos a los que a lo mejor esquivamos la mirada en el día a día. Parece que con el comienzo del año nos queremos dar una nueva oportunidad.
Todos esos buenos deseos, repetidos año a año, que exteriorizamos, los tenemos que acoger por dentro para que tengan algo de recorrido. No se trata sólo de desearle a los demás la paz, sino que tendríamos que invitarnos los unos a los otros a acoger la paz en nuestro interior.
Es lo que hace la Iglesia en este primer día del año en que celebramos la fiesta mariana más importante del año: la solemnidad de Santa María, madre de Dios. Es la más importante y la más antigua que celebra la Iglesia, ya que empezó a celebrarse en Roma hacia el siglo VI. Otras celebraciones marianas, aunque tienen mucha raigambre entre nosotros, son muy posteriores.
Santa María Madre de DiosPues bien, en este día Dios también viene a nuestro encuentro y con su Palabra, ya desde la primera lectura tomada del libro de los Números, nos desea todo bien y nos desea la paz. La fórmula de bendición que se nos invita a utilizar los unos con los otros, en toda ocasión, no sólo al comenzar el año, contiene tres deseos.
El primer deseo: que podamos vivir en presencia de Dios, que podamos vivir en toda circunstancia, propicia o adversa, que estamos en buenas manos, que pase lo que pase, Dios nos protege. Esta confianza básica es fundamental en la vida del creyente.
El segundo deseo: que Dios nos ilumine. Que Dios sea nuestro compañero de camino en nuestra peregrinación por la vida. Que Él y su voluntad sean el faro que ilumina nuestros pasos. Que cuando andamos errados, seamos capaces de verlo y reconocerlo, que nos sintamos iluminados para regresar a su presencia, Él siempre nos espera, Él siempre nos acoge con misericordia, Él siempre nos bendice, dice bien de nosotros y sobre nosotros.
Tercer deseo: poder experimentar la paz. Esa paz que tantas veces deseamos, que la buscamos por caminos equivocados, porque la buscamos fuera y habita dentro de nosotros. Esa paz interior que nos acompaña también en medio de las batallas de cada día, y que nada ni nadie nos la puede arrebatar, porque es el regalo mayor que Dios ha puesto en nosotros.
Pero para que no pensemos que la paz que proclamamos es algo intimista e individualista, la Iglesia ha querido que en este día de Santa María, madre de Dios y reina de la paz,
celebremos la Jornada Mundial de Oración por la paz, que este año lleva como título: “La
fraternidad, fundamento y camino para la paz”. Como podemos percibir por el título, la paz
es don de Dios, como ya lo hemos dicho, pero también es compromiso humano. Dios que
nos ha creado sin nosotros, pero no nos puede salvar sin nosotros, como decía San Agustín.
De las muchas cosas que dice el Papa Francisco en su mensaje para este día sólo recojo sus
palabras introductorias:
“En este mi primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, quisiera desear a todos, a
las personas y a los pueblos, una vida llena de alegría y de esperanza. El corazón de todo
hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma
parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los
que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer.
De hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La
viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como
una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de
una sociedad justa, de una paz estable y duradera. Y es necesario recordar que
normalmente la fraternidad se empieza a aprender en el seno de la familia, sobre todo
gracias a las responsabilidades complementarias de cada uno de sus miembros, en
particular del padre y de la madre. La familia es la fuente de toda fraternidad, y por eso es
también el fundamento y el camino primordial para la paz, pues, por vocación, debería
contagiar al mundo con su amor”.
Que en este primer día del año, Santa María, Madre de Dios y Reina de la paz, nos ayude a
comprender que la paz es don de Dios. La paz es deseo y tarea humana. La paz: don, deseo
y tarea.

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