COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Trigesimoprimer Domingo del tiempo ordinario

El amor tiene capacidad transformadora

Los pasajes evangélicos de los dos últimos domingos nos hablan de esos personajes especialmente odiados en Israel en tiempos de Jesús: los recaudadores de impuestos. Doblemente odiados: por colaboracionistas con el poder político opresor; por aprovecharse de su cargo para abusar de sus conciudadanos cobrando más de lo que estaba estipulado. Incluso en la problemática social, somos más contemporáneos de Jesús de lo que en ocasiones somos conscientes.
Jesús ya nos sorprendió el domingo pasado, poniendo como ejemplo de oración la actitud del publicano frente a la del fariseo. Advertíamos que lo que ponía como modélica era la oración del publicano, no el tipo de vida que llevaba. Aunque a decir verdad, Jesús no dice nada sobre el modo de vida del publicano.
Hilari Raguer, monje benedictino de Montserrat, tiene una post-parábola del evangelio del domingo pasado en la que recoge algunas palabras que hemos escuchado en el de hoy. El texto es largo, casi al final del mismo dice que al día siguiente, el publicano, orgulloso por lo que había dicho Jesús sobre él, volvió al Templo y comenzó a orar:
“Oh Dios, te doy gracias porque no soy como este fariseo, que desconoce tu misericordia y presume de sus buenas obras. Le estuvo muy bien lo que le dijiste ayer. Ahora ya no hace falta que yo siga implorando tu misericordia, porque sería como dudar de tu perdón. Cierto que yo había acumulado muchas riquezas con los impuestos que había recaudado indebidamente, pero daré la mitad a los pobres y restituiré el cuádruple”.
Entonces el Señor le dijo: “Yo te aseguro que encontraste la forma más refinada de fariseísmo”.
Estamos muy acostumbrados a compararnos y a poner etiquetas a los demás. “Te doy gracias, Señor, porque no soy como éste”. Detrás del “éste”, puede haber un fariseo o un publicano, o los dos. Nos creemos con derecho a erigirnos en jueces de los demás. El judío piadoso de tiempos de Jesús estaba muy acostumbrado a dar gracias a Dios por no ser como los demás, sobre todo por no haber nacido pagano, esclavo o mujer.
En el evangelio de hoy se nos dice en pocas líneas que Zaqueo era jefe de publicanos, rico, bajo de estatura y pecador. Todas las etiquetas, una detrás de la otra. Lo tenía todo, menos amigos. A los ojos de los demás, Zaqueo era un hombre rico por fuera y pobre por dentro. Merecedor de la marginación social y religiosa. La gente le odiaba tanto que ni siquiera le hicieron un hueco para poder ver al profeta de Nazaret. El evangelio subraya que era la gente la que le impedía ver a Jesús. No es de extrañar que se bajara del árbol en seguida y que recibiera muy contento a Jesús, a pesar de lo surrealista de la invitación: “Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”. Auto-invitación en toda regla.
Cómo sería la mirada de Jesús, cuando levantó los ojos para encontrarse con Zaqueo haciendo el ridículo encaramado a una higuera, para hacer que aquel hombre bajara en seguida. Cómo sería la mirada de Jesús durante aquella comida para que arrancara de Zaqueo el deseo de ser bueno: la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.
Solemos decir que hay miradas que matan. Hay también miradas que sanan y restauran, que dan paz, que devuelven la confianza, que invitan a querer ser buenos. ¿Cómo es nuestra mirada sobre la realidad, sobre las personas? ¿Qué trasmite mi mirada? ¿En qué transformo mi mirada? ¿Juicio? ¿Condena? ¿Acogida? ¿Aceptación?
No sé si habéis oído hablar de Monseñor Franz-Peter Tebartz-van Elst, obispo de Limburg (Alemania). Toda la prensa europea se ha hecho eco de su megalomanía, haciendo construir una residencia episcopal que supera los 30 millones de euros (5000 millones de pesetas). Una auténtica canallada en los tiempos que corren. Muchos, entre los que me incluyo, habremos pedido a gritos, o deseado en nuestro corazón, que lo destituyan fulminantemente, que bastante mala prensa tiene la Iglesia para que hagamos ostentación de que la crisis económica no va con nosotros. Seguro que más de uno, también dentro de la Iglesia Católica, se habrá alegrado, porque así, una vez más, queda en evidencia el modo de 31º domingo del tiempo ordinarioproceder de los obispos y del clero en general. Ponemos etiquetas. Emitimos juicios. Una y otra cosa son legítimas. Yo, en un momento de debilidad espiritual, y a la luz de evangelio de Zaqueo, me pregunté, ¿cómo miraría Jesús a este obispo? ¿Qué le diría, que se bajara de la soberbia que se le estaba subiendo a la cabeza? ¿Se auto-invitaría Jesús al nuevo palacio episcopal?
Tengo las preguntas. Me faltan respuestas. La Palabra de Dios me da algunas luces: “Te compadeces de todos… cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan… a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida… corriges poco a poco a los que se caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor”.
Dios es amigo de la vida. Lo propio de Dios no es aniquilar, sino restaurar por medio del perdón y la acogida. Cuando nosotros dejamos de creer en la persona, Dios sigue apostando por nosotros. Lo decimos, y aunque lo hemos constatado en Zaqueo, ¿y en nosotros?, no sé si nos lo terminamos de creer: el amor tiene capacidad transformadora.

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