COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimoquinto Domingo del tiempo ordinario

Dios es la mejor inversión

El domingo pasado aprovechábamos la lectura del Éxodo, en la que se nos narraba el episodio en el que los israelitas, cansados de esperar a Moisés que había subido al monte Sinaí, se hicieron un becerro de oro y le adoraban como a su libertador. Decíamos el domingo pasado que los humanos tendemos a fabricarnos ídolos, que normalmente nos conducen a la opresión y la muerte, y sustituirlos por el Dios de la Libertad y el Dios de la Vida. De ese peligro es el que nos previenen las palabras de Jesús en el evangelio: “no podéis servir a Dios y al dinero”; no podéis servir a Dios y a los ídolos.
Ya lo decíamos el domingo pasado que hoy el becerro de oro se nos puede nombrar como dinero y poder. Conocemos sus templos: los bancos y los mercados. Y sus consecuencias: desigualdades, injusticia, empobrecimiento, individualismo,… deshumanización.
La cosa viene de lejos. Amós, uno de los llamados profetas menores, nació a unos 20 km. de Jerusalén, en Tecua, pero predicó en el Reino del Norte. Se sintió enviado por el Señor a denunciar la infidelidad del pueblo para con su Dios y la injusticia para con los empobrecidos. Era una época, el siglo VIII a. C., antes de la conquista de los asirios, en la que se estaba viviendo prosperidad económica. Parece que la cosa se repite: prosperidad económica igual a olvido de Dios, por una parte, corrupción moral y religiosa, por otra.
No se trata de satanizar el “estado del bienestar”. Pero sí de preguntarnos sobre quién o quiénes se sustenta nuestro “estado del bienestar”. ¿Tal vez sobre los miles de millones de seres humanos que no han oído hablar, y menos aún gozado, de eso que llamamos el “estado del bienestar”? Bueno, eso que llamamos o que hemos llamado, porque poco a poco lo estamos desmantelando. Ya estamos viendo que la alternativa no es mejor, ni más justa ni más equitativa.
Todas las épocas han tenido sus explotadores particulares: “exprimís al pobre, despojáis a los miserables… compráis por dinero al pobre, al mísero por un par de sandalias”. Todas las épocas han tenido sus defraudadores profesionales: “disminuís la medida, aumentáis el precio, usáis balanzas con trampa,… vendiendo hasta el salvado del trigo”. Son palabras del profeta Amos, pronunciadas hace 2.800, pero que parecen pronunciadas en nuestros días.
Hoy tenemos un problema añadido a la situación que vivió Amós. Tendríamos dificultades serias para poner rostro a los explotadores y a los defraudadores. Es verdad que unos pocos son noticia en la prensa diaria, pero lo denunciado es un parte ínfima del conjunto. ¿Qué rostro le ponemos a las grandes compañías, a los grandes bancos? ¿Qué rostro le ponemos a los negocios más lucrativos, a saber, el tráfico de drogas, el tráfico de personas y el tráfico de armas? Tal vez el rostro que les podríamos poner es el de sus víctimas.
San Pablo, en la carta a Timoteo, nos ha dicho: “Te ruego, lo primero de todo, que hagáis oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que están en el mundo, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro”. Sólo nos faltaría añadir: “Roguemos al Señor”. Pero no, no es a Él a quien se lo tenemos que pedir, que ya nos lo ha dado todo en su hijo Jesucristo.
La parábola que cuenta Jesús en el evangelio de hoy nos suele resultar incómoda para comentar: “… el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido”. Y, por si eso fuera poco, insiste: “Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”. Por eso, la liturgia nos sugiere que la podemos suprimir.
25º domingo del tiempo ordinarioSon curiosos los comentarios que se suelen hacer a esta parábola. Unos la tratan de justificar diciendo que lo que realmente eran injustos eran los bienes del rico, que a saber qué había hecho para acumularlos. Vamos, que se podría aplicar lo que dice la sabiduría popular: “quien roba a un ladrón tiene mil años de perdón”. Otros, queriendo salvar al hombre rico y al administrador, dicen que lo que estaba haciendo el administrador era renunciar a la parte de beneficio que le correspondía como administrador: inversión de futuro. Lema: “Invierta en amigos”. No está nada mal. Nos podríamos preguntar cada uno de nosotros en qué invertimos nuestro dinero. Quien no lo tenga, que se pregunte en qué invierte la vida, que es aún más importante que el dinero. Merece la pena acertar con un estilo de vida que tenga visos de eternidad.
Otros dicen que se trataría de un relato popular que Jesús utiliza para subrayar lo que viene a continuación.
¿Qué es lo que viene a continuación? “Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. Volvemos nuevamente al comienzo. No podemos servir a Dios y a los ídolos. El Papa Francisco comentando el viernes este texto se preguntaba, ¿contra qué mandamiento se peca cuando uno hace una acción por dinero? Contra el primero: se peca de idolatría. Si el dinero se convierte en ídolo y se le rinde culto. Citó a los Santos Padres, que decían que “el dinero es el excremento del diablo”. Añadía el Papa que nos dice Jesús que no se puede servir al ídolo dinero y al Dios viviente: o al uno o al otro. Nosotros, a estas alturas de la vida, creo que podemos decir, aunque sea con temor y temblor, porque no estamos exentos de incoherencias, que Dios es la mejor inversión.

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