COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimotercer Domingo del tiempo ordinario

¿Queremos elegir el camino de Jesús?

“El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”. Y ahora, después de escuchar estas palabras, ¿qué hacemos? ¿Nos vamos o nos quedamos? ¿Renunciamos a todos nuestros bienes o renunciamos a ser discípulos de Jesús? Porque parece que no nos deja alternativa.
Para suavizarlo podemos encontrar componendas. ¡Hombre! Cuando habla de renunciar, tal vez no quiere decir renunciar exactamente, sino cuestionar, preguntarnos por ellos, reflexionar o cosas así, pero sin llegar a una implicación concreta. Tomar conciencia, que no es poco. Cuando dice todos, pues tampoco hay que ser extremista, querrá decir casi todos o, a lo mejor, los que nos sobran. Bastante sería con que renunciáramos a acumular. Cuando habla de bienes, la cosa se complica: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.
Podemos pensar que este texto no pudo salir de la boca de Jesús, que pedir tanta incondicionalidad es más propio de un líder religioso integrista o del gurú de una secta.
Sin embargo, es algo que acontece en la vida. Tener que elegir es algo natural, es más, es posibilidad de libertad. A pesar de que el mensaje que nos quieren vender es otro, la libertad está hecha de renuncias. Por poner un ejemplo muy burdo, en muchas ocasiones, para ser libres, tenemos que renunciar a tener una buena imagen social. Si decimos lo que pensamos, desde lo que somos, es probable que nos encontremos con personas a las que nuestro mensaje no les guste. Tenemos que decidir gustar a los demás o ser fieles a nosotros mismos. Esto nos puede pasar en la vida de cada día, en las relaciones humanas ordinarias.
Hay muchos más ejemplos de cosas que dejamos o que “posponemos”, según el lenguaje de este texto evangélico. Posponemos padre y madre cuando tenemos que hacer un proyecto personal de vida, solos o acompañados. Posponemos padre y madre cuando en su ancianidad no podemos atenderles y optamos por la que es la mejor solución para ellos y también para nosotros, por qué negarlo: que estén bien atendidos en una residencia.
Creo que no es nada extraordinario en nuestra sociedad lo de posponer mujer o marido e hijos cuando se nos cruza otra persona y otro proyecto de vida en el camino. Probablemente es una decisión que no está exenta de dolor. Pero en la apuesta personal a favor de lo que creemos que es mejor para nosotros se resitúan las relaciones. Hay que elegir. Si además viene acompañado con mariposas en el estómago, como suelen relatar algunos, ¡adiós al discernimiento!. Ya no se pone uno a calcular gastos ni a medir las consecuencias de la batalla, por utilizar los dos ejemplos que aparecen en el pasaje evangélico.
23º domingo del tiempo ordinarioLo de posponer a hermanos y hermanas es todavía mucho más fácil. Cualquier herencia que se nos cruce en el camino puede dar al traste con la relación fraterna fraguada durante toda la vida. Nos parece ilógico e irracional, pero así funcionamos los humanos, creyentes o no.
¿Y lo de posponerse a uno mismo para darle prioridad a Jesús? Esto no nos tendría que extrañar. Ya nos lo ha ido diciendo el evangelio de otras maneras en los pasajes de los domingos anteriores: “…es necio quien amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios”,
“…vended vuestro bienes y dad limosna… porque donde está vuestro tesoro está vuestro
corazón”; “…esforzaos en entrar por la puerta estrecha”; “…el que se enaltece será
humillado, y el que humille será enaltecido”.
No tenemos que olvidar el contexto de este pasaje del evangelio: Jesús va camino de
Jerusalén. Todavía le sigue mucha gente. Está compartiendo con aquellas personas lo que es su experiencia más personal e íntima: lo único absoluto es Dios, desde él queda resituado
todo. Jesús vive al Padre como fuente de libertad y de liberación. Jesús no les habla desde lo que ha aprendido en la sinagoga o desde lo que son las costumbres sociales. Jesús les habla desde lo que han sido sus opciones reales y vitales: desde su vida itinerante y sus
preferencias por los últimos. Jesús ha pospuesto madre, esposa… y se pospondrá a sí mismo en la prueba de la Cruz.
No es un camino fácil. Para poder recorrerlo hay que entrar en la dinámica de Jesús:
intimidad con el Padre en la oración; disponibilidad para acoger el Reino, que se nos regala
como don, pero que se nos convierte en compromiso y tarea: hay que ponerlo al servicio de
los demás. Servir al Reino, seguir a Jesús, exige compromiso, dedicación, esfuerzo… por lo
menos si no queremos ser cristianos a medio tiempo, cristianos almidonados, que parecemos cristianos, pero no hacemos nada, que dice el Papa Francisco. No es un camino fácil… en la vida ninguno lo es. En todos pagamos precios. En todos libramos batallas. En todos hacemos elecciones. La pregunta es: ¿queremos elegir el camino Jesús?

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