COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Decimonoveno Domingo del tiempo ordinario

El tesoro de la fe

El domingo pasado escuchamos el relato del rico, al que le acompañó la suerte y tuvo una gran cosecha, pero que cometió un gran error: creerse el dueño absoluto de todo lo que poseía y el único con derecho a disfrutar de ello. Hizo muchos cálculos, lo organizó todo perfectamente y se imaginó un futuro halagüeño. Pero en esos cálculos, en esa organización, en ese futuro solo había sitio para él. No había sitio para el prójimo ni para Dios. Ésa fue su necedad: erigirse en el centro de todo, excluyendo a los demás y al que todo lo sostiene,
Dios.
Recordamos cómo terminaba el evangelio relato: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico para Dios”. La Palabra de Dios nos recordaba, y nos recuerda, que frente a la necedad humana del acumular compulsivamente, e incluso de apropiarnos del don de Dios, la sabiduría cristiana nos invita a compartir. Porque Dios enfrenta el poder del tener al poder de la muerte. Y siendo cierto que no podemos ser dueños de nuestro mañana, sí que podemos hacer que sea diferente el hoy de tantas personas que no tienen asegurada la
satisfacción de sus necesidades primarias.
La parábola del hombre rico, pero necio, continúa con el discurso de Jesús a sus discípulos sobre los pájaros del cielo y los lirios del campo y de cómo Dios cuida de ellos. De suyo, el evangelio del domingo pasado quedaría cerrado con la sentencia que hemos escuchado hoy: “donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”.
Creo que no es errado decir que en nuestra sociedad hemos identificado el vivir bien con el poseer bienes y acumular riquezas, con el tener. En ello hemos puesto el corazón. El mercado lo sabe, por medio de la publicidad suscita en nosotros deseos nuevos de consumir con el objetivo ofrecernos momentos efímeros de felicidad, o por lo menos momentos placenteros, y así compensar momentáneamente el vacío de nuestro corazón.
El tener se ha apoderado cada vez más de nuestro corazón y de nuestra voluntad, y ha obcecado nuestra mente, incapacitándonos para ver, y si vemos para cambiar e introducir correctores, en un modo de vida que realmente no genera bienestar personal, porque lo sitúa fuera de nosotros mismos, y se aleja de la justicia social, porque lo que poseemos de más siempre es a costa de alguien.
El evangelio de hoy, después de recordarnos que ya se nos ha regalado el reino, ¡sí, ya está en nosotros y entre nosotros!, nos ha invitado a vender nuestros bienes y dárselo a los pobres. Ya sé que esto nos cuesta mucho, a todos, también al que esto escribe. Pero eso mismo es señal del poder que tienen sobre nosotros y de nuestra falta de fe. Porque otra de las razones que nos solemos dar para no relativizar los bienes es que tenemos que pensar en el futuro, en esto sí, personal o ajeno: una posible enfermedad, alguna desgracia a la que tengamos que hacer frente, el futuro de los hijos, nuestro futuro cuando nos hagamos mayores,… razones y más razones, todas serias, todas legítimas. Por si acaso, queremos tenerlo todo contralado. Creemos en Dios, pero preferimos fiarnos de nuestra lógica y de nuestras previsiones.
¿Qué nos ha dicho la Palabra de Dios sobre la fe? En el libro de la Sabiduría, nuestra primera lectura de hoy, la fe se vincula a la confianza en la promesa del Dios liberador. En la carta a los Hebreos, por su parte, la fe se vincula a la confianza en el Dios de la promesa, que es fiel más allá de la muerte.
decimonoveno domingo del tiempo ordinarioLa carta a los Hebreos nos propone como paradigma la fe de Abraham. La cual es comentada por el Papa Francisco en los nos 8 a 11 de Lumen Fidei. Concretamente, en el nº 11 podemos leer:
“Un último aspecto de la historia de Abrahán es importante para comprender su fe. La Palabra de Dios, aunque lleva consigo novedad y sorpresa, no es en absoluto ajena a la propia experiencia del patriarca. Abrahán reconoce en esa voz que se le dirige una llamada profunda, inscrita desde siempre en su corazón. Dios asocia su promesa a aquel «lugar» en el que la existencia del hombre se manifiesta desde siempre prometedora: la paternidad, la generación de una nueva vida: «Sara te va a dar un hijo; lo llamarás Isaac» (Gn 17,19). El Dios que pide a Abrahán que se fíe totalmente de él, se revela como la fuente de la que proviene toda vida. De esta forma, la fe se pone en relación con la paternidad de Dios, de la que procede la creación: el Dios que llama a Abrahán es el Dios creador, que «llama a la existencia lo que no existe» (Rm 4,17), que «nos eligió antes de la fundación del mundo… y nos ha destinado a ser sus hijos» (Ef 1,4-5). Para Abrahán, la fe en Dios ilumina las raíces más profundas de su ser, le permite reconocer la fuente de bondad que hay en el origen de todas las cosas, y confirmar que su vida no procede de la nada o la casualidad, sino de una llamada y un amor personal. El Dios misterioso que lo ha llamado no es un Dios extraño, sino aquel que es origen de todo y que todo lo sostiene. La gran prueba de la fe de Abrahán, el sacrificio de su hijo Isaac, nos permite ver hasta qué punto este amor originario es capaz de garantizar la vida incluso después de la muerte. La Palabra que ha sido capaz de suscitar un hijo con su cuerpo «medio muerto» y «en el seno estéril» de Sara (cf. Rm 4,19), será también capaz de garantizar la promesa de un futuro más allá de toda amenaza o peligro (cf. Hb 11,19; Rm 4,21)”.
“Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. Nos podemos preguntar:
¿Cuál o cuáles son mis verdaderos tesoros, las riquezas que me empeño en acumular? ¿Mi corazón está centrado en Dios? ¿Es para mí la fuente de la que proviene toda vida? ¿La fe ilumina las raíces más profundas de mi ser?
Dependiendo de la respuesta, podremos hablar con verdad del tesoro de la fe.

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