COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Decimoctavo Domingo del tiempo ordinario

Necedad humana y sabiduría cristiana

Parece ser que la tendencia a poseer y acumular es algo innato del ser humano. Los antropólogos culturales nos tendrían que aclarar de cuándo le viene a la persona esa necesidad, en ocasiones compulsiva, de poseer y acumular; si esa tendencia estaba ya en los homínidos del paleolítico en la que predominaba la economía depredadora o aparece en neolítico, con la agricultura y la ganadería y un modo de vida sedentario. Tal vez sea constitutivo del ser humano, su pecado más original: la apropiación.
Sea como sea, y apareciera cuando apareciera, lo cierto es que esta tendencia ha llegado hasta nuestros días. Los ejemplos más obscenos serían los personajes públicos que han hecho del enriquecimiento personal a cualquier precio, incluso a costa de la institución a la que representan, su modo de vida, y los personajes políticos que han hecho de la corrupción el pan nuestro de cada día, incluso a costa de la sociedad a la que dicen representar y a la que tendrían que servir. Otros ejemplos, más de andar por casa y más habituales, son la cantidad de familias que se rompen o sus relaciones quedan seriamente fracturadas a causa de las herencias familiares.
Pero no debemos fijar la mirada en otros tiempos ni en otras personas, porque el afán de poseer y acumular se nos puede colar a todos de muchas maneras. La más burda es la acumulación de bienes económicos en sus diferentes formas (dinerarias o inmobiliarias). Pero hay otras más sutiles de acumular: el poder, el saber, la imagen, el prestigio,… en ocasiones hasta lo que parece virtud, pero que realmente es para manipular y ponerlo a nuestro servicio. Cada persona tiene que examinar qué es lo que acumula en su vida diaria, en sus relaciones familiares, profesionales…
La primera lectura parece que nos deja como sin horizonte: el que trabaja con sabiduría, ciencia y acierto tiene peor futuro que el que no ha trabajado, y que no se preocupa ni de día ni de noche. Tal y como queda presentado en el texto de la liturgia el Eclesiastés nos aboca al sinsentido. Hay que leer los dos primeros capítulos completos, de donde está entresacado lo que se proclama, para encontrarnos con la clave de interpretación: “La única felicidad del hombre consiste en comer, beber y disfrutar del fruto de su trabajo, pues he comprendido que también esto es don de Dios” (Ecl 2, 24). A continuación añade: “… al pecador le impone la carga de recoger y acumular para dejárselo luego a quien agrada a Dios” (cf. Ecl 2, 26). Cuando la vida se vive como don es más fácil huir de la tentación de acumular acaparando y, por tanto, excluyendo a los demás.
La epístola a los Colosenses nos invita a aspirar a los bienes del cielo, rechazando los de la tierra. Señala una lista de estos últimos: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia, que es una idolatría. Parece como que se pusiera el acento en la avaricia, que es una forma de acumular desmedidamente. El Papa Francisco, en el nº 13 de su primera carta encíclica “Lumen Fidei. La luz de la fe”, nos ha recordado que lo contrario a la fe no es el ateísmo, sino la idolatría. El ídolo nos hace egocéntricos, porque finalmente adoramos la obra de nuestras manos. Sin embargo, creer en el Dios vivo “significa confiarse a un amor misericordioso, que siempre acoge y perdona, que sostiene y orienta la existencia, que se manifiesta poderoso en su capacidad de enderezar lo torcido de nuestra historia”. Se vuelve a repetir la idea del don gratuito de Dios. Desde esta seguridad, podemos atender la invitación del apóstol a no centrarnos compulsivamente en los bienes de la tierra.
Es lo que le pasa al rico del evangelio. Por lo que nos dice el texto, ya era rico. No sabemos si por herencia o porque lo había acumulado él. Tal vez era un hombre que tenía olfato para los negocios. Para que sean tales, alguien gana y alguien pierde y se pone en marcha la sospecha en torno a la justicia de los mismos, a su legalidad o a su moralidad.
decimoctavo domingo del tiempo ordinarioSea como fuere, la suerte le acompañaba: tuvo una gran cosecha. Eso de suyo no es malo, al contrario, lo malo es que después de haber trabajado no se pueda comer del fruto del propio esfuerzo. El error de este hombre fue vivir para sí, olvidarse de los demás. Creerse el dueño absoluto de todo lo que poseía y, por lo tanto, el único con derecho a disfrutar de ello. Hizo muchos cálculos, lo organizó todo perfectamente, el futuro era halagüeño, estaba asegurado. Pero en esos cálculos, en esa organización, en ese futuro solo había sitio para él. No había sitio para el prójimo ni para Dios. Ésa fue su necedad: erigirse en el centro de todo, excluyendo a los demás y al que todo lo sostiene, Dios.
La Palabra de Dios de este domingo es recurrente, frente a la necedad humana del acumular compulsivamente, e incluso de apropiarnos del don de Dios, la sabiduría cristiana nos invita a compartir todo lo que hemos recibido, más aún en la actual situación, como nos lo ha recordado el Papa Francisco en la reciente JMJ, en la favela Varginha, “ante las intolerables desigualdades sociales y económicas que claman al cielo”. Hay que optar por la necedad humana, acumular, o la sabiduría cristiana, compartir.

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