COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Decimoséptimo Domingo del tiempo ordinario

El Padrenuestro: regalo de Jesús

La liturgia de estos domingos nos está adentrando en la relación con Dios, que es también relación con el prójimo… y es una relación de servicio, sobre todo a las personas heridas en los caminos de la historia.
Hace dos domingos, de la mano de la parábola del Buen Samaritano, recibíamos la invitación a amar a Dios practicando la misericordia con el prójimo. Nos quedaba el mensaje de que amar a Dios y amar al prójimo, compromete.
El domingo pasado, esta vez de la mano del conflicto de Marta con María, la meditación sobre el evangelio nos recordaba que no podemos servir de cualquier modo, que no nos podemos comprometer desde el mero voluntarismo. El servicio tiene que ser al estilo de Jesús. El compromiso respuesta a su llamada. Por eso, recordábamos que nuestra primera tarea ha de ser acoger a Jesús: escuchando su palabra, contemplando su vida de entrega,… entrando y estando de relación con él.
Así llegamos a la temática del evangelio de hoy: cómo entrar y estar en relación con Dios Padre. Porque esto es lo que le piden los discípulos a Jesús cuando le piden que les enseñe a orar. No le están pidiendo tanto la fórmula de una oración para rezar, como el modo en que deben dirigirse a Dios.
Jesús les da unas cuantas claves, que son totalmente válidas para nosotros: confianza, reconocimiento, acogida, compromiso y humildad.
Lo primero que llama la atención es el modo que tiene Jesús de dirigirse a Dios: con absoluta confianza, con todo el cariño que pone un niño cuando se dirige a su padre. Estaban acostumbrados a llamarle de muchos modos: Elohim (Fuerte, Divino); Adonai (Señor); El Elyon (Altísimo); El Shaddai (Todopoderoso); El Olam (Eterno); YHWH. Pero no era de esperar que lo primero que hay que decir para dirigirse a Dios sea Abba (aitatxo, papá).
¿Qué hemos hecho mal para que después de 2000 años de cristianismo, a pesar de los millones de padrenuestros que rezamos cada día, todavía siga pesando sobre nosotros más la imagen del Dios revelado en algunos pasajes del Antiguo Testamento o de los transmitidos por la Filosofía o la Teodicea?
Jesús nos lo quiere dejar bien claro desde el principio: a Dios a que dirigirse con la confianza con que una hija o un hijo se dirige a un padre bueno (y subrayamos lo de bueno, porque tampoco vale cualquier imagen o modelo de padre). Solo desde la confianza se puede arraigar en la fe en Dios. Agradecemos al Papa, sin tilde, que esté haciendo tantos gestos de cercanía y de ternura porque así nos va transmitiendo el ser de Dios, al que podemos llamar papá (ahora sí, con tilde). La oración nos tiene que hacer cada vez más hijas e hijos en el Hijo.
La segunda clave es el reconocimiento del Tú de Dios. Jesús lo tiene claro. Orar no es mirarse al ombligo, sino mirar a Dios. Orar es reconocer que el Dios que me habita me transciende. Es más, es el Tú de Dios el que me abre de manera adecuada a todo tú humano. Reconocer la santidad de Dios es reconocer la dignidad de todo prójimo. Por eso el modo en que tratamos al “tú” humano suele ser un buen test de cómo es nuestra relación con Dios. Clave fundamental de la oración cristiana. Si Francisco ha dicho que un quiere una fe licuada, creo que nos diría que no quiere una oración tutifruti, en la que todo vale: es curioso con que sospecha miran algunos cristianos a otros que repiten jaculatorias como “Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío”, por ejemplo, a la vez que se quedan ensimismados en los que repiten mantras orientales. ¡En fin!. La oración nos ha de llevar a reconocer el Tú de Dios en el que vivimos, nos movemos y existimos.
La tercera clave es la acogida del don: venga tu reino. Nosotros nos empeñamos en construir el Reino. Jesús lo acogió del Padre y nos lo entregó. Él mismo nos lo dijo, el Reino está entre vosotros. Tal vez gastamos muchas energías tratando de “construir” el Reino. papa francisco.jpgTal vez tendríamos que pararnos para poder acoger ese Reino que ya está presente entre nosotros. Nos empeñamos en “sembrar” el Reino según nuestro buen entender. Tal vez tendríamos que discernir cuáles son las plantas del Reino que ya están germinando y lo que necesitan es ser regadas. Tal vez tendríamos que estar más atentos a todos los signos del Reino que ya están presentes en nuestro mundo y ponerlos en valor, como se dice hoy en día. La oración cristiana nos debe llevar a dar gracias por tanto bien recibido.
La cuarta clave es el compromiso. Compromiso para que el pan que Dios nos da, todos los bienes creados, lleguen a todos los hermanos, porque su destino es universal. Todo es de todos, como dice la letra de una canción de Luis Guitarra. Compromiso para construir la fraternidad por medio del reparto de bienes, para que la injusticia no engendre violencia. Compromiso para construir la fraternidad por medio del perdón, tal y como lo recibimos de Dios. La oración cristiana nos ha de llevar a tomar conciencia de la fractura que vive el mundo al que somos enviados, y del que formamos parte, y nuestro compromiso incondicional con él.
La quinta clave que proponemos: humildad, en clave teresiana. La humildad es andar en verdad, decía la monja andariega. Andar en verdad para reconocer todo lo que recibimos de Dios, pero también nuestra condición humana, frágil y limitada. Reconocer que, como a Pedro, se nos tiene que recordar que el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. ¡Son tantas las tentaciones de diferente signo que nos pueden asaltar! La oración nos tiene que llevar a abrirnos con confianza la fuerza del amor incondicional de Dios, porque la mayor tentación es no creer en su amor, no vivirle como Padre bueno.
Terminamos esta reflexión la oración del que fue gran periodista, el presbítero José Luis Martín Descalzo:

Hijo mío que estás en la tierra,
preocupado, solitario, tentado.
Yo conozco perfectamente tu nombre
y lo pronuncio como santificándolo,
porque te amo.
No, no estás solo, sino habitado por Mi,
y juntos construimos este reino
del que tú serás heredero.
Me gusta que hagas mi voluntad,
porque mi voluntad es que tú seas feliz,
ya que la gloria de Dios es el hombre viviente,
cuentas siempre conmigo.
Y tendrás el pan para hoy, no te preocupes.
Sólo te pido que sepas compartirlo con tus hermanos.
Sabes que perdono todas tus ofensas
antes incluso de que las cometas,
por eso te pido que hagas lo mismo
con los que a ti te ofenden.
Para que nunca caigas en la tentación
cógete fuerte de mi mano
y yo te libraré del mal
pobre y querido hijo mío.
El Padrenuestro es el gran regalo de Jesús.

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2 respuestas a COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

  1. alix sanchez dijo:

    Gracias por compartir la palabra con muchos seguidores, se q oran x mi de corazon se los agradesco! Q el senor los colme de bendiciones. Merida – Venezuela

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