COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Decimosexto Domingo del tiempo ordinario

Primera tarea: acoger a Jesús

Al escuchar el evangelio de Marta y María nos viene a la cabeza la dificultad de equilibrar el binomio entre contemplación y acción, oración y trabajo, predicación del mensaje de Jesús y el servicio de la caridad, adorar y amar, ora et labora,…
Sin embargo, antes de centrarnos en esos aspectos, y por fidelidad al texto evangélico, no podemos obviar la condición de mujer de Marta y María.
Que Marta se dedique a las tareas domésticas, a las labores del hogar, a servir a Jesús y a los de la casa, no nos llama la atención. Parece que ése es el lugar natural de la mujer, y así ha sido hasta no hace muchos años. Es más, algunas personas, mayoritariamente varones, piensan que un modo de hacer frente al paro que nos azota es que la mujer dejara el trabajo fuera del hogar y volviera a dedicarse de forma exclusiva a su familia. De este modo se reduciría drásticamente el paro.
Que María aparezca en el evangelio sentada a los pies de Jesús, escuchándole, es algo absolutamente revolucionario. María está haciendo algo que por educación y por tradición estaba reservado a los varones. Por si fuera poco, el evangelio nos dice que Jesús bendice la actitud de María. Se inaugura una nueva perspectiva: la mujer, del mismo modo que el varón, está llamada a ser discípula, está invitada a ser oyente de la Palabra.
Este texto, junto a otros que aparecen en el Nuevo Testamento, nos tiene que ayudar a reflexionar sobre el papel de la mujer en la Iglesia y sobre su ministerio en la comunidad cristiana.
Por otra parte, y retomando los binomios del principio, me viene a la memoria un Hermano que se dedicó los últimos años de su vida a servir a la comunidad desde la tarea de cocinero, cada vez que escuchaba este texto, siempre decía lo mismo: “si llega a encontrarse conmigo, Jesús esa noche hubiera cenado y dormido en la fonda del pueblo”. Le sacaba de sus casillas que Jesús pudiera decir que María había escogido la mejor parte. Había sido educado en lo que repite la sabiduría popular: “obras son amores y no buenas razones” o “a Dios rogando y con el mazo dando”. O lo que nos viene de la tradición ignaciana: “el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”.
Pertenecemos a una tradición en la que pesan mucho las obras. Muchas personas piensan que la salvación se le compra a Dios a base de buenas obras.
Ahora puede tener su traducción en el compromiso desenfrenado, en un servicio desmedido, agitado y ansioso, “inquieto y nervioso”, como el de Marta.
Nos cuesta entrar en la dinámica de la acogida del don y de la gratuidad que nos propone Jesús y que con gran belleza lo dice el autor del salmo 126:
Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!
Nos cuesta entender que la vida, además de ser lucha, trabajo por el Reino de Dios, le solemos decir, es, sobre todo, acogida de ese mismo Reino que Dios nos quiere regalar. Nos cuesta entender que la vida además de tarea es, sobre todo, don.
Nos cuesta entender que Dios lo primero que nos pide es que le acojamos, que él se nos da gratuitamente. Esa dificultad que tenemos con Dios, se puede ver proyectada en las relaciones humanas.
En ocasiones nos ocurre como a Marta. Empeñadísimos en servir a los demás, sin saber siquiera si les estamos sirviendo en lo que necesitan ser servidos. Y sin saber si también ellos quisieran servirnos a nosotros. Hay mucha gente quemada, estresada, porque no sabe para qué hace lo que hace. Mucha gente frustrada porque no se siente agradecida o correspondida por lo que hace. Al final terminan pasando factura.
Recuerdo un alumno de Secundaria, inteligentísimo: su oficio era el de ser repetidor curso tras curso. Hijo único. El padre se dedicaba a la construcción. Eran tiempos de bonanza: trabajaba hasta bien entrada la noche, también los fines de semana. La madre, trabajaba a relevos en una empresa y lo compaginaba con el trabajo a media jornada en un comercio. Era la época en que no había móviles. Se llamará a la hora que se llamará a la casa, la respuesta del muchacho era siempre la misma: “no están en casa, están trabajando”. Este padre y esta madre no entendían que su hijo les pagará todo su esfuerzo repitiendo curso. El hijo no entendía que sus padres no entendieran que él lo que necesitaba era verlos de vez en cuando en casa. No entendían que no valorara que en Navidades le llevaran de vacaciones a Egipto o a un crucero por el Mediterráneo, que le compraran ropa cara, que no le negaran nada de lo que les pedía… Un padre y una madre entregadísimos por su único hijo, pero incapaces de ver la necesidad de su hijo: de sentir, hasta físicamente, que tenía un padre y una madre.
16º domingo del tiempo ordinarioHoy el Evangelio nos habla de estar a la escucha, de hacer silencio en medio de tantas actividades, tareas y preocupaciones, porque la “mejor parte” es escuchar, acoger y gozar con la novedad del mensaje de Jesús. En los tiempos que corren, una de las actividades más productivas es la escucharnos a nosotros mismos; escuchar con hondura, con atención cordial, a los demás; escuchar lo que Dios nos quiere decir hoy a cada uno de nosotros y cuál ha de ser el compromiso con la sociedad en la que vivimos y la comunidad cristiana a la que pertenecemos.
Creo que la renovación de nuestras comunidades cristianas pasa por dos polos: la escucha común de la Palabra, de lo que Jesús nos quiere decir hoy y, a la vez, la acogida mutua que nos debemos hacer los unos a los otros… las relaciones interpersonales, en las que nos reconocemos como hermanos y hermanas, como creyentes en el mismo Dios, miembros de una misma comunidad, con una misma misión, aunque desde diferentes tareas, sabiéndonos servidores del Evangelio.
Empeñados en la construcción del Reino de Dios, el evangelio de hoy nos invita a acoger al Dios del Reino. El evangelio de hoy nos recuerda que nuestra primera tarea es acoger a Jesús.

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