COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Quinto Domingo de Pascua

 Nuestra identidad más profunda: el amor

Si a los que peinaríamos más canas si tuviéramos más pelo, o a las personas que peinan las canas que están debajo del tinte, nos preguntaran: “¿Cuál es la señal del cristiano?”. Casi seguro que automáticamente responderíamos: “La señal del cristiano es la santa cruz”. Es lo que aprendimos en la doctrina, cuando ir a la catequesis todavía era ir al catecismo.
No seré yo quien niegue que eso sea verdad. Todas las Iglesias cristianas siguen manteniendo la cruz como signo de identidad. La cruz en referencia al Crucificado, porque la cruz vacía, sin esa referencia, no es más que el símbolo de un artilugio para torturar y matar. La señal del cristiano es la santa cruz cuando es una cruz por amor, como la de Jesús.
El evangelio de hoy me suele recordar una frase que leí, cuando todavía era un preadolescente, en una revista religiosa, de esas que se recibían en las familias, una frase que se le atribuía a Pablo VI, y que se me quedó grabada para siempre: “no es a cristazos como se hace un cristiano, sino a golpes de amor”.
Me parece que es otra manera de decir lo que nos ha dicho Jesús: “os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”.
Nos cuesta creernos que la mejor estrategia para la evangelización, el medio más convincente y más creíble es el perseverar en el amor.
Un amor que empieza al interior de la propia comunidad cristiana, de la propia Iglesia. La Iglesia no sólo está dejando de ser creíble porque grandes medios de comunicación se empeñan en empalar su imagen o porque algunos de sus miembros seamos unos calamidades, porque esto ha sido así a lo largo de toda la historia. Para muchas personas la Iglesia está dejando de ser creíble porque no perciben que nos amemos.
Parece que en torno a la figura del Papa Francisco se está dando un movimiento de comunión. Pero no están muy lejos los tiempos en que había gestos, canónicos o mediáticos (porque cada uno utiliza los instrumentos que tiene a su alcance) y palabras que estaban muy lejos de indicar que hubiera ese amor al que nos invita Jesús. Con esto no quiero decir que no sea posible el disentir, que tengamos que estar de acuerdo en todo. Esto nuestros contemporáneos lo entenderían, hasta valorarían positivamente la divergencia y la pluralidad. Lo que no entienden es lo que suena a descalificación del otro que piensa y siente diferente, sea conservador o progresista. Hay algo que no hace creíble nuestro mensaje de amor evangélico, si no va acompañado de gestos y palabras que refuercen lo que proclaman nuestros labios. ¿Cómo vamos a querer a nuestros enemigos, si somos incapaces de querer a nuestros hermanos?
quinto domingo de pascuaJesús insiste en el amor. No lo hace de forma romántica. El pasaje que hemos escuchado hoy, tomado del capítulo 13 de Juan, está en el contexto de la última cena: después de haber lavado los pies a sus discípulos, de haberles querido recordar plásticamente cuál era el camino que debían seguir, se sienta de nuevo a la mesa con ellos y comparte el pan con aquel que lo va a entregar. Es precisamente en ese momento, cuando Judas abandona la comunidad y la fe en Jesús, cuando éste les recuerda cuál es el mandamiento nuevo que les da, que sintetiza todos los anteriores y los supera: el mandamiento del amor.
En nuestra increencia nos cuesta apostar incondicionalmente por el amor. Nos cuesta creernos que solo en la apuesta por al amor vamos a ser salvados. Sin embargo, lo hemos experimentado en más de una ocasión (y siempre que nos sorprende el amor, porque casi siempre lo recibimos como don), el amor lo renueva todo.
El amor es el que hace posible el cielo nuevo y la tierra nueva de la que nos hablaba el libro del Apocalipsis en la 2ª lectura. El amor es el que es capaz de enjugar las lágrimas, de suscitar vida, de calmar pesares. Es en la experiencia del amor donde se nos confirma la certeza de que Dios está con nosotros, de que somos su pueblo. Es en la experiencia del amor donde los demás reconocen con una mayor transparencia que somos discípulos de Jesús.
La humanidad entera también aspira a un cielo nuevo y una tierra nueva. Hoy son muchos los movimientos sociales, aunque no sean cristianos, que anhelan y trabajan por un mundo nuevo, porque “otro mundo es posible”. Un mundo en el que toda persona pueda acceder a los recursos alimenticios mínimos para poder sobrevivir, a la educación, a la sanidad,… y un mundo, el prometido por Jesús, en que ya no habrá dolor, ni desilusión, ni amarguras, ni tristeza, ni odios, ni envidias, ni desprecios, ni fracasos, ni muerte: porque el amor perdura más allá de la muerte.
La Iglesia, cada uno de nosotros, estamos llamados a transmitir a los demás el amor que vivimos en nuestro propio interior y que lo recibimos de nuestro Señor. Porque el amor es nuestra identidad más profunda.

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