COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Tercer Domingo de Pascua

Amar a Dios implica cuidar del prójimo

Me suele dar mucha pena cada vez que veo que al proclamar el pasaje del evangelio de este día se puede omitir, por razones pastorales, el diálogo entre Jesús y Pedro. Si eliminamos este diálogo nos privamos de su iluminación. A mí me parece que es una de las páginas más hermosas del Evangelio y donde se hace una mejor síntesis de que lo que es el seguimiento, de lo que debe ser la vida cristiana.

Me conmueve la confianza que sigue depositando Jesús en aquel que había elegido para ser el que sostuviera la fe de sus hermanas y hermanos cuando él, Jesús, no estuviera con ellos físicamente. Me conmueve la confianza de Jesús en aquel que había sido incapaz de sostener su propia oración en el Huerto de los Olivos y que había sido incapaz de sostener la amistad con Jesús en el patio de acceso a la casa del Sumo Sacerdote.

En este diálogo de Jesús con Pedro parece como que Jesús quisiera asegurarse de que Pedro ha aprendido lo fundamental del mensaje de Jesús. Muchas cosas le podía haber preguntado Jesús, ya que muchas fueron sus enseñanzas con sus palabras y con sus obras.
Jesús le podría haber preguntado por el número de parábolas que recordaba o cuáles le habían parecido más importantes. Las parábolas, muchas de ellas extraídas de la vida de cada día, eran esos “cuentos” que perforaban la realidad y desde ella trasmitían vida en forma de palabra. Sin embargo, eso, con ser muy importante, parece que eso no es lo fundamental.

Tampoco le pregunta por las bienaventuranzas, ese magnífico programa de vida, del que dijo Gandhi que si lo viviéramos los cristianos todo el mundo se convertiría al Evangelio.
Ni siquiera le pregunta si recuerda bien el Padrenuestro, la única oración que les enseñó. Esa oración que empieza elevándonos hasta Dios para, desde él y con sus ojos, mirar a nuestra historia según es querida por Dios.

Jesús no le pregunta por las palabras que dijo. Tampoco por los signos, milagros, que hizo, a pesar de toda la importancia que tuvo la actividad liberadora de Jesús.

No le preguntó cómo se hacía un milagro. No le pidió que le dijera el modo de proceder para hacer un milagro: ir atento por la vida, para poder percibir las necesidades y los sufrimientos de la gente; acercarse a esas personas con mucho cuidado y, para no herirles en la dignidad inviolable, antes de hacer nada, había que preguntarles si se podía hacer algo por ellas y si querían que se hiciese; arriesgarse a hacerlo, confiando en Dios Padre, y esperar a que la persona pusiera de su parte para que el milagro aconteciera, ya que no bastaba la palabra o el gesto sanador, la persona se tenía que implicar, por ejemplo, levantándose y arrastrando la camilla que lo paralizaba.

Jesús no le preguntó a Pedro ni por las palabras ni por los gestos, sólo le preguntó por la actitud, la que había presidido la vida de Jesús y la que debía presidir la de sus discípulos. La pregunta era sencilla de hacer y difícil de responder: “¿me amas?”.

Los especialistas en griego dicen que hay una gran diferencia entre lo que pregunta Jesús y lo que responde Pedro. Jesús le pregunta: “¿me amas más que estos?” Pedro le responde: “sabes que te quiero”. Vista la respuesta de Pedro, Jesús rebaja la exigencia: “¿me amas?”. Ya no le pide que le ame más que los demás. La respuesta de Pedro sigue el mismo tono: “sabes que te quiero”. Visto que es incapaz de amarle, Jesús entra en la pobre dinámica del amor de Pedro. La tercera pregunta es: “¿me quieres?”. Pedro, descubierto en su debilidad, como en el momento de las negaciones, dice con tristeza, pero con verdad, “tú lo conoces todo, tú sabes que te quiero”. Le podría haber respondido, “tú conoces lo desastre que soy, tú sabes que te amo como puedo”.

tercer domingo de pascuaJesús ha ido rebajando la exigencia del amor de Pedro hacia él, pero no la confianza que tiene en Pedro. A cada respuesta de Pedro, de que quiere a Jesús, éste le confía el cuidado de sus hermanos. Es como si Jesús le dijera, “quiéreme como puedas, pero quiéreme en los hermanos”. ¿No os parece sobrecogedor? Pedro es toda la Iglesia, somos tú y yo. También Dios confía en ti y confía en mí, para que le amemos, como podamos, en la hermana, en el hermano.

Amar a Dios es cuidar al prójimo, es hacernos custodios de los otros, en palabras del Papa Francisco. Esa actividad, la de custodiar y la de servir, brota de una actitud amorosa, para que nuestros labios salgan palabras de ternura, como las suyas, y de nuestras manos salgan obras de misericordia, como las suyas. En el amor experimentamos la transcendencia de Dios y la realización de lo mejor de lo humano. No se trata de un cuidado genérico de la humanidad, sino del cuidado del “rebaño” concreto que se nos ha sido confiado, de las personas que Dios ha puesto a nuestro lado, de los prójimos más próximos. El amor a Dios se verifica en el amor al hermano. Síntesis de la experiencia cristiana: amar a Dios implica cuidar del prójimo.

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