COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Segundo Domingo de Pascua

El sueño de Dios cumplido en la fe

Todavía resuena en nuestros oídos las palabras del evangelio de la Vigilia Pascual: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado”.
Esta afirmación, fruto de lo que experimentaron las primeras seguidoras y seguidores de Jesús, es el misterio central de nuestra fe, es el fundamento de nuestra existencia humana y creyente.
La Iglesia, en su pedagogía, se empeña en repetir esto mismo, de diferentes modos, a lo largo de siete semanas, es decir, a lo largo de toda nuestra vida, porque es el tiempo que necesitamos para creer definitivamente en la resurrección.
A pesar del anuncio de la mañana, “¡ha resucitado!”, el evangelio nos ha recordado que “al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos”.
Hemos de reconocer, que al igual que a los primeros discípulos de Jesús, también nosotros experimentamos los anocheceres de la fe y se apoderan de nosotros los miedos propios de una existencia que en ocasiones deviene conflictiva o amenazante. Es lo que recordábamos durante la cuaresma: optamos por vivir de espaldas al Evangelio, sumidos en nuestro fracaso, entregados a la desesperanza, encerrados en nuestro individualismo, incapaces de dejarnos acoger en nuestra debilidad,…
En la celebración del triduo pascual nos sentimos invitados a compartir la mesa de Jesús, en torno a la cual nos confió que el sueño de Dios sobre la humanidad era el amor y que éste pasaba por el servicio. Pero, al igual que los primeros discípulos, vimos que aquel fue un sueño frustrado, un sueño roto que colgaba de un madero. Por un momento, en la luminosa noche de la Pascua, se nos invitó a la esperanza, y presentimos que el sueño de Dios se había cumplido, que el amor es más fuerte que el odio, que el servicio tiene sentido, que la vida puede sobre la muerte. También desde el alba se nos alimentó la esperanza. Ahí estaban el testimonio de las mujeres y el sepulcro vacío; el testimonio de los discípulos que huían de la comunidad y en el camino sintieron como Jesús se les hacía compañero de peregrinación y de mesa; el testimonio de Pedro y de tantos otros… y, sin embargo, el anochecer les pilló encerrados en sí mismos, paralizados por el miedo.
Era el día de la resurrección, pero seguían arrastrando la pesada carga de la cruz, en la que habían quedado clavados tantos sueños, tantos ideales, tantas opciones de vida,… Fue tan evidente lo que sus ojos vieron, fue tan doloroso lo que sintieron, fueron tantas las expectativas frustradas, que ya no querían más palabras, aunque éstas vinieran de boca de las hermanas y hermanos de comunidad. Necesitaban ver, necesitaban hacer la experiencia personal de que, efectivamente, Jesús estaba vivo, de que el Padre le había dado la razón y había salido valedor por él.
Se suele decir que Tomás no se fió del testimonio de la comunidad. Es cierto, pero en eso no se diferenciaba en nada de los otros que estaban allí reunidos, que tampoco se fiaron del testimonio que dieron algunos de ellos a los demás… hasta que vieron a Jesús: entonces creyeron.
Tomás no fue más increyente que el resto. Es más, hizo bien Tomás en no fiarse de su testimonio, porque el modo de comunicarlo fue bastante pobre, incluso insultante para el proyecto de Jesús.
¿Qué quiero decir con esto? Ahora que estamos celebrando el año de la fe, tenemos que preguntarnos cómo comunicamos nuestra fe. Tal vez damos por supuestas muchas cosas que no son tan evidentes. Tal vez utilizamos muchos conceptos cuyo significado es desconocido por muchos de nuestros contemporáneos. Tal vez damos por supuesto que acceder al don de la fe se hace alegremente, sin preguntarse, sin dudar, sin necesidad de unas certezas mínimas.
inriEl evangelio ha sido claro en decirnos lo que dijo e hizo Jesús. “Les dijo: ‘Paz a vosotros’. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado”. El resucitado, el viviente, acompaña su palabra con los signos, como lo había hecho siempre. Los signos, lo sabemos de sobra, son tan importantes como las palabras. A Tomás lo que le comunican es que “hemos visto al Señor”. No le hablan ni de la paz que les ha comunicado ni de las manos ni del costado que les ha mostrado ni de la misión de perdonar que les ha confiado. Le hablan del Señor glorioso, pero no le dicen que el resucitado es el crucificado y que sigue empeñado en el sueño de Dios de ver una humanidad reconciliada.
A Tomás no le vale cualquier resucitado. Tomás necesita comprobar que todo aquello que colgó con Jesús del madero tiene futuro. La señal de los clavos, el agujero del costado, son los signos perceptibles de todo lo que sigue siendo fracaso en nuestra vida, sea individual, social o eclesial, está amenazado de resurrección. El sueño de Dios ya se ha cumplido de forma definitiva… lo tenemos que acoger en la fe.

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