Cuarta semana del Tiempo Ordinario
Alejándonos del Evangelio
Este texto evangélico que hemos escuchado es continuación del que escuchamos el domingo pasado. Jesús, en la sinagoga de Nazaret, anunció que se sentía sostenido por el Espíritu de Dios e impulsado por él para anunciar la buena noticia a los pobres, la libertad a los oprimidos, la vista a los ciegos. Jesús nos quiere sacar de la oscuridad y llevarnos a la luz. Nos quiere hacer ver que estamos llamados a la libertad, aunque sea más fácil vivir bajo el yugo de la opresión.
Recordamos que nos decía el pasaje del evangelio del domingo pasado que “toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él”. Todos tenían los ojos fijos en Jesús… mientras leía el pasaje del profeta Isaías. No es de extrañar. La Palabra de Dios siempre suscita lo mejor en nosotros, humaniza (¿sería mejor decir, diviniza?) nuestro corazón y nuestro ideal se pone en trance desear realizar lo querido por Dios para la Humanidad, para todas y cada una de sus criaturas, de manera especial para aquellas a las que no les es reconocida su dignidad.
Tenían puestos los ojos en Jesús, pero tal vez no le veían. Miraban a aquel que pronunciaba aquellas palabras tan hermosas. Días atrás han circulado por las redes sociales una frase atribuida al poeta indio Tagore, pero que habían sido pronunciadas en Persia casi mil años antes: “Las palabras van al corazón, cuando han salido del corazón”. Las palabras que pronunciaba Jesús eran como si salieran del corazón de Dios y hubieran sido recogidas por el profeta Isaías. Es normal que tuvieran los ojos puestos en Jesús, que prestaba sus labios a la Palabra de Dios. El evangelio del domingo pasado, se cerraba con la predicación, breve hasta el extremo, de Jesús: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”. Nos quedaba un buen sabor de boca.
Si las cosas iban tan bien, ¿por qué este cambio repentino de actitud en aquellos que escuchaban a Jesús y aprobaban sus palabras? ¿Qué es lo nuevo que dice Jesús? ¿Dónde está la provocación?
Hay motivo doble de provocación: el vincularlo a un tiempo y el vincularlo a una persona. Hay un desplazamiento significativo. Lo que les dice Jesús es que la Palabra se hace Vida, para que hagamos vida la Palabra.
La Palabra de Dios, palabra de vida eterna, deja de ser historia, para hacerse historia, su historia. Entra en su hoy, en el hoy de cada uno de los oyentes, de entonces y de ahora. ¿No nos ocurre a nosotros lo mismo? Nos entusiasma la Palabra, pero qué pasa cuando se nos recuerda que “hoy se cumple (se debe de cumplir) esta escritura que acabáis de oír”.
La Palabra de Dios ya no está en el rollo de pergamino. La Palabra de Dios está vinculada a Jesús, a aquel en quien tenían fijos los ojos, a aquel a quien conocían de toda la vida. Toda una paradoja. El conocido les empieza a resultar extraño. Así de paradójica es nuestra vida creyente, aunque nos sepamos bien la teoría. Nos empeñamos en buscar a Dios, y cuando sale a nuestro encuentro, en los conocidos de cada día, no somos capaces de reconocerlo. También nosotros pedimos señales para comprobar que en la vida de cada día, en lo ordinario de nuestras rutinas y en lo rutinario de nuestras relaciones, Dios nos sale al encuentro.
También Dios nos sale al encuentro en las provocaciones de la historia. A provocación les sonó los ejemplos puestos por Jesús, a pesar de que fueran también textos de la Escritura. Los ejemplos no podían haber sido más desafortunados. En estos tiempos nuestros de la comunicación, al ser posible en pocas palabras, el titular estaba servido: “El profeta de Nazaret dice que Dios también está cerca de los paganos, y que hace las mismas maravillas que con el pueblo elegido”.
Como nosotros no somos judíos, no nos podemos hacer idea de lo que supusieron esos ejemplos, que venían decir que Dios no hace acepción de personas ni de pueblos, todos los pueblos son pueblos elegidos de Dios, todas las personas son igualmente amados por El.
Nosotros con mucha facilidad afirmamos que Jesús proclamó, con sus gestos y sus palabras, la universalidad de su mensaje salvador. El problema comienza cuando eso hay que llevarlo a la práctica, cuando hay que ponerle un tiempo concreto, un “hoy se cumple”, y unos rostros concretos.
Por poner un ejemplo de hace unos pocos días: para asegurar la gobernabilidad y sacar adelante unos presupuestos dos partidos políticos llegaron a unos acuerdos, uno de ellos era contemplar una partida del 0’7% para cooperación al desarrollo. Estos días, escuchando algunas reacciones airadas y contrariadas (“estamos en crisis, aquí nos lo están rebajando todo, no tenemos para nosotros y a mandárselos a los de fuera”), de manera especial de aquellas personas que se declaran cristianas y habitualmente celebran la fe, me preguntaba: ¿también a nosotros la Palabra de Dios se nos quedará en mera palabra, sin un “hoy se cumple”? Cuando “tenemos los ojos fijo en Jesús”, ¿a quién vemos? ¿a quién contemplamos? Al negarnos a ver la realidad de injusticia global de nuestro mundo; al no aceptar que la misericordia de Dios es universal, para todas las personas, y que por lo tanto tenemos que renunciar a “lo nuestro”, ¿no estamos “intentando despeñar a Jesús”? ¿No será por esto precisamente, que se está abriendo paso entre nosotros y se nos aleja? Sabiendo que no es él el que se aleja, sino nosotros de su Buena Noticia. Así vivimos, alejándonos del Evangelio.



























