“Dios está en cada enfermo, sufre en ellos y muere en cada difunto”

Cardenal Cristóbal López

Cristóbal López es arzobispo de Rabat (Marruecos). Quiero hacer presentes dos respuestas que da a otras tantas preguntas en una entrevista acerca de la pandemia que vivimos estos meses:

¿Dónde está Dios?

Esta pregunta se la hacía un cura a los niños de la catequesis, queriendo llevarles a que descubrieran que Dios está en el prójimo. El más sabidillo respondió: “Dios está en el cielo, en la tierra y en todas partes”. “Sí, sí, muy bien, pero si queremos encontrarle y casi casi verle y tocarle…, ¿dónde podemos encontrarle?”. Y otro niño respondió: “En aquella caja que hay en la iglesia, que tiene una luz al lado”. “Sí, sí, esa caja se llama Sagrario; allí guardamos la Eucaristía, el Cuerpo de Cristo, que es Dios, es cierto; pero si queremos encontrarlo en nuestra vida de cada día, en lo ordinario…”. Y uno levanta la mano: “En el cuarto de baño de mi casa”. “Cómo”, preguntó el cura extrañado… “Sí, padre; al menos yo escucho cada mañana a mi padre que se pasea nervioso delante del cuarto de baño diciendo: ‘Dios mío, ¿todavía estás ahí’?”.

Bueno, chiste aparte, Dios está en cada enfermo, sufre en ellos y muere en cada difunto, como estuvo en el Calvario. Dios está en los médicos, enfermeros y personal que cuida, trabaja y se desvive por los demás: ellos le prestan a Dios las manos, la sabiduría y, sobre todo, el amor para que cada uno de nuestros hermanos sienta su presencia. Dios llora en cada familia que pierde un ser querido. Dios nos acompaña a todos, nos pone el brazo sobre nuestros hombros… y nos abraza, sin respetar distancias sociales, para que tengamos consuelo, aliento y fuerza para seguir adelante.

¿Cómo es posible que algunos clérigos (incluidos algunos altos cardenales) sigan diciendo que el coronavirus es un ‘castigo de Dios’?

Inconcebible, inaceptable. El otro día estaba escuchando el razonamiento de un sacerdote… y tuve que dejarlo. En la carta que escribí a los cristianos de Marruecos yo decía, y perdona que me cite: “Que nadie eche sobre la espalda de Dios la llegada de esta pandemia; ¡no es Dios quien ha querido esto! ¡No se trata, ni mucho menos, de un castigo de Dios! Pensar o decir tales cosas raya en la blasfemia. No hagamos a Dios responsable de lo que nos incumbe a nosotros, de lo que concierne y depende de nuestro estilo de vida, de nuestra manera de actuar, de la organización que le hemos dado al mundo”. Ciertas declaraciones o predicaciones explican que haya tantos ateos. Yo también preferiría ser ateo a creer en un “dios” así, que no es el Dios del que Jesús vino a hablarnos y presentarnos.

Agustín de la Torre
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