COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Trinidad

Dios: suelo, horizonte y fuerza

La solemnidad de Pentecostés cierra el ciclo Pascual. Cincuenta días más para tratar de entender el misterio que encerraba la persona de Jesús, el Cristo. Cincuenta días de propina para aquellos que no fueron capaces de entender el sentido de las opciones de Jesús de Nazaret durante sus tres años de vida pública. Parece que al final entendieron o intuyeron, porque tal vez era más con el corazón que con la cabeza, que lo de Jesús tenía sentido y tenía futuro. Dios mismo era el garante de ese sentido y de ese futuro.

A pesar de que el ciclo pascual quedó clausurado el domingo pasado, las dos solemnidades siguientes, Santísima Trinidad y Corpus Christi, hacen que se mantenga el eco pascual durante unos días más. No viene nada mal, ya que toda nuestra vida tendría que tener un tono pascual, tendríamos que  vivir como resucitados. Así testimoniaríamos con nuestra vida, como lo hizo Jesús, que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Y que es ese amor el que nos vivifica por dentro; el que nos resucita permanentemente.

Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad. En ocasiones uno desearía que esta celebración pasara de largo por la dificultad de abordar este “misterio”. Por un lado, es algo que hemos internalizado desde nuestra más tierna infancia. Hemos aprendido, incluso con gestos corporales, a invocar a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otro lado, nos cuesta comprenderlo racionalmente; probablemente porque no sea precisamente la razón el instrumento más adecuado para su comprensión, aunque lo intentemos por analogía. Contradicción de casi todo lo humano, lo más habitual, lo más normal, es lo más difícil de explicar, para empezar porque no vemos la necesidad. ¡Es tan evidente lo que vivimos por dentro!

Hemos tratado de entenderlo según las “funciones” de cada una de las personas de la Santísima Trinidad: Dios Padre: creador; Dios Hijo: salvador; Dios Espíritu Santo: santificador. También hemos tratado de comprenderlo  según la impronta que dejan en la comunidad cristiana: Pueblo de Dios; Cuerpo de Cristo; Templo del Espíritu Santo. Incluso hemos recurrido a otras imágenes. Cito dos porque a mí me hablan de cómo es nuestro Dios, un Dios relación y en relación: la primera, nuestro Dios es un Dios solidario, no es un Dios solitario; la segunda, la Santísima Trinidad la mejor comunidad (sí, sí, ya sé que es el título de un libro de Leonardo Boff).

Sería bueno que, más allá de lo que diga la teología, cada uno tratara de responderse a sí mismo qué/quién es la Santísima Trinidad en su vida, con qué imágenes la identifica. Es probable que no nos resulte fácil, porque según la propia vivencia personal, y  en ocasiones según el momento, suele haber una identificación mayor con una de las Personas trinitarias.

TrinidadYo he tratado de hacer una aproximación. Dios Padre es la tierra, es lo que me sustenta y me sostiene. En ocasiones doy saltos como queriéndome separar de él, como queriendo demostrarme a mí mismo que puedo ser autónomo; pero no, al final lo que me hace realmente libre es pisar tierra firme, sentirme en buenas manos, las del Padre. Dios Hijo es el horizonte, el lugar al que encaminar mis pasos. Claro que en muchas ocasiones desvío la mirada hacia otros caminos y senderos. Claro que en muchas ocasiones me doy la vuelta tratando de otear otros horizontes; pero no, al final la atracción mayor es Jesús, su persona y su proyecto de vida. Dios Espíritu Santo es el aliento, la fuerza vital que dinamiza mi vida. Claro que en muchas ocasiones me creo dueño y señor de todo, autosuficiente, confiado en mis propias fuerzas desde el voluntarismo; pero no, los puños sirven de poco cuando la vida es puesta a prueba y uno tiene que confesar agradecido que es otro el que ha obrado siempre. Dios experimentado como tierra firme, horizonte que atrae y fuerza que impulsa. Mejor, Dios experimentado como un Tú que sostiene, acoge y vivifica.

En este día de la solemnidad de la Santísima Trinidad solemos celebrar la “Jornada Pro orantibus”. Recordamos de manera especial a tantos hombres y mujeres de vida contemplativa. Recordamos en nuestra oración a esa parte de la Iglesia que nunca deja de orar por nosotros. Hoy será un día de contrastes para la vida contemplativa española. Mientras que hace poco tiempo un semanario religioso nos informaba que en España se cierra un monasterio de clausura al mes, hoy en la archidiócesis de Valencia se abrirá uno nuevo con 50 monjas proveniente de otro monasterio que está a rebosar. Son varios los monasterios de reciente fundación que parece tienen atractivo vocacional mientras que otros de varios siglos de tradición ven como sus días están contados.

Lo que es de admirar en unos y en otros monasterios, en los que están a rebosar y en los moribundos, es la confianza absoluta en Dios y en su Providencia. Probablemente es porque viven muy hondamente lo que dice el lema de la jornada de este año: “Contemplar el mundo con la mirada de Dios”. Y cuando se contempla el mundo así, lo único que se ve es salvación. Nos lo recordaba el evangelio: “Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Cuando se tiene esta certeza, Dios se hace para la persona tú personal que es suelo, horizonte y fuerza.

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