COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Octavo Domingo del Tiempo Ordinario

Lo fundamental: la experiencia fundante

“Nadie puede servir a dos señores”. Así comienza nuestro pasaje evangélico de hoy. Nos parece normal que así sea. Es una muestra de coherencia y de honradez. No se puede estar jugando a dos bandas. No gustan los “chaqueteros”, personas que se acercan al fuego que más calienta o que salen huyendo si ven peligro de incendio, aunque hayan sido causantes de la primera chispa. Nos pedimos integridad. Admiramos más a los perdedores que han sido incondicionales a una causa, que a los vencedores de todas por su capacidad camaleónica.

 

“No podéis servir a Dios y al dinero”. Jesús dice esto como ejemplo y concreción de lo que había dicho anteriormente sobre los dos señores. Con los señores lo veíamos claro. Lo de no poder servir a Dios y al dinero simultáneamente se nos hace más cuesta arriba. ¿Es necesario renunciar a uno de los dos? Parece que sí. Rotundamente sí, cuando el dinero ocupa el lugar de Dios o cuando empieza a deshumanizarnos.

Los síntomas de deshumanización se pueden notar en uno mismo: la adición a acumular riquezas, aunque no se necesiten ni se disfruten de ellas.

octava-semana-del-tiempo-ordinarioLos síntomas de deshumanización se pueden notar en las víctimas que deja en el camino. Es algo que viene desde antiguo. Los profetas de Israel denunciaron continuamente la corrupción de los poderosos y cómo abusaban manipulando las balanzas y engañando a los colectivos más vulnerables: huérfanos y viudas. Parece que la experiencia religiosa no era un dato significativo a la hora de limitar la codicia de los defraudadores. Lo religioso no es una experiencia fundamental ni fundante.

En tiempos de Jesús había un colectivo especialmente señalado por la incompatibilidad en el binomio Dios-dinero: los recaudadores de impuestos. Doblemente rechazados: por colaboracionistas con el opresor extranjero y porque utilizaban su pequeño poder para abusar del pueblo llano, cobrando más de lo establecido. Estaban excomulgados de las asambleas religiosas por su oficio. Eran considerados pecadores públicos. Tal vez pesaban más las razones ideológicas que las religiosas en sí mismas, que no devenían en experiencia fundante.

Si venimos a nuestros días se nos hace evidente la atracción que tiene el dinero sobre todos nosotros. “No da la felicidad, pero ayuda a conseguirla”, nos solemos decir, como si nos tuviéramos que justificar. No tendría que ser así cuando establecemos una relación sana con él. Cuestión de discernimiento.

Si nos dejamos llevar por los datos que conocemos esta atracción del dinero es mayor sobre aquellos que más tienen o más posibilidades tienen de gestionarlo, sea dinero público o privado. Da lo mismo que miremos a Europa o a América. Lo de África clama al cielo. Oriente tampoco se libra. Da lo mismo que los que gestionan el dinero sean de izquierdas o de derechas. La corrupción campa por sus respetos. Hay que reconocer humildemente que el ser católico, practicante o no, confesante o no, no es un dato a favor. No parece que este sea un dato un fundamental a la hora de discriminar entre políticos, sindicalistas, jueces,… corruptos o no.

Lo dicho hasta ahora es una visión puramente economicista. El evangelio va mucho más allá. Va a la vida misma, donde la economía con ser importante no lo abarca todo, afortunadamente. El evangelio nos habla de cómo gestionamos nuestro tiempo, nuestros deseos, nuestras actividades,… hasta nuestros agobios.

El vivir agobiados es uno de los signos de nuestro tiempo. Agobio que nos puede llegar a producir una desorientación vital: “¿Todo esto para qué?”.

A no  ser que pertenezcamos a una de las capas más desfavorecidas de nuestra sociedad, es probable que no nos falte dinero, pero sí que nos falte tiempo. Experiencia que produce más agobio.

Este vivir agobiados puede ser signo de la falta de discernimiento y/o, en el caso de los creyentes, de la falta de confianza en Dios, como se subraya en el evangelio.

Discernimiento para distinguir entre lo urgente, lo importante y lo fundamental. Discernimiento para distinguir entre aquello que nos da vida y aquello que nos la quita. Corremos el riesgo de vivir alocadamente y caer en el sinsentido. Recientemente he recibido el testimonio de dos jóvenes de unos 25 años, los dos del sur, uno de España, el otro de América. Ambos abogados de profesión. Uno ha decidido cambiar de profesión, antes de que la profesión le cambie a él. No le ha hecho falta asomarse mucho para intuir la imposibilidad de trabajar por la justicia, por lo menos desde ese ámbito. El otro no ha dejado su profesión, pero sí el bufete de prestigio en el que trabajaba y que le ha hecho aparecer en prensa en varias ocasiones. Llegó un momento en que el que tenía que decidir: “dejar el bufete o renunciar a sus principios y valores”. No estaba dispuesto a esto último. Tendrá que pagar el precio de no ser mediático y no ganar tanto dinero, pero queda a salvo la propia conciencia y el camino de coherencia con su querer ser cristiano, seguidor de Jesús.

Es en Jesús dónde encontramos la clave de discernimiento y la medida de nuestra confianza en Dios. Jesús, cuando nos invita a vivir sin agobios, sabe de qué nos habla. Él ha hecho, la hace todos los días, la experiencia de que Dios cuida de él, cuida de cada uno de nosotros. Si nos dejamos cuidar. Si estamos atentos para percibir los innumerables signos de que él nos cuida. Siempre. También en los momentos en que parece que todo se nos viene abajo. Él sabe lo que necesitamos en cada momento. Tal vez nosotros no. Él nos da lo que necesitamos en cada momento. Tal vez nosotros no nos enteremos… ocupados como estamos en agobiarnos. Jesús nos enseña a descansar en Dios, a confiar en él. Esta fue la experiencia fundante de su vida. Jesús se preocupaba del Reino de Dios y su justicia. Dios se preocupaba de Jesús.

Desde Jesús podemos decir que lo fundamental es la experiencia fundante… que Dios sea nuestra suficiencia para poder ocuparnos de las cosas de Dios.

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