COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Anjel lleva compartiendo con nosotros el Comentario de la Palabra Dominical desde hace algunos años. En este momento, su situación personal le obliga a una ‘parada’. En estos momentos les pido a todos ustedes que tengan presente a Anjel presente en sus oraciones.

Cerramos el año litúrgico y cerramos, en principio, los envíos. El martes comenzaré con las sesiones de radioterapia y quimioterapia simultáneamente. Si las fuerzas y la lucidez me acompañan os llegará algo de vez en cuando.
 
Un abrazo y seguimos unidos en la oración. Anjel.

 

 

Trigesimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario

Misericordia crucificada

Cerramos el año litúrgico con la celebración de lo que durante años hemos conocido como la solemnidad de Cristo Rey. Este año tiene un significado especial, ya que se clausura el Año Jubilar de la Misericordia.

 

Esta fiesta fue instituida por el Papa Pío XI hace poco más de 90 años en un intento de frenar el anticlericalismo que iba creciendo en Europa. Por otro lado, la monarquía, defensora de la cristiandad y de la Iglesia, iba perdiendo poder. ¿Esta fiesta nació con la pretensión de defender ambas instituciones: la monarquía y la Iglesia? Lo dejamos para el estudio de los historiadores. Los creyentes la tenemos que releer a la luz del Evangelio.

Por si queda alguna duda, la liturgia postconciliar aclara y orienta el sentido de esta fiesta. En primer lugar, por la denominación: Jesucristo, Rey del universo. Demasiado para el que fue conocido como el “hijo del carpintero de Nazaret”. En el caso de Jesús no hay contradicción, misterio de la encarnación: plenitud de humanidad que revela la divinidad en su plenitud. Omnipotencia hecha misericordia. En segundo lugar, subraya cómo es el reinado propuesto por Jesucristo: un Reino eterno y universal, un Reino de verdad y de vida, un Reino de la santidad y la gracia, un Reino de la justicia, el amor y la paz.

Así es el Reino inaugurado por Jesús. Por él vivió. Por él murió. No vivió de cualquier modo. No murió de cualquier modo. Lo hizo en fidelidad al proyecto del Padre sobre él y sobre la Humanidad.

Jesús vivió para el Reino. A lo largo de todo el año litúrgico, acompañados por san Lucas, el evangelista de la misericordia, hemos podido seguir las huellas de Jesús por los caminos de Palestina. Podemos afirmar que la universalidad del reinado de Jesucristo se manifiesta en su solidaridad con todo el género humano, con un predilección por los empobrecidos, los que aparentemente no valen nada, los que son despreciados por todos, por los pecadores. Jesús vino a buscar y salvar lo que estaba perdido. Se esforzó en acoger y perdonar a los pecadores; suscitar vida, allí donde ésta estaba amenazada física o moralmente… A sus palabras llenas de ternura siempre le acompañaban gestos de compasión y misericordia.

Jesús murió por el Reino. A los contemporáneos de Jesús, de manera especial a las autoridades políticas y religiosas, nos les resultó fácil entender su mensaje, por eso lo crucificaron. En aquella cruz, incomprensión hecha crueldad, se concentró la mayor de las contradicciones de la condición humana: llamados a la vida, generamos muerte.

Es una pena que la liturgia “nos prive” de cinco palabras que me parecen fundamentales: “La gente estaba allí mirando”. Luego, sí, viene lo de “las autoridades hacían muecas a Jesús…”. Digo que es una pena que nos priven de esa parte sustancial, porque a la luz del evangelio de hoy, nos tenemos que preguntar cuál es el papel que representamos ante los crucificados de la historia, cuáles son nuestras apuestas, en qué o quién ponemos nuestra confianza.

Muchas veces echamos balones fuera, pensando que son “los otros” los que no hacen las cosas bien. No digamos nada si “esos otros” son las autoridades. Es verdad que ellos tienen mayor responsabilidad que nosotros en buscar las soluciones adecuadas en la gestión de vida pública y en la búsqueda del Bien común. Pero nosotros no nos podemos sentir sin ninguna responsabilidad ante lo que pasa en nuestra historia personal y colectiva. No es más fácil escudarnos en el ser  sujetos pasivos, cuando no pacientes, de lo que ocurre. Nosotros lo único que hacemos es “mirar”.

trigesimocuarto-domingo-del-tiempo-ordinarioOtros personajes, con la palabra, pasan a la acción: “… que se salve a sí mismo…”. Si fuera poco con la provocación de las autoridades, uno de los malhechores, “compañero en el sufrimiento”, insiste en la misma dirección: “…sálvate a ti mismo”. Para salvarse a sí mismo, no habría sido necesaria la encarnación. Para salvarse a sí mismo no habría sido necesario su compromiso con todos los empobrecidos de la sociedad en todas sus formas. Para salvarse a sí mismo, no habría hecho de la misericordia la bandera de su vida. Si Jesús hubiese optado por salvarse a sí mismo habría vaciado de credibilidad su mensaje. En ocasiones es el estar en trance de muerte el test de verificación de las palabras que se han predicado, de los gestos que se han tenido, de la verdad profunda que se dice vivir. Jesús no se podía salvar a sí mismo. Jesús no se quería salvar a sí mismo. Jesús quería salvar a la Humanidad entera, según lo soñado por el Padre. En aquella cruz, de la que pende Jesús, queda crucificada la misericordia.

Tenemos otro personaje que no podemos olvidar, el conocido como “el buen ladrón”. No se nos dice nada de él, más que su acto de confianza: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. A aquel hombre le parecía imposible que la misericordia quedara crucificada definitivamente. Confiaba en que esa no fuera la última palabra. Algo percibía en Jesús que le hacía querer estar junto a él, correr su misma suerte. Atraído por Jesús. Los que hemos tratado de ahondar y entrar en el misterio de Jesús quedamos sorprendidos por una experiencia que nos desborda: queríamos seguirle, pero nuestros esfuerzos son vanos, porque nos sentimos atraídos por él.

 

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