COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Trigesimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario

Dios de vida

Todavía resuena el eco del mensaje del libro de la Sabiduría que escuchábamos el pasado: “Señor, amigo de la vida”. Así es nuestro Dios, es el hilo conductor de todo el Evangelio: un Dios que en Jesús se empaña en suscitar vida y defenderla.

En el evangelio se nos presenta la controversia de los saduceos con Jesús. Los saduceos eran los miembros de la clase alta de la sociedad judía. En ellos se apoyaban los conquistadores, griegos o romanos, para poder someter al pueblo. No solo se sometían al poder extranjero, sino que también adoptaban sus modas y cultura. Esta sumisión al poder político del momento les permitía tener los cargos públicos más importantes: por ejemplo, el cargo de sumo sacerdote. También ocupaban la mayor parte de los puestos en el sanedrín. En el aspecto religioso, eran conservadores, no creían en la inmortalidad del alma ni en la resurrección; no aceptaban más libros sagrados la Ley de Moisés, contenida en la Tora o Pentateuco.

trigesimosegundo-domingo-del-tiempo-ordinarioLos saduceos, tomando como punto de partida la ley del levirato, quieren ridiculizar a Jesús y, de paso, a todos los creían en la resurrección, por ejemplo los fariseos, que tenían mayor influencia religiosa sobre el pueblo sencillo. Le proponen un ejemplo que no tiene fácil respuesta desde el punto de vista racional.

Jesús no entra en su juego. La ley del levirato era una ley proteccionista de la mujer, gran avance en aquella sociedad, aunque desde nuestra sensibilidad actual la criticaríamos porque hacía dependiente a la mujer incluso después de la muerte del marido. Jesús no vincula una ley, aunque sea religiosa, que puede ser válida mientras peregrinamos por esta vida, con lo que vendrá después de la muerte. Lo que venga después no es continuidad mecánica de lo que vivimos ahora. ¡¡Y menos mal!!, dirán muchos.

La trampa que le tienden a Jesús, aclarar algo que no puede estar sometido a lo meramente racional, es la misma que nos tienden en muchas ocasiones a los creyentes, cuando confesamos nuestra fe en la resurrección. Nos piden pruebas que justifiquen nuestras afirmaciones, explicaciones científicas, demostraciones racionales, algo que se pueda verificar empíricamente. Al igual que Jesús, no podemos caer en la trampa de querer explicar algo que siendo muy razonable no queda constreñido al conocimiento limitado por la razón. Además, si somos honrados, tenemos que decir que no sabemos cómo será, pero sabemos que será bueno, porque de ella participa Jesús.

A Jesús no le preocupó el no dar o no saber dar una respuesta concreta al tema que le planteaban, él les quiso llevar mucho más allá, desde lo que ya sabían: que el Dios en quien creían era un Dios de vivos. Eso era lo fundamental, lo otro era secundario.

De la misma manera, a nosotros no nos debe preocupar el saber dar una respuesta concreta a todas las objeciones que nos hacen sobre nuestra fe. Como diría Pascal, “el corazón tiene razones que la razón no puede comprender”. Lo importante es que los creyentes vivamos íntimamente convencidos de que la vida que surge en nosotros viene de Dios. Lo importante es que nuestro modo de vida, nuestras opciones, nuestras preocupaciones y nuestras ocupaciones hablen por sí mismas del Dios de la vida.

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