COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimoséptimo Domingo del Tiempo Ordinario

¿Hemos hecho lo que teníamos que hacer?

La Palabra de Dios hace que concentremos toda nuestra atención en algo fundamental: la fe. El profeta Habacuc nos ha dicho que “el justo vivirá por la fe”. San Pablo, desde la cárcel e intuyendo su muerte cercana, le invita a Timoteo, nos invita a nosotros, a vivir “con fe y amor en Cristo Jesús”. El evangelio nos hace exclamar a una con los apóstoles: “Auméntanos la fe”.

Sí, la fe es el corazón de la liturgia de hoy. La fe, y el compromiso que se deriva de ella. Pero, ¿qué es la fe?

En la carta a los Hebreos se nos dice que “es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos”. No es mucho lo que se nos pide. Hoy tenemos más dificultad en creer lo que vemos, porque ya todo lo ponemos bajo sospecha: ¿lo que vemos no estará manipulado? No hace falta más que acercarse a la prensa y ver qué tratamiento le dan los diferentes medios y las diferentes agencias informativas a una misma noticia. La pregunta que nos suele surgir es: ¿a quién creemos?

Por otro lado, también otros nos piden a nosotros fe. Los políticos nos la piden para que nos creamos que las reformas políticas que están llevando a cabo, que supone un recorte importante en derechos sociales, y que tiene repercusiones más hondas en las personas más vulnerables de nuestra sociedad, son buscando una salida de futuro para todos. Mucha fe en la que nos piden.

Lo peor que le puede pasar a la fe cristiana es que la identifiquemos sólo con creer en cosas, doctrinas o conjunto de verdades, o que la reduzcamos al cumplimiento de unas normas morales. Todo eso está bien, pero es insuficiente. Porque eso es consecuencia de la fe, gracias a la fe, no presupuesto para ella. Es más, cuando la fe queda reducido a eso, más pronto o más tarde, se abandonará la fe, porque algunas doctrinas y algunas normas morales no se sustentan por sí mismas.

La fe, antes que nada, es creer en una persona: Jesús de Nazaret, que pasó haciendo el bien, que muerto y resucitado, es nuestro Salvador. La fe, antes que nada, es haber puesto la confianza en Dios Padre: sabernos que estamos en buenas manos, sostenidos por Él. La fe, antes que nada, es percibir la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida, que la anima a mirar al futuro con esperanza. Por eso, en la carta a los Hebreos que hemos citado, antes de decirnos que la fe “es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos”, nos dice que la fe “es tener la plena seguridad de recibir aquello que se espera”.

La fe es un don que suplicamos y que acogemos. La fe es un don que recibimos, como le recordaba Pablo a Timoteo. Y como nos lo recuerda el nº 166 del Catecismo de la Iglesia Católica: “…es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela… Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro…”.

La fe es un don que tenemos que actualizar, reavivar y cuidar con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros. La fe es un don que se hace vida y compromiso: testimoniar a Jesucristo, participar en los duros trabajos del Evangelio. La fe, cuando la acogemos, es un don con fuerza transformadora: nos transforma a nosotros mismos; nos urge a transformar el mundo, según el sueño de Dios.

Más que de tener fe, tendríamos que hablar de ser desde la fe. Cuando los apóstoles le piden a Jesús que les aumente la fe, no lo hacen en términos cuantitativos, sino cualitativos. No es tanto tener más fe, cuanto que la fe se enraíce en ellos con más profundidad, les haga más al estilo de Jesús, que les identifique más con él. No tenemos que olvidar que Jesús y los que le siguen van camino de Jerusalén, donde la fe será puesta a prueba.

No se tiene fe, sé es desde la fe. Es lo que nos está demostrando gesto a gesto, palabra a palabra, opción a opción, el Papa Francisco. Nada de lo que hace y dice es improvisado, menos aún preparado, todo ello es fruto de una vida o, mejor, el fruto de la vida de fe en él.

A estas alturas todos estamos convencidos de que es un verdadero profeta para nuestro mundo. Dicen las estadísticas que muchos católicos que se habían alejado de la práctica de la fe y que tenían debilitada su pertenencia están regresando a sus comunidades.

vigesimoseptimo-domingo-del-tiempo-ordinarioMuchos no creyentes están perplejos ante la libertad de este hombre, que se atreve a desafiar los “ataques inminentes” anunciados por los poderosos de la tierra. Muchos no creyentes están perplejos porque se sienten obligados a reconocer la autoridad moral de este hombre. Hasta aquellos que en los primeros días pensaron que todo era “pose”, que tenía un buen asesor de imagen y que estaba acertando con la estrategia de comunicación, reconocen que no, que es demasiado natural, que sale demasiado de dentro, que así no se puede engañar.

Curiosamente, los “ataques inminentes e ininterrumpidos” le están llegando desde el interior de la propia Iglesia, desde aquellas personas que tienen otro modo de entender lo que debe ser el papel del Papa y de la Iglesia en el mundo actual.

En cualquier caso, las primeras palabras, precursoras de todas las palabras de Francisco, las dijo el ahora Papa emérito Benedicto XVI: “ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. El primer gesto, precursor de todos los gestos del Papa Francisco, lo hizo Benedicto XVI: “siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005”.

Palabras y gestos, encarnación de la fe. No hacen falta muchos gestos. No hacen falta que se digan muchas palabras, pero sí que se pronuncien en el momento adecuado.

Ante la tragedia humana acaecida recientemente en Lampedusa, el Papa Francisco dijo una sola palabra: “Vergüenza”. Mejor que todos los tratados de teología o de moral social. “Vergüenza”.

Es lo que debemos sentir todos los que nos sentimos en comunión con el Papa: “vergüenza”. Cierto es que no todos la debemos sentir con igual intensidad. No puede ser igual la vergüenza que sienten los católicos de una nación africana, algunos de los cuales se sienten obligados a emigrar a Europa por diferentes razones, o los católicos que somos ciudadanos de uno de los estados que componen la Unión Europea, y que seguimos pasivos ante unas leyes que devienen homicidas.

Yo me pregunto, ¿cómo hubiésemos actuado si en un atentado terrorista hubieran muerto más de 200 personas en el espacio europeo? A estas horas ya se hubieran decretado nuevas leyes o se habrían cambiado las existentes, probablemente recortando libertades, para tratar de impedir que una tragedia de estas dimensiones volviese a ocurrir. Ante esta tragedia, y ante las leyes que de alguna manera las provocan y que generan tanto horror y terror (“vergüenza”, en palabras de Francisco), por impedir la libertad de movimiento de las personas, ¿qué estamos haciendo los católicos europeos? ¿qué testimonio del Evangelio de Jesucristo estamos dando? ¿Cómo estamos defendiendo la vida, también del ya nacido?

El Papa Francisco, siervo de los siervos de Dios, nos está ayudando a comprender que las moreras se pueden plantar en el mar, que la fe mueve montañas, que la fe reforma curias que nos parecían intocables hasta hace bien poco. Él está haciendo su tarea. ¿Y nosotros? ¿Estamos en condiciones de decir: “somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer?

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