COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimotercer Domingo del Tiempo Ordinario

Seguir a Jesús… también hoy

Vigesimotercer domingo del tiempo ordinario

Teniendo en cuenta que esto que escribo no va a ser “predicado”, sino sólo leído por algunas personas, pongo la imagen al principio, en contra de lo que suele ser habitual.

¿Por qué?  La foto está tomada el viernes santo de hace tres años, durante la celebración de la Pascua convocada por los HH. Maristas. Siempre les agradeceré la oportunidad que me han dado para participar en estas celebraciones en varias ocasiones. Agradecido, porque en ocasiones hay que ver para creer. Hay que ver para creer, para seguir creyendo, que todavía Jesús, su mensaje y su vida, sigue interpelando a los jóvenes, y que, muchos o pocos, están dispuestos a hacer la aventura del seguimiento.

Ya sé que eso, que haya  jóvenes dispuestos a seguir tomar su cruz para seguir a Jesús, no me tendría que sorprender: han sido más de un millón de jóvenes los que se han concentrado recientemente en Cracovia para celebrar la JMJ. Evento en el que finalmente no participé, en parte porque la segunda “J” empieza a pesar (a pesar, valga la redundancia, que sería “J” para la media de edad del clero o de la Vida religiosa). Es un evento que me parece adecuado, porque responde al modo de ser y a una necesidad de los jóvenes -cristianos o no- del siglo XXI. Es un evento que me parece necesario, porque es una manera de poner en práctica la catolicidad de la Iglesia. Siempre me da pena aquellos grupos que se empeñan en autoexcomulgarse de este evento.

Además he tenido la suerte, mejor dicho, la gracia, de poder acompañar a un grupo de jóvenes universitarios y presbíteros del sur de España que habían participado en la JMJ y que, tras un día de descanso en su  tierra, quisieron rematar la experiencia con Ejercicios espirituales personalizados a la sombra de la casa natal de San Ignacio de Loyola. Una vez más he comprobado que hay jóvenes que se preguntan seriamente cuáles son los “bienes” a los que tienen que renunciar para seguir a Jesús. Se lo preguntan seriamente porque lo quieren vivir seriamente.

No es fácil. Parece que el Evangelio no nos deja alternativa: o renunciamos a todos nuestros bienes o renunciamos a ser discípulos de Jesús.

No es fácil no caer en la mediocridad y empezar a hacer trampas: no todo lo que aparece en el Evangelio dicho por Jesús fue realmente dicho por él, sino por la comunidad primitiva que… Cuando habla de renunciar, no quiere decir renunciar exactamente, sino cuestionar, preguntarnos por ellos, reflexionar… Cuando dice todos, querrá decir casi todos, los que nos sobran… Jesús no va en contra de lo humano, y por tanto… bla, bla, bla…

Todo esto mientras pensamos en que los “bienes” son monedas y billetes (o tarjetas de crédito o cuentas bancarias), porque por alguna extraña razón hemos identificado bienes con dinero.

No es lo que nos dice el Evangelio, y así lo complica más, porque nos puede parecer un discurso más propio de una líder religioso integrista o de un gurú de una secta destructiva: “Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.

Nos parece excesivo cuando  lo pide el Evangelio y más normal cuando acontece en la vida ordinaria. Algunos ejemplos: posponemos, por usar el lenguaje evangélico, padre y madre cuando optamos por un proyecto personal de vida, solos o acompañados; posponemos mujer  o marido e hijos cuando se nos cruza otra persona y otro proyecto de vida en el camino; posponemos a hermanos y hermanas cuando hay desacuerdos en la herencia, sobre todo si es sustanciosa;… Cada uno puede seguir poniendo ejemplos.

Son opciones/decisiones que no se toman sin dolor, pero en el uso de nuestra libertad vamos posponiendo unas cosas a otras.

Lo de posponerse a uno mismo para darle prioridad a Jesús nos lo ha ido diciendo en los pasajes evangélicos de domingos anteriores: “…es necio quien amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios”, “…vended vuestro bienes y dad limosna… porque donde está vuestro tesoro está vuestro corazón”; “…esforzaos en entrar por la puerta estrecha”; “…el que se enaltece será humillado, y el que humille será enaltecido”.

Jesús dijo estas palabras cuando iba camino de Jerusalén. Todavía le seguía mucha gente. Estaba compartiendo con aquellas personas lo que fue su experiencia más personal e íntima: lo único absoluto era Dios, desde él quedaba resituado todo. Jesús vivió al Padre como fuente de libertad personal y de liberación para los demás. No les habló desde lo que ha aprendió en la sinagoga o desde lo que eran las costumbres sociales en boga en la sociedad judía. Les habló desde lo que habían sido sus opciones vitales: vida itinerante y sus preferencias por los últimos. Jesús pospuso madre, esposa… y a sí mismo en la prueba de la Cruz.

Teresa de Calcuta, santa del siglo XX, canonizada hoy, trató de posponerlo todo por seguir a Jesús. Isa Solá, religiosa de Jesús-María, asesinada ayer en Haití, trató de posponerlo todo por seguir a Jesús. Muchas cristianas y cristianos, de todos los las edades, también jóvenes, tratan/tratamos de seguir a Jesús… también hoy.

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