COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Décimo Domingo del Tiempo Ordinario

Palabras y gestos que suscitan vida

Tres de septiembre de 2015, toda la prensa escrita se hacía eco de una fotografía que desde la víspera corría como la pólvora por las redes sociales: era la imagen de Aylan Kurdi. ¿Quién era? El niño kurdo de tres años que apareció ahogado en la costa turca. Junto a él y otras personas también fallecieron su hermano de cinco años y su madre. Después de ver aquella escena, muchos dijimos: “¡¡Ni uno más, ni uno más, ni uno más!!”. Desgraciadamente, si son ciertos los datos que nos proporcionan las estadísticas de algunas organizaciones humanitarias, dos menores mueren ahogados cada día en el Mediterráneo tratando de alcanzar la costa europea. Habíamos dicho, “¡¡ni uno más, ni uno más, ni uno más!!, pero se nos olvidó la tragedia. Tal vez más por impotencia que por indiferencia.

Nueve meses después, al comenzar esta semana, los medios de comunicación se han empeñado en mostrarnos una realidad que existe pero que no vemos o no recordamos. Otra foto. Ahora la de un bebé de menos de un año, en brazos de un rescatista, ha recorrido todo el planeta y nos ha llenado de indignación.

Aylan Kurdi, en medio de la desgracia, ha hecho historia. Su nombre aparece en las entradas de la Wikipedia, sabemos su lugar de nacimiento, el nombre de sus familiares más cercanos, los lugares en los que se le hicieron homenajes, los grupos musicales que le tuvieron presente en sus conciertos, los artistas que hicieron esculturas sobre él,… De este bebé no sabemos nada, ni su origen ni la suerte que ha corrido su familia, nada… no sabemos ni su nombre, por eso ya le hemos dado uno: “el bebé sin nombre”.

Ahora, ¿qué hacemos? ¿Volvemos a repetir eso de “¡¡ ni uno más, ni uno más ni uno más!!”, y nos quedamos a esperar para ver si realmente las palabras transforman la realidad? ¿Vamos a exigir que se cumpla lo que dice el Derecho Internacional sobre los refugiados o preferimos que sigan entrado en nuestros países de mano de las mafias o que subcontratemos los servicios de “países amigos no comunitarios” para que pongan orden en “sus fronteras” y no les permitan llegar hasta nosotros? ¿Nos vamos a indignar o vamos a hacer lo que esté en nuestra mano para que esta situación cambie?

Jesús se indigna pocas veces en el evangelio. Siempre que lo hace es porque algo muy sagrado está en juego: la persona. Cuando lo hace, le acompañan palabras y también gestos de denuncia de la situación injusta causa de la indignación. La indignación nos tiene que llevar al compromiso.

Alguna persona tal vez se pregunte qué tiene que ver todo esto con el evangelio que hemos proclamado en este domingo 10º del Tiempo ordinario.

Estamos hablando de niños muertos. Estamos hablando de madres o padres que sufren. Estamos hablando de la muerte que se impone sobre la vida.

Aparecen dos cortejos en el evangelio de hoy. Por un lado, el grupo de los discípulos y el gentío que acompañaba a Jesús. Por otro lado, el gentío considerable de la ciudad de Naín que acompañaba a la viuda mientras llevaban a enterrar a su hijo único. Encuentro entre la vida y la muerte.

A Jesús, al ver a aquella mujer viuda que había perdido a su único hijo, se le conmovieron las entrañas. El sufrimiento de aquella mujer le llegó a Jesús hasta el hondón del alma. Sufrimiento doble: el de toda madre que pierde un hijo y el desamparo en que quedaba ella misma.

Decimo Domingo del Tiempo OrdinarioEl conmoverse le lleva a Jesús a moverse, a entrar en relación con aquella mujer que estaba llamada a vivir en marginación. De los labios de Jesús salen palabras de consuelo: no llores. A esta mujer le inunda la misericordia y la ternura de Dios que es capaz de cambiar el luto en danza. Palabras que van acompañadas de un gesto inaudito. De las manos de Jesús sale el compromiso con la vida, poniéndose en contacto con la muerte: se acercó al ataúd y lo tocó. No es de extrañar que los que llevaban el ataúd se pararan, quedaran paralizados, porque Jesús entra en contacto con la impureza saltándose los preceptos religiosos. La misericordia no conoce más norma que el amor.

Al muchacho, como a ti y como a mí le dice: “¡Levántate!”. Resucita. Así es el Dios de Jesús: el que suscita y restaura la vida. Así ha de ser nuestro compromiso, suscitar vida en aquellas personas que la tienen amenazada… o que no la tienen.

En ocasiones quisiéramos tener la oportunidad de poder reescribir nuestra vida, seguramente borrando de ella todo aquello que valoramos como “tinieblas y sombras de muerte” en nuestra vida. Es la oportunidad que se le da aquel joven. Es la oportunidad que se nos da a cada uno de nosotros cada día. Cada día se nos da la oportunidad de construir nuestra vida de un modo más acorde con lo que queremos vivir, más acorde con el Evangelio.

Lo que decimos de la vida personal, lo podemos decir de la vida social. Cada día se nos da la oportunidad de hacer opciones que nos lleven a construir una sociedad más justa y más equitativa, más en sintonía con los valores del Reino de Dios. Estamos llamados a decir palabras y hacer gestos que susciten vida.

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