COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Cuarto Domingo de Cuaresma

El evangelio de todos ganan

Ante este relato evangélico la mejor actitud es el silencio. Acoger el texto “como si presente me hallare” en la escena. Como un espectador mudo que se deja cautivar por todo lo que ocurre en el teatro, muy real, de la vida. Acoger el guion como lo que es: Palabra de Dios. Espectador mudo, que se deja hacer, transformar, por todo lo que va contemplando. Actitud receptiva, más que pasiva.

Acoger el guion más con el corazón que con la cabeza, para que no pierda toda fuerza literaria ni su vigor evangélico. Contemplar la escena como espectador mudo, pero con actitud receptiva: silenciado el discurso racional, acoger agradecidos la buena noticia que vive cada uno de los personajes. Bien se le podría llamar a este pasaje: el evangelio de todos ganan. Aquí se podría y debería acabar esta reflexión. Como mucho una sugerencia: ponte en el papel de cada uno de los personajes, o de dos, o de los tres (porque en nuestra vida seguro que hemos jugado los tres papeles en función de las circunstancias),  y recuerda, vuelve a pasar por el corazón, ¿cómo resonaba el evangelio en ti cuando te sentías como uno de ellos?… tiempo para ti… y… FIN.

Si sigues leyendo, comprobarás que ahora se comienza a estropear el relato. ¡Piénsatelo!

He dicho en algunas ocasiones que este relato lo tendríamos que ver escrito en un periódico y lo tendríamos que leer o escuchar fuera del ámbito de la iglesia en la que se proclama, o de los grupos creyentes en los que lo reflexionamos. ¿Qué título le pondríamos a la noticia? Tal vez, “El padre calzonazos” o “Cómo no educar a los hijos” o… se admiten sugerencias.

En el ámbito eclesial este relato ha tenido muchos títulos.

Cuando yo era pequeño, incluso adolescente, tenía un título claro, “El hijo pródigo”. No teníamos muy claro qué significaba eso de “pródigo”. Por el contexto intuíamos que era algo así como “malo, malote”. El anti-modelo de hijo. Lo que nunca había que hacer. Ni por el trato a la familia ni por la relación con el dinero. Así que eso de ser pródigo era ser hijo derrochador. Nunca se nos hubiese ocurrido pensar que el otro significado de “pródigo” era “generoso”. Estaba claro el modelo que no había que seguir, ¡cuidadín con la aventura de la libertad!

El desenlace es de manual. El clásico hijo rebelde, adolescente, que necesita  conquistar su autonomía frente al adulto, y no lo sabe hacer más que por el camino de la ruptura. Necesita cortar el cordón umbilical hasta con la distancia física. Como ocurre tantas veces, la vida deviene contradictoria: quería disfrutar de la vida y acaba sufriendo la soledad, el hambre y el fracaso más absoluto. El camino de la libertad le ha alejado del amor de su padre y le ha llevado a la esclavitud.

Cuando uno se va haciendo mayor, se va acercando al Evangelio con ojos de adulto, hace sus primeras incursiones en el mundo de la teología, de la exégesis bíblica, de la espiritualidad cristiana (académica), va escuchando, y también descubriendo, que el título que mejor le viene a este relato es del “Padre misericordioso”. El padre es el protagonista fundamental. Un padre original, más en aquel contexto: con entrañas maternas. Un padre que se conmueve y eso le mueve a salir al encuentro de sus hijos, ¡¡de los dos!!, porque la suerte de sus hijos no le deja indiferente. Un padre amoroso hasta el extremo de sufrir en silencio el drama de comprobar que sus hijos, ninguno de los dos, han sido capaces de percibir el amor incondicional que les tiene. Un padre que, en diferentes momentos y de diferentes modos, comprueba que no ha sido suficiente fuente de felicidad o de confianza para sus hijos.

Con el paso de los años, uno va descubriendo, la importancia del hijo mayor. Por una parte, te lo ponen en bandeja los que saben mucho y hacen comentarios sobre este evangelio. Por otra parte, el contacto con “cristianos de toda la vida” de diferentes condiciones (independientemente de su mayor o menor militancia o compromiso eclesial, de su pertenencia o no la vida religiosa, sea de un género o de otro). Somos el hijo mayor que nunca se ha ido de la casa paterna, aunque no reproduzcamos el perfil que este representa en el evangelio, ¿o sí?

La actitud del hijo mayor es el clásico inhibido, sumiso, incapaz de hacer la aventura de la libertad. El padre le había abierto la puerta, le dio la parte de la herencia que le correspondía, como al hijo menor. No se atreve. Tampoco arriesga en el amor, aunque sea el del padre. Mejor marcar distancias, por si acaso. Nunca se fue de casa, pero siempre se sintió como en tierra extraña. Sabemos que tenía corazón y que necesitaba agasajar a sus amigos, ¿para no perderlos? ¿Síntoma de inseguridad? No entiende la reacción de su padre. No es el padre autoritario que él se había imaginado, sino misericordioso. Su padre es un desconocido, ¡qué derroche de generosidad con su hermano! Obediente y cumplidor ha terminado por ser un resentido. Ha sido incapaz de vivir desde la libertad y de fiarse del amor de su padre.

Nueva invitación a que dejes esta lectura y vuelvas a leer el pasaje evangélico. Ya tienes otras claves para situarte en cada uno de los personajes.

Desde el punto de vista eclesial, se puede hacer una lectura rápida y simplista diciendo que las hijas y los hijos pródigos son los que se fueron de la Iglesia y ahora han comenzado el camino de regreso. En algunos casos así es, y con la misma actitud del hijo menor. Según eso, los hijos mayores seríamos los que, con más o menos crisis de fe, nunca hemos dejado la Iglesia. En algunos casos puede ser así. Hemos podido llegar a preguntarnos si éste era nuestro lugar. Tal vez en alguna ocasión nos ha asaltado la sospecha de que algo bueno nos hemos perdido por no habernos atrevido a hacer la aventura de la libertad, también al margen de Dios, pero nos hemos quedado en casa. Tampoco tenemos claro la suficiencia del amor de Dios ni que ello sea fuente de libertad.

Desde una lectura creyente de nuestra vida cotidiana, en clave de Reino de Dios. Nos podemos preguntar, por ejemplo, cómo lo acogemos. No se trata de buscarlo fuera de lo cotidiano de cada día, como parece que hace el hijo pródigo, sino de acogerlo en eso que nos parece la monotonía de nuestra existencia, porque el Reino ya está entre nosotros y en nosotros. No se trata de construirlo a base de empeño, de fuerza de voluntad y de méritos, como parece que hace el hijo mayor, sin enterarse de que el Reino ya está entre nosotros y en nosotros.

Es un pasaje para contemplar, tratando de meterse en la piel de cada uno de los personajes, como hijas e hijos, y desde esa situación acoger la salvación, la buena noticia que nos viene de parte de Dios. Es así como tomamos conciencia de que estemos en la situación que estemos, en todo momento y en toda circunstancia, el evangelio es buena noticia para nosotros, aunque no siempre lo podamos confesar con igual intensidad.

Cuarto Domingo de CuaresmaLo que viene a continuación es desde el respeto profundo a las víctimas. Desde la convicción de que el perdón no se puede exigir ni imponer. La experiencia dice que el perdón, sobre todo cuando se es sujeto pasivo-víctima, termina por sanar-restaurar aquello que otro había herido (desgraciadamente no llega a la resucitación de las víctimas mortales). Pero hasta dar ese paso, hay que hacer una opción de fe o una opción voluntaria consciente de que “no decidí ser víctima pero sí dejar de serlo”. Así es como titula la portada de la revista religiosa “Vida Nueva” la entrevista que hace a una víctima de los abusos de un sacerdote.

Vamos a por ello, consciente de la dificultad del tema.

Finalmente, unas preguntas que me hago a mí mismo y que no termino de responderme, porque me falta la magnanimidad del padre del evangelio (a mí mismo me digo que me falta tiempo para meditarlas con serenidad). Son preguntas al hilo de lo que he leído e ido escuchando a lo largo de la semana. Tienen que ver con el mundo político cercano y lejano. Lo político entendido en su forma más burda, esa que tanto denigramos pero que no podemos obviar, y lo político como modo de organizarnos los humanos.

¿Qué hacemos con Arnaldo Otegi? Preso, “terrorista”, para unos, “político”, para otros, que acaba de salir de la cárcel. Parece que quiere regresar a la casa paterna de la acción política parlamentaria. Parece que apela a que su conciencia le dice que tenía(n) que haber dejado antes las armas, ¿tal vez no haberlas cogido nunca? Parece que quiere encaminar los pasos hacia la casa del padre, asumir las vías democráticas Hay quien sospecha, legítimamente, que ha sido el hambre que pasaba, por seguir con la cita evangélica, la que le ha llevado a dar ese paso. Tras el 11S la lucha armada no tenía ningún futuro para conseguir objetivos políticos. Sea por convicción o por necesidad, a la luz del evangelio, ¿qué hacemos?

¿Qué hacemos con Urrusulo Sistiaga? Preso que también acaba de salir de la cárcel. Terrorista, con las manos manchadas con mucha sangre. Traidor, por haber explorado caminos nuevos cuando no se veía tanta necesidad. Es uno de los primeros que entonó el “mea culpa” del daño causado a todas sus víctimas. Es más, asumiendo la responsabilidad sobre el daño causado a todas las víctimas de ETA, aunque él no fuera el ejecutor material o intelectual de las mismas. Parece que el arrepentimiento es sincero. Hay mucha sangre derramada. A la luz del evangelio, ¿qué hacemos?

En la tarde del jueves, 3 de marzo, escuchaba por las calles de Vitoria-Gasteiz, “Herriak ez du barkatuko” (“El pueblo no perdondará”). Se conmemoraba el 40 aniversario del asesinato, para unos, muertos por la policía, para otros, de cinco jóvenes trabajadores en diferentes manifestaciones que se desarrollaron en la ciudad en 1976. Los que ya no peinamos ni canas, sabemos que eso de “El pueblo no perdonará” tiene muchas connotaciones. Y muchas manipulaciones. Perdonar  o no. A la luz del evangelio, ¿qué hacemos?

El mismo día, pero por la mañana, escucho la pregunta que me lanza una alumna en un círculo reducido y en clima de confianza: “¿Por qué os empeñáis los católicos en perdonar a los musulmanes y en tratar de convencernos que son buenos? Sois religiones contrarias. Además os matan”. Ármate de paciencia, pensé. Empiezas distinguiendo entre musulmanes y terroristas (y luego a estos les pones todos los apellidos que quieras). Explicas el origen común de las tres religiones en Abraham. También las diferencias sustanciales entre ellas. Recuerdas el mandamiento del amor a los enemigos dicho por Jesús, ¿o solo era una recomendación? El diálogo con la Modernidad que tuvo que hacer la Iglesia y que buena parte del islam no lo ha hecho. La tolerancia como un valor occidental que tenemos que mantener, también por el hecho de tener raíces cristianas. La importancia de superar la ingenuidad de que los conflictos tienen un componente religioso, olvidando los políticos y, sobre todo, económicos. Le di más razones, pero no le convencí. Estoy seguro. Tantas razones que me crearon mala conciencia. Las palabras de Jesús tendrían que haber sido suficiente. Ante las noticias que nos llegan casi a diario de la matanza de tantos cristianos, a la luz del evangelio, ¿odiar o amar? ¿qué hacemos?

Si has llegado hasta aquí, ¡enhorabuena!, te puedes saltar otros compromisos ascéticos cuaresmales.

Un último apunte, importante, el final del evangelio es majestuoso. No sabemos qué hizo el hijo mayor, si entró o no. No sabemos si optó por la fraternidad o por la aventura del individualismo. El evangelio deja el final abierto. Lo que sí nos queda seguro es que Dios siempre sale a buscar a sus hijos. Por eso es el “evangelio de todos ganan”, sobre todo los hijos.

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