COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Decimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario

La novedad es Jesús, el Cristo

La reacción de los nazarenos ante la presencia de Jesús en su pueblo, entre sus conocidos, es prototipo de la condición humana. Somos así. En tiempos de Jesús y en 2015. Nos maravillamos ante lo desconocido, ante lo que está fuera de nuestro control, ante lo “nuevo”. En ocasiones hasta la buscamos. Necesidad de salir de la monotonía, de experimentar sensaciones “nuevas”. Despreciamos, o nos deja indiferente, aquello que sabemos, conocemos y controlamos. Todo ello a pesar de que pudiera parecer que vivimos en una sociedad que reivindica el “aquí y ahora” como único momento y lugar en el que realmente existimos. Sin embargo, corremos frenéticamente tras la novedad.

En la antigüedad las personas se sorprendían ante los fenómenos naturales, por eso los sacralizaban. Poco a poco fueron perdiendo su halo de misterio. Hoy conocemos, por ejemplo, muchas cosas sobre el Sol. No nos sorprende su presencia en nuestra vida. De sacralizarlos pasamos a banalizarlos. Hasta que un día percibimos que la luz se va apagando en nuestra vida. Nos visita la enfermedad, la ancianidad, la depresión…, y en ese momento anhelamos la luz de cada día. Poder percibirla nos parece un verdadero milagro. Momento para valorar lo sorprendentemente nuevo y bueno que puede ser lo que ya conocemos.

Si nos centramos en los avances científicos, hoy lo sabemos casi todo sobre el origen de la vida. Se puede seguir al embrión fecundado casi paso a paso. Nos parece algo de poca importancia. Sabemos que nacen miles de criaturas cada día y que otras han quedado en el camino, ahora obviamos las razones. Podría parecer que la vida ha perdido toda su novedad y misterio. Hasta que un día contemplamos admirados el nacimiento de nuestro hijo, de nuestro sobrino…, y ya no nos parece ni tan conocido ni tan natural. Hay una novedad que sobrepasa la comprensión intelectual. Novedad que se nos revela como buena.

Las religiones históricas no se libran de este proceso de necesidad de control-búsqueda de novedad. Las filosofías en su intento de racionalidad se han encargado de desarrollar un modo de entender a Dios. Con categorías humanas se le atribuyeron una serie de características llamadas divinas. Incluso la historia comparada de las religiones ha llegado a nombrarlo como Ser Supremo o Totalmente Otro. Creemos saberlo casi todo de Dios, hasta para poder negarlo. Ahora, siempre necesitados de novedad, le buscamos en el nosaber. No nos debemos dejar engañar por la “novedad”. Por ser “nueva” no tiene porqué ser “buena”.

Hace unos pocos años José Antonio Pagola, sospechoso de casi nada para casi todos, indicaba lo siguiente:

“…hay escritos de carácter esotérico-astrológico que nos aseguran que estamos viviendo la transición de la era de Piscis a «la era de Acuario». Otros nos anuncian la llegada de «una nueva conciencia». Otros nos hablan de una «conspiración pacífica» inevitable que se irá extendiendo por todo el mundo desplazando a las antiguas religiones y conduciendo al hombre a un nivel superior de iluminación.

La «nueva era» viene impulsada por una proliferación de innumerables movimientos religiosos de componente gnóstico cristiano o de inspiración oriental…

Al tomar contacto con alguno de estos movimientos, más de un cristiano puede sentir la tentación de iniciarse en nuevas experiencias, pensando que no se aleja de la fe cristiana pues también aquí oye hablar de Cristo.

Sin duda cada uno es libre para seguir su camino, pero lo razonable es que primeramente conozca bien su propia religión cristiana y se percate de las graves discrepancias que afloran en esos movimientos. Apuntaré algunas de importancia.

La fe no consiste en la iniciación a una ciencia esotérica para descubrir unas supuestas leyes ocultas que rigen la existencia humana o el cosmos, sino en la escucha del Evangelio de Jesucristo que nos anuncia la salvación que nos viene de un Dios Padre.

La vida cristiana no consiste en tener acceso a una iluminación de Dios en nuestra conciencia (despertar «el Buda», descubrir el «atman»), sino en seguir fielmente a Cristo en su amor al Padre y a los hermanos.

Dios no es simplemente el Espíritu o la Energía que dirige e impulsa la evolución del cosmos, sino un Padre que nos ofrece su amor personal en Cristo.

La salvación no consiste en una experiencia de plenitud cósmica a través de un proceso de reencarnación, sino en el encuentro personal con Cristo resucitado.

El cristiano cree en Jesucristo tal como es transmitido por los evangelios y no en las reconstrucciones fantasiosas de la antroposofía, los rosacruces o el Cristo cósmico del maestro O.M. Aivanhov.

Evangelio del decimocuarto domingo del tiempo ordinarioLos evangelios nos relatan que las gentes se preguntaban extrañadas por «la sabiduría» de Jesús, pero, al hacerlo, no pensaban en ninguna ciencia oculta o teosofía esotérica del estilo de las que anuncian hoy las nuevas religiones, sino en la Buena Noticia de un Dios Padre capaz de salvar al hombre para siempre”.

Dejamos a un lado este excursus, necesario para el Occidente enriquecido materialmente, empobrecido en lo religioso y ávido de la “novedad” que le puede ofrecer la espiritualidad post-cristiana y post-religiosa.

Israel también buscó la novedad. Para ello fue alejando de sí al Dios de la Historia, al Dios cercano que se paseaba por el Edén, al Dios liberador que se abajaba para escuchar la opresión de su Pueblo, al Dios que hablaba al corazón de los profetas. Dios, poco a poco, se convirtió en el Innombrable. Pareciera como si así Dios fuera más Dios. Pareciera como si un Dios así fuera más creíble.

El Dios que se nos revela en Jesús es un Dios que es novedad permanente en su cercanía que nunca terminamos de abarcar. Es el Dios que se nos revela en un niño “Dios-con-nosotros”, un Dios que paga el precio de la encarnación, novedad absoluta en el hecho religioso. Un Dios “familiarizado” en y con lo humano. Esta es la novedad que aporta Jesús y que despistó a sus paisanos, que no supieron/pudieron/quisieron reconocer al Mesías. Conocían a Jesús y a los suyos. El “conocerle” les impidió reconocer la novedad que suponía la sabiduría que salía de su boca, los milagros que salían de sus manos, la fuerza salvadora que traía de parte de Dios…

Consuelo pastoral: si Jesús, transparencia absoluta de Dios, no fue capaz de que acogieran el mensaje que les quería transmitir, ¡cuánto más nos ocurrirá a nosotros, siervos inútiles del Evangelio!

La novedad que nos trae Jesús es que Dios ha optado por ser compañero de camino en nuestra historia, se ha hecho “paisano” con nosotros, por eso tal vez nos cuesta tanto reconocerlo. La novedad, la novedad buena, la Buena Nueva, es Jesús mismo, el Cristo.

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