COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Undécimo Domingo del Tiempo Ordinario

El Reino de Dios también se sueña

El evangelio que nos presenta la liturgia de hoy acompaña el ritmo pastoral de la Iglesia que peregrina en el hemisferio norte. Las parroquias y los centros educativos católicos se encuentran a final de curso pastoral en casi todas sus áreas. El servicio de la caridad no toma vacaciones. La Pastoral juvenil se intensifica con campamentos y otras actividades complementarias que ayuden a niños, adolescentes y jóvenes a seguir profundizando en la fe.

Si hacemos caso a la parábola que se nos presenta en la primera parte del evangelio de este domingo, al tiempo del esfuerzo le sucede el tiempo de la contemplación: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”.

La fórmula matemática que tenemos que aprender, mejor con el corazón que con la cabeza: trabajar + descansar = fiarse de Dios.

Desde el punto de vista gramatical, los verbos que tendríamos que declinar indisolublemente son: sembrar y esperar. O, si se quiere, para que el contraste sea mayor, arriesgar y confiar. Confiar en Dios, confiar en que Él haga su obra, que Él dé crecimiento a lo que nosotros sembramos.

Los comentaristas bíblicos, aunque no seamos especialistas en Sagrada Escritura, solemos hacer nuestras propias interpretaciones de lo que estaría pensando Jesús, de lo que estaría sintiendo, de lo que estaría moviendo su corazón al decir lo que decía. A mí me parece que está haciendo una relectura del salmo 126: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!”.

Undécimo domingo del tiempo ordinarioYa no habría tantos albañiles en Jerusalén, para entonces habría estallado lo que había sido la burbuja inmobiliaria con la construcción del segundo templo. El pueblo gozaba de una cierta paz, la suficiente como para reducir el número de centinelas o que no fuera una profesión en alza. Había muchos campesinos, a estos se dirigía Jesús en las parábolas de hoy.

Jesús se está dirigiendo a gente sencilla que esperaba la liberación de Israel, la instauración del Reino de Dios en la historia, aquello que había sido prometido por los profetas y que no terminaba de llegar. En esas estamos nosotros: trabajando por el Reino.

Jesús quiere alentar la confianza en el Reino de Dios y, también, en el Dios del Reino, que hace las cosas a su manera: siempre para nuestro bien, aunque no según nuestros plazos.

Les pone un ejemplo que conocen bien: la siembra y la cosecha. Pero subraya algo fundamental: reconocer el don.

El Reino de Dios es tarea, pero sobre todo es don. El Reino de Dios se construye, pero previamente se acoge como regalo. Es más, cuando nos empeñamos en que el Reino de Dios sea sólo fruto de nuestro esfuerzo, generalmente termina fracasando. Más si nos alcanza la ansiedad y la crispación.

No es una invitación a la ingenuidad o a la pasividad, sino al compromiso mayor: fiarse de Dios y fiarnos de nosotros mismos, que portamos la semilla del Reino, aunque no sea más grande que un grano de mostaza.

Es una invitación a confiar en Dios. Es Él quien da crecimiento a nuestra vida personal y eclesial. A Él le confesamos como Señor de la Historia.

Nos habíamos hecho la ilusión de que los avances científicos y tecnológicos y el prescindir de Dios nos iban a hacer más humanos. Desde la misma teología se nos ha invitado a “vivir la existencia y nuestro compromiso en el mundo como si Dios no existiera”, para poder ser cristianos adultos. Finalmente nos asalta la tentación de prescindir de Dios. No acuso a nadie, lo digo por  mí. Un amigo que me conoce bien, me dice que me proyecto demasiado en las homilías. Es verdad, pero el olfato pastoral, y una lectura atenta de la vida de la Iglesia a diferentes niveles, me dice que hay una epidemia.

Hace tres años comentaba lo siguiente: “En la asignatura de Religión del último curso de Secundaria se estudia Historia de la Iglesia. No se puede abordar el siglo XX sin acercarnos a la figura de Juan XXIII, llamado “el Papa de la paz” en la película dirigida por Giorgio Capitani. Uno se emociona cuando ve al Papa confiando en Dios en todo momento, como le pone a Él como garante del fruto futuro del cónclave, del concilio o de las decisiones que va tomando. Confía a pesar de todas las dificultades que le ponen aquellos que tendrían que colaborar con Él. Es curioso, porque todos los impedimentos que le ponen, hasta para escribir la Encíclica “Pacem in Terris”, lo hacen con la buena intención de salvar a la Iglesia. Pero lo hacen confiando más en sus propias programaciones, en sus propios cálculos de nombramientos, en la prudencia política de la Santa Sede, etc., que en Dios, que es quien lleva adelante la barca de la Iglesia, muestra de ello es el Vaticano II que, sin que sepamos cómo, sigue dando sus frutos.

 Lo que se refleja en esa película no está muy lejos del Vatileaks, las filtraciones a la prensa de correspondencia reservada del Papa. No sabemos quién está detrás. No sabemos si es contra el Cardenal Bertone o contra Benedicto XVI, pero casi seguro que esas personas están convencidas de que con su actuación están salvando a la Iglesia. ¡Como si la salvación estuviera en nuestras manos! El mayor síntoma de increencia es la falta de confianza. Hasta en el mundo económico se nos habla de recuperar la confianza de los mercados, cierto es que es por otras razones”.

¿Quién se acuerda ya de eso? Sin embargo, ¿no se podrían afirmar cosas similares respecto al Papa Francisco? Las circunstancias cambian, pero la dinámica es la misma: no terminar de fiarnos de Dios.

Sin embargo, el evangelio nos insiste en algo que no deberíamos olvidar nunca: el Reino de Dios también se va construyendo mientras dormidos. El sueño de Dios sobre la Historia se va cumpliendo mientras nosotros soñamos. Somos ingenuos cuando creemos que nosotros somos los protagonistas de algo tan grandioso, a la vez que, como tantas veces comprobamos, no somos capaces ni de ser sujetos de nuestra propia historia. Es tiempo para la confianza, para dejarle a Dios ser Dios, en nosotros, en la Iglesia y en nuestro mundo. Es tiempo para confiar… y para creer que el Reino de Dios también se sueña.

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