COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Trinidad

Un Dios digno de fe

Estamos celebrando la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Este misterio de nuestra fe les ha traído de cabeza a los teólogos más sesudos a lo largo de la historia de la Iglesia. Este misterio nos trae de cabeza a los cristianos en cuanto nos empeñamos en comprenderlo con la sola razón.

Recuerdo con cariño a un antiguo alumno extraordinariamente brillante a nivel académico, que se incorporó a la Facultad de Medicina, y que era creyente. Más, no se avergonzaba de serlo. Un día me confío el lío que tenía a la hora de entender la oración de Jesús. Lo planteaba de forma simple y clara: “si Jesús es Dios, cuando le reza a Dios está hablando consigo mismo”. En un intento de ponerme a nivel “científico”, y sabiendo que la analogía solo sirve hasta donde sirve, le puse el ejemplo clásico del agua y de los estados en los que se puede aparecer: líquido, vapor o hielo. En los tres estados sigue siendo agua, pero ni el líquido se identifica con el vapor ni éste con el hielo ni el hielo con el líquido. Así Dios, siendo uno, se realiza en tres personas: Padre-Creador, HijoSalvador y Espíritu Santo, que sostiene nuestra existencia cristiana. No le resolví la duda de la oración de Jesús.

Es curioso, a la Santísima Trinidad la comprendemos mejor “por dentro”, como algo plenamente interiorizad. No tenemos ningún reparo para comenzar nuestras oraciones y celebraciones “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, pero en cuanto lo queremos “comprender con la cabeza” lo que hacemos con naturalidad, se nos escapa… y hasta se nos hace problema.

 No es de extrañar que se nos haga tan íntima la Santísima Trinidad. En su nombre fuimos adoptados como hijas e hijos de Dios por el bautismo. La Iglesia, comunidad de bautizadas y bautizados, se comprende a sí misma como estructura trinitaria: Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo. Nuestra vocación comunitaria tiene su origen, necesariamente, en el mismo Dios. Creados a su imagen y semejanza, estamos llamados a ser lo que Él mismo es: comunidad de, en y por el amor.

Esto que vivimos por dentro, y lo vivimos como puro don de Dios, estamos invitados a comunicárselo a los demás: “hacer discípulos de todos los pueblos”. Tenemos claro que el mejor testimonio, el “evangelio” que lee hoy es la gente, es la coherencia vida, sobre todo cuando se alinea con la caridad (que no se identifica con la beneficencia y está más allá de la justicia). Pero, además, tenemos que hacer un esfuerzo de razonabilidad de nuestra fe y de nuestra esperanza.

La Trinidad es lo más específico de la religión cristiana. Todas las religiones son respetables, pero no todas las religiones son iguales. Todas ellas tienen los mismos elementos fundamentales. Pero no todas las religiones son iguales. La contraposición con ellas, que no es confrontación, nos ayuda a comprender mejor en qué/quién creemos.

Creemos en un solo Dios. En esto coincidimos con judíos y musulmanes: todos creyentes en el Dios de Abraham. Para nosotros, el Dios revelado en Jesucristo, el Dios en el que creemos por la fuerza del Espíritu Santo, no es un Dios solitario y al que le gusta la soledad. Al contrario, es un Dios comunitario en sí mismo y que crea comunidad, que sostiene a la Iglesia. No es un Dios solitario, sino solidario.

El Dios revelado en Jesucristo, el Dios en el que creemos por la fuerza del Espíritu Santo, es un Dios personal. No es como, por ejemplo, en las tradiciones religiosas orientales, una energía impersonal, un universo espiritual que formamos todos, y del cual participaremos cuando nos liberemos del largo proceso de reencarnaciones, alcanzando así la unidad y la paz. El Dios personal que se nos revela en Jesucristo nos ofrece gratuitamente la paz y la unidad para gozarlas en nuestro peregrinar histórico. Oferta gratuita y compromiso para anunciarla a toda la Humanidad.

Festividad de la Santísima TrinidadLa oración cristiana no es un soliloquio ni un monólogo interior, es diálogo, apertura a un Tú, a quien nos confiamos y en quien confiamos. Oyentes de la Palabra que confían en el Dios que escucha el clamor de su Pueblo. Oyentes de la Palabra que no se refugian en la quietud del puro silencio. Somos imagen del Dios trinitario, estructuralmente en diálogo: somos apertura al Tú de Dios y al tú de los hermanos.

Al señalar estos rasgos distintivos de la fe cristiana, no lo hacemos contra ningún credo, ni contra los creyentes de ninguna religión, sino para afirmar nuestra identidad, para saber y proclamar quiénes somos, más en un mundo como el nuestro, globalizado en lo cultural, ideológico, religioso,… aunque las fronteras físicas son regidas por intereses económicos. Señalamos los rasgos distintivos para afirmar nuestra identidad, sabiendo que en todas las religiones se encuentran semillas de salvación, tal como afirma el Concilio Vaticano II.

El Dios que tenemos que ofrecer como Iglesia es el Dios trinitario revelado en Jesús. Un Dios Padre creador de la vida, que tenemos que acoger agradecidamente. Un Dios con nosotros, que nos ha dejado la misión de acoger y construir el Reino: el compromiso de hacer un mundo más humano, tal y como fue soñado por Dios Padre en el momento de la creación. Un Dios en nosotros, el Espíritu Santo que ha hecho morada en la pobreza de nuestras vidas.

Este Dios es el que nos ha prometido que va a estar con nosotros todos los días, hasta el final del mundo. No creemos en un Dios cualquiera, creemos en un Dios digno de fe.

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