COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Pentecostés

Hemos recibido el Espíritu de Jesús

Hay varios aspectos que se pueden considerar en este día de Pentecostés: su relación con las fiestas judías; el aspecto pedagógico; la necesidad de profundizar en la importancia del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia, en la vida de cada una de las comunidades cristianas y en la vida de cada cristiano.

El cristianismo naciente estuvo muy influenciado por la cultura y la religiosidad en la que surgió: la judía. Religiosidad que se fue cristianizando poco a poco, a medida que la misma comunidad cristiana fue tomando conciencia de la novedad aportada por Jesús de Nazaret, al que comenzaban a confesar como el Mesías, el Ungido por Dios.

Los judíos en la fiesta de Pascua celebraban el paso de la esclavitud a la libertad; los cristianos el paso de la muerte a la vida. Cincuenta días después, los judíos celebraban la “Fiesta de las semanas”, primariamente vinculada a la “fiesta de las cosechas”, en la se ofrecía a Dios las primicias o primeros frutos; después esta fiesta se vinculó a la Alianza hecha por Dios con Moisés en el Sinaí. Si el Pentecostés judío celebra el don de la Ley, los cristianos celebramos el don del Espíritu Santo.

Más allá de las vinculaciones de Pascua y Pentecostés con el judaísmo, más allá de la unidad teológica del único acontecimiento Resurrección-Ascensión-Pentecostés, estos cincuenta días han sido una oportunidad para profundizar en lo acontecido en Jesús de Nazaret, aquel hombre que pasó haciendo el bien, y cuya causa, la del Reino de Dios, parecía haber quedado crucificada en la tarde viernes santo. Durante cincuenta días nos hemos ido recordando que todo lo de Jesús (sus palabras, sus obras, sus opciones y preferencias,… todo, también su muerte), en Dios cobra su verdadero sentido. Nuestro destino último es la vida plena, que empezamos a gozar ya aquí, mientras nos comprometemos con el proyecto de Jesús y según su estilo.

El día de la Ascensión, Jesús Resucitado encomendó a sus apóstoles la misión de predicar el evangelio a toda la creación. La misión que recibió aquella primera comunidad cristiana es la misión de la Iglesia en todo tiempo y en todo lugar: anunciar la Buena Nueva de Jesucristo, que Dios es un Padre bueno, que ama a todas sus hijas e hijos, que quiere que todos llevemos una vida digna, y que su amor es capaz de liberarnos de la muerte.

No estamos solos en esta tarea. Jesús nos prometió la ayuda del Espíritu Santo: la persona más desconocida de la Santísima Trinidad, a pesar de que es el Espíritu Santo quien sostiene nuestra existencia personal y dinamiza la vida de la Iglesia.

PentecostésCreer en Dios Padre y confesarle como Creador, como lo hacemos cada vez que recitamos el credo, es relativamente sencillo. Es la afirmación básica que se hace de Dios en muchas religiones: en Dios se sitúa el origen de todo. Además nosotros decimos que lo crea todo por amor.

Creer en Jesucristo, en el Hijo, es también relativamente fácil. Por lo menos teóricamente. Sabemos muchas cosas de él gracias a los evangelios que han llegado hasta nosotros. Sin entrar en los datos que nos ofrecen los evangelios apócrifos a los que bastante gente les otorga más credibilidad que a los canónicos. Creer en Jesús de Nazaret y en su causa, en el Reino de Dios, es relativamente sencillo. Hay personas que, declarándose ateas militantes, no tienen mayor dificultad en reconocer que en Jesús de Nazaret, en los valores proclamados y vividos por él, en su mensaje de fraternidad, de libertad, de justicia y de paz, se ven reflejadas las ansias de concordia y de plenitud de la humanidad. Para muchas de esas personas Jesús de Nazaret, y sus opciones por los más empobrecidos y abandonados de la sociedad, es un modelo de identificación, a la altura de los grandes profetas y de los grandes sabios que ha habido a lo largo de la historia, aunque no lleguen a confesarlo como el Hijo de Dios.

Con el Espíritu Santo tenemos más problemas, a pesar de que es quien nos posibilita confesar a Dios como Padre y a Jesucristo como nuestro salvador. El Espíritu Santo es tan íntimo a nosotros mismos, que pasa desapercibido. Es tan cotidiano en nuestras vidas, que no somos conscientes de su presencia. Nos pasa como con el respirar, que no somos conscientes de su importancia, hasta que nos falta el aliento. El Espíritu Santo es nuestro aliento vital.

Es la fuerza interior que, más allá de toda ingenuidad, nos ayuda a vivir con esperanza la existencia, cuando todo parece indicarnos que estamos abocados al fracaso. Es la fuerza que nos sostiene en la existencia. Del Espíritu Santo decimos que es Señor y dador de vida. Lo decimos y lo experimentamos.

El Espíritu Santo anima nuestra fe, nos ilumina para que comprendamos, con la mente y el corazón, las palabras y los gestos de Jesús y nos da fortaleza para que intentemos ponerlos en práctica en nuestra vida.

El Espíritu Santo es quien anima la vida de la Iglesia. Como decía hace más de 40 años Ignacios Hazim, patriarca ortodoxo de la Iglesia de Antioquía: “El Espíritu Santo es la Novedad, es la presencia de Dios-con-nosotros. Sin el Espíritu Santo, Dios queda lejos; Cristo permanece en el pasado; el Evangelio es letra muerta; la Iglesia es pura organización; la autoridad, tiranía; la misión, propaganda; el culto, mero recuerdo; y el obrar cristiano una moral de esclavos.

En cambio, en el Espíritu Santo, el mundo es liberado; la persona se perfecciona; Cristo Resucitado está aquí; el Evangelio es fuerza de vida; la Iglesia significa comunión trinitaria; la autoridad es un servicio liberador; la misión es Pentecostés; la liturgia es memorial y anticipación; y la acción humana es divinizada”.

Jesús sigue presente en medio de nosotros por medio del Espíritu Santo. Hemos recibido el Espíritu de Jesús.

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