COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Sexto Domingo de Pascua

Damos lo que hemos recibido

El evangelio de hoy es continuación del que escuchábamos el domingo pasado. En aquel se nos invitaba a permanecer unidos a Jesús, como los sarmientos a la vid, para poder dar fruto abundante. En el evangelio de hoy se nos invita a permanecer en el amor de Jesús. Ése es el fruto abundante que nos pide el Evangelio: el amor.
Al hablar del amor, tenemos que cuidar que no se nos dispare el deseo. ¡Cuántas veces confundimos el dar fruto abundante con el activismo compulsivo!
A la luz del evangelio del domingo pasado, decíamos que el amor hay que ponerlo más en las obras que en las palabras. Es verdad. Pero muchos de nuestros buenos proyectos de liberación pueden quedar baldíos, muchos de nuestros esfuerzos por realizar el sueño de Dios sobre la Humanidad pueden quedar frustrados, muchas de nuestras energías empleadas a favor de la utopía de la fraternidad pueden quedar anuladas, por habernos olvidado de lo fundamental: permanecer en el amor de Jesús. Si todo el compromiso social creyente no es respuesta agradecida a lo que recibimos, el amor de Dios en Jesús, nos estamos perdiendo lo mejor del evangelio. El manantial de nuestro compromiso ha de ser el amor de Dios, nosotros caños agradecidos que da cauce a ese amor.
Desde una perspectiva más religiosa: si todos nuestros rezos, si la celebración asidua de la Eucaristía y la recepción de los sacramentos, si la sensibilidad por cumplir escrupulosamente todos los Mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia, si practicar todas las obras de misericordia, corporales o espirituales, si la confesión de todos los artículos del Credo,… no son como fruto del amor que Dios nos tiene en Jesús, y nos ayudan a permanecer en ese amor, difícilmente perseveraremos en esas buenas intenciones, en esos buenos deseos, en esas buenas acciones, si es que no hemos descubierto la alegría del Evangelio.
Sexto Domingo de PascuaHay creyentes que han dejado su práctica religiosa, su vinculación eclesial y su compromiso social porque les dejaba exhaustos y, lo que es peor, vacíos. Nunca han experimentado que la vida cristiana es, básicamente, respuesta al amor que Dios nos tiene en Jesús. Es ese amor el que nos lleva a una vida más religiosa y más comprometida con el prójimo. Muchas personas se han alejado del cristianismo porque lo han vivido como una carga pesada, como una serie de normas que había que cumplir y que coartan la libertad. Para algunas personas ser cristiano es ser casi inhumano.
¡Qué pena! Esas personas se han perdido lo mejor del Evangelio: la buena noticia de que Dios nos ama. Su amor es previo a la invitación a amarnos los unos a los otros. Su amor es previo a toda norma y todo precepto, por muy sanas que sean las unas y por muy santos que sean los otros. La vida cristiana no es primariamente empeño, voluntad y esfuerzo, sino experiencia del amor que Dios nos tiene. Pondremos empeño, voluntad y esfuerzo en todo lo que hagamos en nuestra vida, hasta las tareas más sencillas, pero será como respuesta al amor que Dios nos tiene. Tenemos que llevar siempre en el corazón las palabras de Jesús: “como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor… para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.
Amados por Jesús como él se sintió amado por el Padre. Si esta vivencia no está hondamente enraizada en nuestra vida de creyente, si ésa no es nuestra savia vital, difícilmente daremos fruto, más difícil que sea abundante y será casi imposible que dure.
Amados por Jesús como él se sintió amado por el Padre. Amados por Jesús e invitados a permanecer en ese amor. Permanecer en su amor para poder amar como él. No de cualquier manera: en función de mis intereses, cuando me conviene, cuando estoy de buen humor o con la generosidad a flor de piel, en función de mis gustos… o a “los nuestros” o a los que me caen bien. No, Jesús no nos ha dicho que amemos de cualquier manera, sino a su estilo: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Sabemos que el suyo fue un amor hasta dar la vida, pero mientras tanto fue un amor que daba vida. También la dio más allá de la muerte, que es lo que recordamos, celebramos y actualizamos en este tiempo de pascua.
Si el test del amor que le tenemos a Dios es cómo amamos al hermano, habría que decir que la calidad de ese amor se verifica en la alegría que nos produce y a la plenitud de la alegría a la que nos conduce. También nos lo dice Jesús: “Os he hablado de todo esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. La vida cristiana, que se concreta en el amor, ha de ser una fuente permanente de alegría y de gozo.
Todo pasa, solo el amor queda. Si la fe y la esperanza van a pasar y solo va a quedar el amor, también las obras pasarán y al final quedará solo el amor. Por eso, todas nuestras obras deben ser fruto del amor. Damos lo que hemos recibido.

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