COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Tercer Domingo de Pascua

Testigos de la resurrección

Estamos queriendo hacer hincapié en el lema elegido en nuestro arciprestazgo para esta Pascua, “resucita la alegría”.

Primera alegría, para los desmemoriados: la fragilidad de la memoria… y la fuerza del recuerdo.

A los que vamos tomando conciencia de que nos falla la memoria el pasaje evangélico de hoy nos consuela. Por lo menos a mí me consuela. Los de Emaús están contando lo que les ha pasado por el camino: cómo se les acercó Jesús, cómo les ardía el corazón mientras les explicaba las Escrituras y cómo le habían reconocido al partir el pan. En esas estaban cuando se les aparece Jesús. En esas estaban, y los que no le habían reconocido en el peregrino que les acompaña en el camino tampoco le reconocen ahora: así de frágil es nuestra memoria.

Nos ocurre muchas veces en la vida. Vamos olvidándonos de acontecimientos, de circunstancias, de personas… hasta que un día nos paramos y nos empezamos a preguntar cómo hemos llegado al punto en el que nos encontramos. Es el momento de volver más al corazón que a la cabeza. Es el momento de re-cordar (cor-cordis). Es el momento de volver a pasar por el corazón los acontecimientos, las circunstancias, las personas… y en todo ello re-conocer agradecidos, o sobrecogidos, porque los sentimientos pueden ser variados, el camino de nuestra vida y cómo se ha ido construyendo nuestra historia.

También nos ocurre en el camino de seguimiento de Jesús y en nuestra relación con Dios. Somos de memoria frágil. Sabemos que es Jesús quien ha tomado la iniciativa de acompañarnos en el camino de la vida y que nos busca por todos los senderos. Sabemos que estamos continuamente en la presencia de Dios, que él nos guía y nos acompaña siempre.

Lo sabemos, pero lo olvidamos. Solo cuando empezamos a recordar, cuando empezamos a pasar por el corazón los momentos importantes de nuestra vida, y también los que nos parecieron insustanciales, reconocemos que Dios ha estado presente en todos ellos, que en todos ellos nos ha acompañado, en todos ellos nos ha sostenido. También en los momentos de oscuridad, cuando parecía que se hacía noche oscura sobre nuestra vida, podemos recordar agradecidos que la presencia de Dios en nuestro caminar. Vislumbramos todos los momentos de Pascua, todos los pasos, que se han dado de la cruz a la resurrección.

Segunda alegría: el crucificado-resucitado ahuyenta los fantasmas del miedo.

Jesús les tiene que aclarar que Él no es un fantasma, ya que los fantasmas no tienen nada que ver ni con la vida ni con la historia, sólo existen en la mente del que los genera. Jesús les ayuda a confrontarse con aquello que ha sido la experiencia más dura que han vivido en contacto con él: la crucifixión.

Como garantía de quién es, no empieza a contarles las parábolas que les enseñó durante su vida pública, ni les recuerda la oración que les enseñó para dirigirse al Padre, ni siquiera vuelve a insistir en lo fundamental de su programa: las bienaventuranzas. Nada de todo eso. Solo un gesto: mostrarles las manos y los pies. Este gesto les llena de alegría. Pueden certificar por sí mismos que aquel que había sido condenado por los hombres, ha sido resucitado por Dios. La maldad humana nunca podrá con la bondad de Dios, que resucita al “autor de la vida”, como se nos ha dicho en la primera lectura tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles.

Tercer Domingo de PascuaAhora bien, la resurrección es criterio de verificación no solo de la muerte de Jesús, sino de toda su vida: sus palabras, sus gestos, sus opciones y predilecciones. Jesús les explica todo lo que sobre él decía la Escritura. La resurrección es garantía de que el proyecto de Jesús tiene futuro.

Si ahora os preguntara, como luego lo haré en el Credo, si creéis en la resurrección de Jesús, seguro que diréis que sí. Si os preguntara si creéis en nuestra resurrección, seguro que también diréis que sí. Si os preguntara cuándo acontece ésta, no tendremos dudas en afirmar que después de la muerte. Si os preguntara más, empezarían las dudas y las discusiones.

Entre los teólogos suele haber divergencias sobre cuándo acontece nuestra resurrección. Los más optimistas afirman que inmediatamente y los que nos alineamos con esta explicación solemos corregir las oraciones del ritual para que la resurrección que aparece en futuro, sea en presente o como ya acontecida. Otros, más en sintonía con lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica, apoyándose en textos del Nuevo Testamento, la colocan en el momento de la Parusía, o segunda venida de Cristo. No voy a tener en cuenta a los que opinan que la resurrección, como la muerte y, por qué no decirlo, la vida misma es pura ilusión, creación de nuestra mente.

No seré yo quien niegue las doctrinas autorizadas de la Iglesia sobre la resurrección después de la muerte, la pregunta que nos tenemos que hacer es si creemos en nuestra resurrección ahora, mientras vivimos. Si nos sentimos invitados a vivir como resucitados. Esto también lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “gracias al Espíritu Santo, la vida cristiana en la tierra es, desde ahora, una participación en la muerte y en la Resurrección de Cristo”.

Tercera alegría: estamos invitados a vivir como resucitados, aunque portemos también en nosotros las marcas de la cruz. Invitados a vivir como resucitados. Invitados a ser testigos de la alegría. Invitados a ser testigos de la resurrección.

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