Oraciones al caer de la tarde

EL MERCADO

¡Buenas noches, Señor!
El espectáculo ha sido algo alegre —¿comedia? — y deprimente —¿tragedia? — al mismo tiempo… ¿podríamos definirlo como drama? ¡El drama de la vida!
He acompañado a Michel, para hacer sus compras, al Mercado.
No he querido salir de] coche aparcado en uno de los lados de la avenida central del gran centro comercial de la ciudad…
Una vez disuelto el enjambre que se ha formado a mi alrededor: vendedores de bolsas de plástico, limpiabotas, guardianes… me he dedicado al espectáculo, a contemplar el ir y venir de la gente, vendedores más que compradores… Mirones de oficio, pedigüeños, paseantes forzados… No pueden faltar ingredientes como mendigos, marabuts, curiosos, aprendices de ladrón, niños sueltos como perros sin collar que diría Cesbron, recadistas de ocasión, mujeres que calculan qué podrán comprar con sus escasas monedas…
Es curioso y hasta hermoso. El abigarrado conjunto de personajes; la música ensordecedora (o ruido armonizado hasta cierto punto); los olores profundos, picantes, de tanta clase de especias…; los perfumes mezclados a los fétidos vapores que salen de los charcos (y hasta riachuelos) formados con orinas, agua de lluvia, caldos sobrantes, y bien adobado todo con barro o residuos de toda clase…; los colores de las telas tan preciosas; los lloros de los bebés; los gritos del vendedor que reclama la atención de los posibles compradores; los enfermos febrosos, que duermen o se quejan en silencio bajo las mesas escaparate: los perros que se buscan la vida; los aparcadores de coches; los tullidos que permanecen sentados en el polvo y los tullidos que se arrastran entre las mesas de los vendedores y las piernas de los que trajinaban en el Gran Mercado… y ente las ruedas de las carretas empujadas por sudorosos jóvenes..
Pero yo, tan pancho en mi butaca de cine, butaca de preferencia, con las manos apoyadas en el volante y una de ellas sacudiendo la ceniza del cigarrillo hacia el exterior. A veces, con aire aburrido, como a quien no le interesa la película, otras, interesado por una escena.
Escuchando canciones dulces, muy melódicas… En verdad, Señor, el conjunto de la visión era hermosa, típica, hasta agradable, a pesar de los ruidos y de los malos olores y de otras cosas menos gratas. Hasta que mi mirada, un poco mariposa, se ha posado en un cuadro muy concreto de la grandiosa escenificación…
Una mujer joven muy guapa —a mí me parecen hermosas casi todas las mujeres africanas— sentada en el suelo, los pies estirados, apretando con mucha maestría la falda entre las piernas. Estaba como a diez metros en diagonal, al otro lado de la calle en donde yo había aparcado el coche…
¡Y hasta entonces no la había visto!
Pero lo que me ha indispuesto, lo que ha estropeado mi plácida sesión cinematográfica, no ha sido la joven sino los dos pequeñuelos que estaban sentados enfrente de la madre… ¡Qué revuelco en mis entrañas…! ¿Sin ser madre? ¡Bueno!
Uno de los bebés (porque no pasaría del año o año y medio), tenía en torno a su boca siete u ocho moscas pegadas. El otro, más pequeño, las tenía en las órbitas de sus ojazos… La expresión de la mirada de ambos no sería capaz de describirla… ¿Hambre? ¿Pena? ¿Incomprensión? No, no sé… La mirada de la mamá estaba abstraída, no miraba a ningún sitio. Pero su tristeza era infinita… Me hubiera gustado cruzar la mía con la suya… Me hubiera acercado, dejando mi ya no tan confortable asiento y le hubiera dado un buen montón de monedas, con mucha amabilidad… Quizás hubiera hablado con ella poniéndome en cuclillas a su altura… Quizás hubiera acariciado a los pequeños…
Pero ¿por qué tenía que esperar a que nuestras miradas se cruzasen? Uno de los niños, de cuando en cuando llevaba un bote de pintura a la boca, penosamente, con sus manitas incapaces de sostenerlo… Su madre le ayudaba como una autómata, sin dejar su mirada en el infinito. El otro,
iniciaba lloro cada diez segundos… La madre, al fin, le ha acercado su boca, tras espantarle las moscas, a su pecho. ¿Es que podría obtener una sola gota de leche de tan escuálido seno…?
Señor… ¡ya se me ha estropeado del todo el espectáculo…! Ya he comenzado a esperar nerviosamente la llegada de Michel… Cuando ha venido y ha depositado su carga en el maletero, sin ocultar mi apresuramiento, he arrancado el coche… echando una última mirada al triste cuadro. La madre y sus dos pequeños seguían sentados en medio de la escena, como protagonista sin saberlo, de una tragedia… Su presencia ha puesto la hiel en mi alma…
¿Qué habrá sido de los tres durante el resto de la jornada?
¡Oh, Dios mío! Cuida de esa triste madre y sus dos pequeños malheridos ya desde su tierna infancia…
Buenas noches Dios Madre…

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