COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Domingo de Resurrección

Alcanzados por la resurrección

Me pongo a escribir esta reflexión después de haber despedido a casi dos centenares de jóvenes alumnos o exalumnos de los colegios de los HH. Maristas de la Provincia Mediterránea. Desde el miércoles a la noche reflexionando, compartiendo y celebrando bajo el lema de “A tres pasos de la Vida”. Ocho grupos, muchas nuevas incorporaciones, a partir de los 14 años. Siete grupos desde los 18 años… la mayoría veinteañeros. Dos dinámicas separadas, tanto para la reflexión como para la oración. Las celebraciones litúrgicas conjuntas.

El amor-servicio del jueves santo les ayudó, y nos ayudó, a tomar conciencia de que tenemos que ser la “Iglesia del delantal”, la única prenda litúrgica que conocemos que se usara Jesús. Era emocionante ver a aquellos jóvenes “manos a los pies”, no de cualquier manera, con respeto y cariño, en silencio o cantando, pero en clima de oración. Ver a aquellos jóvenes a la espera, dispuestos a agacharse para lavar los pies a los que lo necesitaran… Imagen de la Iglesia, que espera que no haya personas que necesiten que se les tenga que lavar los pies, pero si el caso se diera, allí está, dispuesta a seguir el ejemplo de su Señor y Maestro. Dos horas de celebración. Sin prisa. Recreándonos, dándonos tiempo para ser recreados por Aquel que nos amó primero y nos ama siempre.

Getsemaní es tiempo para contemplar a Jesús y para contemplarnos a nosotros: somnolencias y traiciones. Jesús haciendo la apuesta definitiva por hacer la voluntad del Padre. Nosotros mirando para otro lado. Es demasiado lo que está dispuesto a dar, aunque sea un camino que conduce a la Vida, aunque el amor-servicio lo experimentemos como camino de felicidad.

Viernes, tiempo para el silencio, experiencia prolongada de desierto… en el bullicio de la playa. Reflexión sobre “el ayuno que Dios quiere”. Evangelización de los sentidos, puestos al servicio de la justicia: ¡son tantas las víctimas inocentes! Tiempo para acompañar a Jesús camino a la cruz. Afloran nuestros miedos y temores. ¡Son tantos! Lo pudimos comprobar y nos llamó la atención a los catequistas. Cómo conocía Jesús la condición humana cuando repetía una y otra vez: “¡No temáis!”. El miedo paraliza. El miedo nos hace entrar en dinámica de muerte, aunque nuestro corazón siga latiendo. Jesús vence el miedo abandonándose confiadamente en la voluntad del Padre. Aquel al que tantas veces ha dirigido su plegaria para poder liberar al prójimo, no le abandonará, porque no puede negarse a sí mismo. Nosotros lo único que podemos hacer es adorar su cruz. Sintiéndonos tantas veces crucificados. Sintiendo el dolor de todos los crucificados de la Historia, algunos que tienen que ver con nuestra historia.

Sábado, día para ir caminando hacia la Luz. Parece que el viernes de las “siete palabras” nos dejó mudos. Como a Dios. ¿Por qué calla? ¿Por qué guarda tantas veces silencio? ¿Dónde está Dios cuando más le necesito, cuando más le necesitamos? ¿Es que no ve la realidad de nuestro mundo? ¿Es que no escucha mi oración? ¿Es que se ha ausentado de la vida de nuestro grupo-comunidad? ¿No se hace así hueca su Palabra? ¿Cómo creer en su presencia en el pan y el vino de esas celebraciones que tantas veces se me hacen tan pesadas? ¿De verdad que tiene algo que decir en el modo en que debo orientar mi vida?…

Muchas preguntas humanas. Parece que ninguna respuesta divina. La puesta en común se torna necesariamente breve. Improvisamos una dinámica: escuchar el testimonio de aquellas personas que han caminado más por la vida, la relectura que hacen de la experiencia acumulada. Lo de Dios casi siempre se ve mejor a posteriori. Unanimidad: Dios es quien sostiene la existencia. No es una afirmación teológica, aunque también, es la experiencia largamente contrastada y constatada: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta”.

domingo de resurrecciónLlega la gran noche. Hay que disponerse como para los grandes acontecimientos. Cada grupo prepara con mimo su parte de la celebración. Es así como vamos aprendiendo el significado de la liturgia de la Iglesia. Es así como vamos adecuando la liturgia, celebración de la fe, para que sea celebración de la vida de los creyentes. De toda la vida. De toda. Y de lo que somos… o queremos ser: seguidoras y seguidores de Jesús.

Más de tres horas de celebración. ¿Más de tres horas? Sí, casi cuatro. ¡Qué aburrido! No, ¡qué gozada! ¿Eso dicen los jóvenes? Sí. Algunos quieren que continúe la fiesta, y lo consiguen… hasta el amanecer celebrando que Jesús ha resucitado. Celebrando la vida. La que ya se nos ha regalado, como don que debemos cuidar y agradecer y como tarea con la que nos tenemos que comprometer. Dios no guarda silencio. Se quedó mudo, horrorizado con lo que habíamos hecho con Jesús (horror tantas veces repetido a lo largo de la Historia). Pero recuperó la Palabra. Una fue suficiente: ¡¡VIVE!! El eco de aquella Palabra se mantiene por toda la eternidad. Por eso, también nosotros hemos sido alcanzados por la resurrección. Es lo que debemos anunciar. Es con lo que nos tenemos de comprometer. A no olvidar: alcanzados por la resurrección.

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