Oraciones al caer de la tarde

CENTRO CHAPPOULIE

Señor, esta mañana, muy temprano, me han despertado los pájaros. Poco a poco, me han devuelto a la vida real. Es una delicia el comenzar así la jornada. Te agradezco de todo corazón este privilegio…
He dejado la enorme cama y he descorrido la cortina…
En frente de mí, la Laguna que abraza ampliamente la concesión en la que vivo, de prestado, estos días…
En un rincón, bajo unos cocoteros, dos o tres jóvenes pescadores, ya habían arrastrado la red con sus piraguas y procedían a la selección de su matinal captura…
Unos enormes pájaros blancos —no sé si se dan las gaviotas por esta zona o si eran albatros o qué sé yo que otro tipo de aves — molestaban con su obstinado revoloteo y sus tenaces gritos, a los pescadores…
En medio, en la orilla opuesta a mi habitación, un poblado. Escondido en un pequeño bosque de palmeras. Se veía la torre prismática de la iglesia y gente que se afanaba a la orilla del pequeño lago…
Muy cerca de mí, los troncos retorcidos de varias palmeras cargadas de su ovalado fruto, se aúpan hacia el ya azul cielo…
¡Oh, Dios y Amo de la naturaleza, qué paisaje, qué regalo matutino para mi somnolienta mirada! Gracias, Señor…
La jornada ha transcurrido alegremente. Estoy rodeado de chicas y chicas de casi veinte nacionalidades y de alguna lengua más…
Semana de formación. Todos y todas, futuros religiosos y religiosas. A veces digo que el ambiente “monjil” no me agrada. ¿Por qué? Pues… a decir la verdad, no lo sé… Es una sensación. Quizás sea el exceso de religiosidad que me recuerda años muy lejanos ya y, que de alguna manera me hicieron sufrir… ¿Sufrir? No lo sé… no lo sé…
Esta noche —hace ya horas que el sol encendido se ha ocultado tras el palmeral— te agradezco la presencia juvenil de estos chicos… En realidad, confieso que me ayudan a revivir mi mocedad. Yo… ¡tan nostálgico! Me traen al recuerdo los años en que me debatía ante la encrucijada. Varios caminos se abrían delante de mí. Tenía que escoger mi sendero, aquel que Tú me habías destinado, a través de las circunstancias que modelaron mi infancia, mi adolescencia, mi primera juventud… Por fin, tomé el de la izquierda… Era el más abrupto y escarpado…
Lo sabía pero me encontraba pletórico de fuerzas y de ilusión. Los años pasaron. Me fui enfriando, las piernas se me entumecían… El ardor se entibiaba con las dificultades, con las dudas, con el preguntarme, cada vez más frecuentemente, si no me habría equivocado de pista…
No obstante, quedaba en mi interior, junto a mi corazón, un rescoldo que Tú (ahora lo sé) habías encendido. La lumbre de mi alma nunca se llegó a extinguir… aunque la llama sí desaparecía por temporadas…
Y llegó la madurez… Y me siento alegre, satisfecho, de nuevo ilusionado. Estoy lleno de vida. Mis entrañas cordiales están pictóricas de ansia de dar vida… No siento la aparente esterilidad…
En alguna medida, la presencia de estos muchachos y muchachas, me rejuvenecen.
Te agradezco, Señor de mi Camino, estas personas ya mayores que guían a los jóvenes con toda su ilusión. Monjas y curas que deben hacer, de cuando en cuando, un esfuerzo para comprender gestos, actitudes, maneras que “no existían” en su tiempo… A veces deben sorber y guardar en su alma convicciones y no dejarlas aflorar de sus escondrijos. Y se ríen con la risa de estos jóvenes, y
asimilan maneras de conducirse, de obrar, de hablar, de pensar, de vivir en suma, que hace 25 ó 30 años —los años de su formación— eran tabúes.
Y te agradezco, Señor, el nuevo ímpetu, la nueva savia que otorgas a tu Pueblo… En estas decenas de chicos y muchachas generosos, ardientes, está el porvenir cercano de tu Iglesia…
Haz que sean verdaderos hijos e hijas de la sociedad africana, de su Tiempo, de su futuro… ya presente.
Te agradezco la Laguna Ebrié, los enormes árboles fromagers, los retorcidos cocoteros, los peces que aparecen saltarines sobre la superficie del agua y dejan decenas de círculos concéntricos cuando de nuevo se sumergen…
Te agradezco los pajarracos negros que gritan desaforadamente y los azores majestuosos que otean la tierra desde su alto cielo, y el pájaro azul y negro, una maravilla de la fauna africana, que he visto desde la sala de aseo posado en un paste de la ropa (en un tendero), y las aves blancas, zancudas, siempre hambrientas, del lago…
Te agradezco el azul terso del cielo y las nubes amenazadoras de tormenta y el viento que hace gemir las cabezas de las palmeras emplumadas.
Te pido, en este final del día, por los niños pequeños que me han saludado con su delicioso “bonjour, tonton”, y por los habitantes del poblado vecino, y por los jóvenes pescadores y por los mozalbetes que han jugado en el agua casi toda la jornada…
Y te pido por los casi cincuenta jóvenes que comparten conmigo la vida en este acogedor (aunque maloliente, a veces) Centro Chappoulie…
Que su camino sea claro, despejado a pesar de las quebraduras, a pesar de las cotas demasiado pendientes. Que luzca siempre en sus almas tu Luz guiadora. Que sean generosos para olvidar otros posibles senderos más llanos, más rectilíneos, más cómodos, más seguros… pero nunca tan interesantes y comprometidos.
¡Buenas noches, Señor…!

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Una respuesta a Oraciones al caer de la tarde

  1. LILIANA NOEMI SCHEFFER dijo:

    DIOS TOPODEROSO NO NOS ABANDONES!!ESCUCHA NUESTRAS SUPLICAS!!

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