COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Segundo Domingo de Adviento

Adviento, Juan Bautista, decrecimiento…Ven, Señor Jesús

“Consolad, consolad a mi pueblo -dice vuestro Dios-”. Estas palabras del profeta Isaías están dichas en un momento en el que el pueblo de Israel pasaba por una crisis importante en su identidad como pueblo elegido por Dios. La experiencia del destierro pone en crisis la fidelidad del Dios de la Alianza. El profeta tiene que gritar que Dios no olvida su promesa de fidelidad incondicional. Es el pueblo el que no tiene que olvidarse de Dios, como tantas veces los hace. El profeta les proclama que el Dios que les sacó de la esclavitud de Egipto va a venir en persona a liberarles de nuevo. Dios va a venir, pero el pueblo tiene que prepararle el camino.
“Consolad, consolad a mi pueblo -dice vuestro Dios-”. Estas palabras del profeta Isaías están dichas para nosotros hoy. Nosotros somos el Pueblo de Dios al que se dirigen estas palabras. Se nos dirigen en medio de esta crisis que estamos atravesando, que es más que económica y financiera, aunque sea lo que visibilizan casi con exclusividad los medios de comunicación. También hoy, como en tiempos del profeta Isaías, vivimos una profunda crisis religiosa. Dios no se olvida de la Humanidad ni del sueño que tiene sobre ella desde el momento de la creación. Es la Humanidad la que se olvida del Dios y se empeña en organizarse al margen de él.
Hoy, aunque parezcamos Juanes Bautistas predicando en el desierto, estamos invitados a llevar un mensaje de consuelo y esperanza a nuestro mundo: Dios en persona ha venido a nosotros.
Segundo domingo de advientoEl adviento es el tiempo de preparación para recordar y actualizar que Dios nos ha visitado en Jesucristo. Nos ha visitado y se ha quedado con nosotros. Se ha quedado con nosotros y está empeñado en que abramos caminos y allanemos senderos para que puedan acontecer “los cielos nuevos y la tierra nueva en que habite la justicia”, que se nos anuncia en la segunda carta de san Pedro.
Frente a los anuncios de neón y tantas luces de colores como adornan nuestras calles,
recordándonos que se acerca la navidad del consumo, Juan Bautista, con su estilo de vida, se erige en uno de los modelos posibles y alternativos para preparar el camino al Señor.
Abramos un paréntesis para citar el mensaje con sabor evangélico de Mons. Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger, que se podía leer hoy en una red social: “Apaguen las luces: No guardo memoria de acontecimientos significativos en el año que termina. Lo único que veo cuando vuelvo atrás la mirada es la muerte de 15 emigrantes en la playa del Tarajal, frontera de Ceuta. Ese acontecimiento ocupa en la memoria todo el año, porque los muertos siguen muertos, porque los vivos siguen sin asumir la responsabilidad de aquellas muertes, porque los emigrantes siguen sufriendo y muriendo, porque los Gobiernos siguen ignorando las llamadas de la justicia, de la humanidad, del sentido común, a afrontar este problema. Por justicia, por humanidad, por sentido común, apaguen las luces de la Navidad. Encendidas, son un escarnio. Apagadas, pueden ser una poderosa llamada de atención: ¡Apaguen las luces! El niño ha muerto en el Estrecho”. Cerramos paréntesis.
El estilo de vida de Juan Bautista, “vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre”, recuerda a esos colectivos humanos, algunos de ellos sin ninguna vinculación religiosa, que nos hablan y han optado por el “decrecimiento”.
El decrecimiento, ¿qué es eso? Es un movimiento muy pertinente hoy, en tiempos de crisis
económica y de crisis global. A grandes rasgos se puede decir que es una corriente de pensamiento político, económico y social (de pensamiento y de praxis, personal y comunitaria), favorable a la disminución controlada de la producción económica con el objetivo de establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, entre los mismos seres humanos y del ser humano consigo mismo. Algo tendremos que cambiar en nuestros modos y ritmos de vida para que ésta, la vida, pueda ser más humana (es decir, más a imagen y semejanza de Dios).
Hoy los mensajes que se nos lanzan para salir de la crisis económica son la reducción de salarios y el aumento de la productividad. No frenar el consumo para que no se frene la economía. La economía es el primer objetivo (¿exclusivo?). La ecología, como cuidado de la casa común, también la propia, es la alternativa al primer objetivo.
Es evidente que nuestros niveles de consumo están actualmente por encima de la capacidad de regeneración natural del planeta. El bienestar personal y colectivo no puede estar en el consumir. Algo estamos haciendo mal cuando la felicidad la ponemos fuera de nosotros. O asumimos la simplicidad voluntaria de nuestra vida, el vivir con menos, o lo asumimos forzados por un planeta que ve agotados sus recursos.
Este mensaje del decrecimiento no es extraño a la concepción cristiana de la vida: le llamamos austeridad. Al equilibrio en el uso y disfrute de los bienes creados lo identificamos con la virtud de la templanza. Cuando la austeridad y la templanza nos ponen mirando al prójimo puede llegar a convertirse en solidaridad.
Sería una buena alternativa, también para Navidad: consumir menos, para que otras personas puedan consumir lo necesario, como nos recordaba un lema de Cáritas hace pocos años. El decrecimiento es un camino cristiano, que puede ser compartido por todos los humanos, para allanar calzadas, levantar valles y abajar montes y colinas para salir de la crisis en que nos vemos inmersos… para preparar el camino al Señor y para que pueda llegar el Reino de Dios: liberación para los oprimidos y consuelo para todos.
Adviento, Juan Bautista, decrecimiento… Ven, Señor Jesús.

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