COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Trigesimocuarto Domingo del Tiempo Ordinario (Cristo Rey)

Enterarnos del sufrimiento ajeno

Finalizamos el año litúrgico con la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Hay que
reconocer que el título suena muy fuerte para el que fue conocido como el hijo del
carpintero de Nazaret.
Durante todo el año, guiados por el evangelio de San Mateo, hemos tratado de adentrarnos
más no sólo en la humanidad de Jesús, sino también en la comprensión del misterio de
Cristo. Le hemos seguido atentamente por los caminos de Palestina, como nos gustaría
poder hacerlo en el camino de nuestra vida. Hemos escuchado sus palabras, y hemos tratado de hacer vida su Palabra. Hemos contemplado sus obras, que se convertían en buena noticia, liberación de todas las esclavitudes, y hemos tratado de obrar siguiendo su ejemplo.
Ahora, al finalizar esta andadura, humildemente, uniendo nuestra voz y nuestro corazón al
de toda la Iglesia, le confesamos como Señor de la historia, Salvador del género humano,
Rey de todo lo creado.
Es mucho título, más cuando lo confrontamos con la realidad: ¿en verdad podemos decir
todo eso de Jesús, el Cristo? ¿Acaso no son las bolsas internacionales, las agencias de
calificación, los lobbys financieros, las grandes multinacionales, de manera especial las que controlan el mundo de la comunicación, las verdaderas señoras de la historia?
Aparentemente, sí. Por lo menos parecemos vasallos que les rendimos pleitesía.
El reinado-señorío de Jesús va por otros derroteros, a la luz del evangelio que se nos
propone al terminar este año litúrgico: el juicio al final de la historia. Da lo mismo que se
trate del final de la historia personal o del final de la historia en términos cósmicos. Lo primero que llama la atención es que no se trata de un rey que se ponga a sí mismo en el centro de la escena. Al contrario, el centro de todo va a ser la persona, de manera especial a la que está en necesidad. El juicio no versa tanto sobre lo que hemos hecho con o para Dios, sino sobre lo que hemos hecho con o para el prójimo. Éste es el criterio de discernimiento y verificación de haber sido de los seguidores de Jesús: en el atardecer de la vida nos examinarán del amor.
d34to-a JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSONo se nos va a preguntar si hemos hecho grandes discursos sobre el amor, si hemos sido capaces de distinguir los diferentes tipos de amor humano, si sabemos diferenciarlo del cristiano… La pregunta va a ser más sencilla: si hemos amado en concreto, con opciones hechas historia.
El evangelio describe la situación de algunas personas en necesidad: hambrientas, sedientas, extranjeras, enfermas, encarceladas. Todas esas situaciones son muy actuales.
Hambre y sed representan las necesidades básicas que siguen sin tener cubiertas una parte
importante de la Humanidad y que cada vez es más frecuente que se dé entre nosotros. Ser
extranjero, estar enfermo o privado de libertad son situaciones que no se resuelven con la
aportación material, sino que reclaman una actitud de acogida y acompañamiento. Lo más importante no es la lista. En ella no están todas las necesidades de tiempo de Jesús ni tampoco del nuestro. No son más que unos ejemplos para indiciarnos que ante el prójimo en necesidad podemos tener diferentes actitudes: la solidaridad o la indiferencia, que en ocasiones va acompañada de grandes discursos para justificarla. Podemos poner ejemplos
que utilizamos cada día. Nos justificamos diciendo que son tantas las necesidades, que ni
siquiera hacemos aquello que está al alcance de nuestra mano, porque nos parece que con
eso no se soluciona nada (¡y claro que se soluciona!, si no que se lo pregunten a la persona
destinataria de nuestra ayuda). Nos justificamos diciendo que primero son los nuestros, ya
que no hay para todos, y dejamos en manos de los políticos que decidan quiénes son los
nuestros y quiénes no, como si para el evangelio sirvieran esas disquisiciones. Nos
justificamos diciendo que ya hemos organizado servicios sociales, organizaciones
caritativas laicas o eclesiales,…Lo dejamos en sus manos. Nosotros ya damos nuestra
aportación, ahora que se arreglen ellos y con ellos. A mí que me dejen en paz.
Lo organizamos todo muy bien, sistematizamos el proceso de la solidaridad-caridad (con
horarios, control de ayudas, vales de comida o autobús,…). Todo ello muy bien y necesario.
Pero todo puede ser muy aséptico: que se arreglen ellos con ellos. A mí que me dejen en
paz.
No parece que es el camino por el que opta la gente más sensible a lo evangélico, la gente
que lee el evangelio “sin glosas”, que diría el poverello de Asís: saben estar y hacerse
cercanas a las personas que están en necesidad, sea quien sea la persona, sea cual sea la
necesidad. Tal vez es lo que más necesitan las personas hoy: sabernos cercanos. No está mal recordar las palabras de san Juan Pablo II: “En efecto, son muchas en nuestro tiempo las necesidades que interpelan a la sensibilidad cristiana. Es la hora de una nueva imaginación de la caridad, que se despliegue no sólo en la eficacia de las ayudas prestadas, sino también en la capacidad de hacernos cercanos y solidarios con el que sufre”. Es la manera de enterarnos del sufrimiento ajeno… y del paso de Dios por nuestras vidas.

 

Galería | Esta entrada fue publicada en Anjelmaria Ipiña, Comentario a la Palabra dominical, Comunidad Viatoriana. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s