COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Trigesimotercer Domingo del Tiempo Ordinario

No enterrar el don que somos

Estamos casi al final del año litúrgico: el próximo domingo celebraremos la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, y daremos por finalizado lo que llamamos el “ciclo A”. De la mano del evangelista Mateo hemos seguido los grandes momentos de la vida de Jesús, para hacer nuestro su estilo de vida, su relación con Dios y su relación con el prójimo.

Al finalizar el año está bien que hagamos evaluación. El evangelio del próximo domingo nos dará algunas claves en relación con el prójimo que nos ayuden a verificar nuestra puesta en práctica de los aprendizajes evangélicos que hemos hecho a lo largo del año. El evangelio que proclamamos hoy nos confronta con nosotros mismos: ¿qué hacemos con los dones que recibimos?

Malo sería que se nos ocurriera hacer una lectura economicista del texto, diciendo, por ejemplo, que a Dios le interesa la producción, y cuanto más mejor. No parece que la cosa vaya tanto por la cantidad como por la calidad de nuestra actitud en la vida. Además, hoy ponemos en sospecha las ganancias abundantes y rápidas. La experiencia nos dice que es muy probable que sean fruto de la opresión, tantas empresas que han florecido vertiginosamente gracias a estar radicadas en países en los que no se aseguran unas condiciones laborales mínimamente dignas, o que son fruto de la corrupción en todas sus formas. No nos referimos a los ahorros y bienes adquiridos con el esfuerzo de varias generaciones.

No estamos obsesionado con el tema económico y su repercusión social, ni siquiera con la corrupción que nos indigna y cansa, pero en esto es tan sonoro el silencio de otras instancias y voces de Iglesia más autorizadas, que no podemos menos que aprovechar toda oportunidad para denunciarlo, como acto de corresponsabilidad con la Iglesia que somos y de la que formamos parte..

Desechamos la visión economicista, al tercer empleado no se le exigía más que los intereses normales que hubiesen producido los bienes recibidos, los 30 k. de plata, que es a lo que equivalía un talento. Pensemos en los “talentos” y en los “dones”, tal y como los entendemos en la vida ordinaria. Desechamos el aspecto de la cantidad, hay que poner el acento en la calidad.

¿Cómo vivo la existencia? No es lo mismo pensar que no debo nada a nadie, que todo es fruto de mi esfuerzo, a pensar que lo que soy también se lo debo a los demás y a Dios. Vivir con esa conciencia nos vacuna contra la tentación de creernos dueños absolutos de algo, incluso de la propia vida. No es lo mismo vivir la vida como conquista personal, y que surja el miedo a perder lo adquirido, que como algo recibido, que tengo que agradecer.

¿Vivo la existencia desde el agradecimiento o desde el miedo, como el tercer empleado de la parábola? Vivir desde el miedo siempre paraliza. Vivir desde el agradecimiento moviliza para responder a la confianza que se deposita en mí.

Los bienes que recibimos de Dios los podemos percibir en nosotros mismos: la misma vida, la salud, la inteligencia, las habilidades personales, la bondad, la libertad,… hasta los mismos bienes materiales. ¡Cómo no, el don de la fe! También los podemos percibir en las relaciones que vamos tejiendo a lo largo de la vida: el esposo o la esposa, los hijos, los amigos, los hermanos de comunidad, los compañeros de trabajo,… toda una red de relaciones que podemos vivirlos como don y bien que recibimos de Dios. Incluso cuando hemos puesto lo mejor de nosotros en alcanzarlos, sabemos que el logro último se nos escapa y no nos pertenece. Todo eso va configurando mi vida, ¿qué hago con ella?

¿Cómo hacer fructificar los dones-talentos que recibimos? En primer lugar, cuidándolos, lo cual no quiere decir, guardarlos para nosotros solos o enterrarlos como hace el tercer empleado de la parábola. Al contrario, el camino es compartirlos, visibilizarlos. Es nuestra vida la que se convierte en evangélica y la que va dando fruto, en ocasiones más de lo que creemos. Intentar vivir desde el Evangelio, aunque nos quedemos a medio camino. Eso sí, huyendo de la “ética de mínimos” que se está instalando entre nosotros, la del “no hago mal a nadie”. No es suficiente. Hay que hacer el bien. No caer en el “cansancio de los buenos”, de los que hablaba el beato Pablo VI.

Los talentos los tenemos que hacer fructificar en nuestro mundo. Hoy se celebra el “Día internacional de la tolerancia”. Podemos pensar que la tolerancia se identifica con que “cada uno haga lo que le dé la gana”. Sabemos adónde nos lleva ese planteamiento a la larga, a la “tolerancia cero”. Hoy tenemos que pensar en cuáles son los colectivos que sufren intolerancia en nuestro mundo.

33º-domingo-del-tiempo-ordinarioVuelvo a repetir algo que decía el domingo pasado. ¡Ojalá no hiciera falta recordarlo! Cientos de millones de cristianas y cristianos quisieran poder vivir y celebrar su fe. No pueden. En muchos países los cristianos son perseguidos por el hecho de serlo. Es el grupo humano más perseguido en el siglo XXI. ¿Cuántos colectivos de defensa de los Derechos Humanos recordarán a las personas que están condenadas a muerte por no renunciar a su fe? ¿Cuántos cristianos los tendremos presentes hoy?

Si venimos a nuestro entorno más cercano, la llamada “civilización occidental”, nos ocurre algo parecido. ¿Tolerancia? Sí, menos con lo religioso. Lo vemos con frecuencia: amparándose en que vivimos en sociedades laicas algunas personas entienden que es lícito arremeter sin compasión contra los sentimientos religiosos de una parte de la población, da lo mismo que sea mayoritaria o minoritaria, porque los derechos no se basan en la estadística. Ejemplos los tenemos todos los días.

Los talentos los tenemos que hacer fructificar en nuestra Iglesia. Buen día para recordarlo, hoy que celebramos el día de la Iglesia diocesana: “Comparte tu parte. Colabora con tu parroquia”. De nuevo, el planteamiento no puede ser primariamente economicista, la aportación económica. Nuestra mejor aportación siempre suele ser el recurso humano que somos cada uno de nosotros. ¿Qué puedo hacer yo? Mucho. En ocasiones algo tan sencillo como apoyar con nuestra presencia aquello que se organiza en la parroquia o diócesis: retiros, conferencias, grupos para compartir la fe,… Si mi colaboración puede ser más activa, tanto mejor. Cada uno tiene que ver qué puede aportar.

Si se pueda resumir en una frase el mensaje del evangelio de hoy: no enterrar el don que somos.

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