COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario

Traje de fiesta… ¿quién es el sastre?

El relato evangélico que se proclama el domingo 28 del tiempo ordinario, al igual que el que se proclamaba el domingo pasado, deja mal cuerpo: demasiada muerte y demasiada violencia. Menos que en la vida real, cierto. Pero demasiada para que el evangelio pueda ser Buena Noticia.
Se puede suavizar diciendo que este evangelio, el de Mateo, está escrito para el pueblo elegido y para los creyentes de toda la vida, y que era el lenguaje que había que usar para que se enteraran de algo. Si vamos al texto paralelo en Lucas, Marcos no lo tiene, es mucho más suave. Hay insistencia e indignación por parte del padre, ya no es un rey, como en Mateo, pero no hay derramamiento de sangre. Lucas es el evangelista del padre misericordioso, de la oveja perdida, del buen samaritano, etc. A sus destinatarios les tiene que quedar claro cómo es Dios: Padre bueno que acoge a todos, también a los gentiles.
Mateo, como nos recordaba nuestro Superior general el domingo pasado, escribía para judíos y les tenía que recordar cuál había sido su historia en relación con Dios. El texto de Mateo pone el acento más en el pueblo elegido, y en sus reacciones, que en Dios mismo. Los destinatarios de Mateo entendían bien la parábola que les contó Jesús sobre dueño de la viña: Dios había enviado a los profetas y los habían apaleado, apedreado y matado; lo mismo hicieron con el heredero, con Jesús.
Lo que se anunciaba y esperaba en el Antiguo Testamento se cumplió en la Nueva Alianza, pero muchos no se enteraron. “Un festín de manjares suculentos y de vino de solera” era la señal de la presencia de Dios en medio de su pueblo, tal y como hemos escuchado por boca del profeta Isaías. Eso lo sabían los judíos. Lo habían escuchado muchas veces en la sinagoga. El banquete era el signo de salvación. Llega Jesús, el hombre de la comensalidad por excelencia, y lo que reconocen en él es a un “comilón y borracho”: todo un piropo cristológico.
28º octavo domingo del tiempo ordinarioLo que se anunciaba y esperaba en el Antiguo Testamento se cumplió en la Nueva Alianza, pero muchos no se enteraron. ¿No se enteraron o no nos enteramos? Porque parece que la historia se repite.
Este evangelio está escrito para nosotros, cristianos de toda la vida.
Los cristianos, al igual que en la parábola evangélica, somos invitados al banquete por la boda del hijo del rey. Cada uno de nosotros deberíamos preguntarnos cómo respondemos a la invitación y cuál es nuestra actitud si es que decidimos acudir al banquete, a la Eucaristía.
He dicho “eucaristía” y podemos pensar que se trata de una celebración meramente cultual. Algo que realizamos semanalmente para recordar la muerte y la resurrección de Jesús. Eso es cierto, muy cierto. Eso es importante, muy importante. Pero es insuficiente, si a esta celebración cultual no traemos todo lo que nos depara la existencia.
El momento culminante de la celebración de la eucaristía es el rito de comunión, pero va precedido por otros momentos muy importantes en los que simbólicamente se va desgranando nuestra vida ordinaria, con sus fortalezas y debilidades:
 frente a tanta agresividad y dureza ambiental, la necesidad de acogernos a la misericordia de Dios;
 en medio de tantas noticias de destrucción y muerte, volver a escuchar una y otra vez la Palabra de vida;
 ante la tentación de escapismo, el ofrecernos desde nuestra fragilidad para encarnar la propuesta de Jesús;
 entre la admiración y la adoración, recordar la vida de Jesús, obediencia al Padre hasta la muerte, porque es así como se abre la puerta de entrada en la vida definitiva;
 el individualismo llama con insistencia a nuestra puerta y, sin embargo, queremos sentirnos Iglesia junto a todos los que peregrinamos en la vida y junto a los que nos han precedido en el camino de la fe;
 sabemos que no nos evadimos de la realidad, porque la fraternidad y el deseo de la paz es presupuesto para la comunión con Dios;
 desde el don que recibimos, Dios mismo que nos invita a su mesa, surge la acción de gracias, también eucaristía, que nos vuelve a enviar a la vida, para que sigamos construyendo entre todos la mesa del reino, en el que quepamos todos.
Seguro que tendríamos que cambiar algunas cosas en la celebración para que ésta significara mejor el banquete de la celebración de la filiación, de la fraternidad y de la amistad. Aún así y todo, ¿cuál es nuestra actitud interna en la celebración cultual? Y en la vida ordinaria, ¿cuál es nuestra actitud? ¿Cuál es el traje que nos ponemos para asistir a celebración de la comunidad creyente y para asistir a la celebración de la vida?
Este evangelio está escrito para nuestra sociedad, que solemos decir que tiene hondas raíces cristianas. Parece que organizamos la vida al margen de Dios. Nos incomodan sus invitaciones. Hemos estado entretenidos atendiendo nuestros campos, organizando nuestros negocios. La bonanza económica nos ayudó a instalarnos en una cierta seguridad en nosotros mismos y en nuestras capacidades, a vivir en una actitud de confianza autosuficiente. Ahora parece que los campos se están agostando, los bueyes envejeciendo y los negocios fracasando.
¿Aprovecharemos esta oportunidad para organizar nuestra vida personal, la convivencia social, las relaciones económicas de otro modo? ¡Como Dios manda! ¿Dejaremos espacio y tiempo para escuchar la invitación a volver a nosotros mismos, para contemplar al prójimo, para escuchar los gritos de tantos hombres y mujeres que quieren participar de un banquete en el que somos meros invitados, aunque nos comportemos como si fuésemos sus dueños y anfitriones?
Nos dice el evangelio que si nos negamos a acudir al banquete bodas, éste no se suspenderá; otros serán los invitados. Sólo una condición se pone: asistir con traje de fiesta, es decir, con capacidad para agradecer el don que se nos ofrece gratuitamente, por pura misericordia de Dios. Si supiésemos reconocer ese don y ello nos llevara a vestir habitualmente el traje de la fiesta y de la alegría. Y nos preguntarían por el traje y, sobre todo, por el sastre.

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