COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimotercer Domingo del Tiempo Ordinario

La corrección fraterna es preocuparse por el hermano

Para los que estamos en el hemisferio norte y hemos vinculado septiembre al comienzo de las actividades laborales y pastorales, el evangelio que hemos escuchado nos viene como anillo al dedo. ¿Por qué? Porque el mensaje de fondo es el de la construcción de la comunidad, contando con la presencia de Jesús resucitado en medio de ella, en medio de nosotros.

El mensaje del evangelio está dicho para el interior de la comunidad cristiana. Pero ésta, a su vez, tiene que acoger y anunciar el Reino de Dios, es decir, colaborar en la construcción de la comunidad humana según el estilo querido por Jesús. Reto pastoral para toda la vida.

Se suele decir que vivimos en una sociedad cada vez más individualista: cada uno hace lo que quiere, o lo que puede. ¡Y que nadie se meta!. La sabiduría popular lo ha ido fraguando en modo de sentencias: “sálvese quien pueda”, “cada uno en su casa y Dios en la de todos”. De fondo hay una actitud: respetar los modos de vida de los demás para que los demás respeten el mío. No negamos las bondades de poder vivir en una sociedad abierta y plural, ya que posibilita la libertad, pero alertamos de un peligro:centrarnos en nosotros mismos e ignorar al prójimo, próximo o lejano.

El evangelio nos invita a ponernos a mirar al otro, no para juzgarle, menos aún desde la prepotencia del que se cree perfecto. En esto nos viene bien recordar aquel pasaje del evangelio que nos habla de ver la paja en el ojo ajeno e ignorar la viga en el propio.

Cuando en el evangelio se nos habla de la corrección fraterna, se nos habla de la preocupación por el hermano. El otro me importa. No me deja indiferente lo que haga o cómo viva. No me deja indiferente si esos modos de vida le hacen daño a él o los demás.

23º domingo del tiempo ordinarioNos resulta mucho más cómodo el “dejar hacer, dejar pasar”. Yo no me meto con nadie y que nadie se meta conmigo. Esto nos ocurre en los diferentes ámbitos de la vida. En las comunidades religiosas, más en las masculinas que en las femeninas, funciona eso que hemos llamado “respeto humano”. No entrar mucho en la vida del otro, menos aún en los silencios del otro. En la vida familiar ocurre algo parecido, ya nos conocemos, ya sabemos cómo somos y cómo vamos a actuar, para qué insistir. Mejor dejar
pasar: “por la paz, un padrenuestro y un avemaría”. En el ámbito laboral, “quién soy yo para llamar la atención a nadie, que lo haga otro o su encargado o su coordinadora o…”. En el espacio escolar pasa lo mismo, sobre todo en la relación entre iguales.

Malo sería que detrás de este “dejar hacer, dejar pasar” se escondiera la irresponsabilidad o, lo que es peor, la despreocupación: “¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?”, que se pone en boca de Caín en el libro del Génesis.

No estamos hablando del chismorreo, que tantas veces es denunciado por el Papa Francisco. El chismorreo que mata la fama de la persona. Eso no es corrección fraterna.

Jesús nos invita a que la vida del hermano nos importe. Su suerte es también la mía, según nos lo ha recordado el profeta Ezequiel, que recibe la invitación del Señor para que corrija al malvado. Si eso debemos hacer con el malvado, ¡cuánto más habremos de hacer con aquel que consideramos hermana o hermano!

No es fácil el equilibrio del binomio “respeto hacia el otro-preocupación por él”; “libertad del prójimo-responsabilidad que tengo respecto a él”. No es fácil, pero hay que intentarlo, siguiendo la invitación de Jesús. En el evangelio se nos habla de “ganarse” al hermano, de recuperarlo para la comunidad. Lo más fácil, después de ignorarle con el “que haga lo que le dé la gana”, es dejarle que se vaya o bien echarle, excomulgarle. Eso es lo más rápido y parece que lo más eficaz. No perdamos tiempo.

Sin embargo, eso es lo que nos pide Jesús: tiempo… y paciencia. Y perseverar en el amor, porque como nos ha dicho san Pablo, “uno que ama a su prójimo no le hace daño”. Pascual Chávez, exrector mayor de los Salesianos, en un tuit decía, “practicar la corrección fraterna es un arte que requiere humildad, amor auténtico, sensibilidad humana y libertad interior”.

Yo formulo el siguiente proceso:

En primer lugar, tomar conciencia de la existencia del otro, hoy que corremos el riesgo de pasar unos junto a otros sin llegar a vernos ni reconocernos.

En segundo lugar, hacerme cargo de la realidad del otro. El evangelio habla de pecado, que es lo mismo que decir ruptura, de la persona con Dios, con la comunidad -eclesial o social- o consigo misma. También las rupturas internas, esas que en ocasiones percibimos en el otro nos deberían preocupar (digo preocupar, no molestar).

En tercer lugar, el paso más complicado, establecer el diálogo. Es decir, exponerme frente al otro. El miedo mayor no suele ser tanto confrontarle al otro como superar eso de, “pero quién soy yo para decirle nada a nadie”. Superar esto… y también el miedo al rechazo, con el cual parece que quedamos en evidencia.

En cuarto lugar, tratar de objetivar, con otros miembros de la comunidad, para que no sea un enfrentamiento entre manías personales o dos modos legítimos de posicionarse en la vida. Que no sea una confrontación ideológica, sino un querer hacer verdad sobre el camino que nos acerca más, al hermano y a mí, al Evangelio.

En quinto lugar, a pesar de todo, asumir que el otro, para bien o para mal, hace uso de su libertad. Sabiendo que el último juicio le pertenece a Dios: “el que esté libre de pecado, que eche la primera piedra”.

Este procedimiento, que vale para cualquier tipo de relación humana, es el que nos propone Jesús para las y los que queremos ser sus seguidores y para su comunidad, la Iglesia, sea en el nivel que sea. Ojalá seamos capaces de aplicarlo, también en esta comunidad litúrgica.

No es una tarea fácil, pero no estamos solos: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

La corrección fraterna es preocuparse por la hermana, por el hermano.

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