COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimosegundo Domingo del Tiempo Ordinario

La cruz de Jesús libera… y salva

22º domingo del tiempo ordinarioComo ya adelantábamos el domingo pasado, nos encontramos ante la segunda parte de lo que se ha venido a llamar “la crisis de Cesarea de Filipo”. Ya entonces decíamos que teníamos que esperar a este domingo para entender la hondura de la pregunta de Jesús. “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, porque no valía la respuesta grandilocuente de Pedro, “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, si el mismo Jesús no nos desvela lo que eso significa.

Decíamos que Jesús no tenía crisis de identidad, tampoco ponía en duda su misión y su modo de realizarla, pero si percibía que los demás no lo tenían tan claro.

Los dirigentes políticos y religiosos porque no encajaba dentro del orden establecido.

El pueblo llano, que no andaba tan descaminado, le identificaba con los grandes profetas: Juan Bautista, había muerto decapitado; Elías, había corrido mejor suerte, había “desaparecido”; Jeremías había muerto apedreado por el pueblo, según contaba una colección de obras de aquella época: “La vida de los profetas”. No andaban descaminados, si es que no hacían una lectura triunfalista del profetismo o se quedaban en el pasado, sin ver la propuesta de futuro que ofrecía Jesús.

Sus discípulos acertaron con el concepto: “el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. El concepto les había sido revelado por el Padre, como dijo el mismo Jesús, y había sido acogido por la comunidad de discípulos, representada en Pedro (“todos somos Pedro”, le pude leer a una amiga de las redes sociales). Acertaron con el concepto, no así con el contenido que le daba sentido.

El concepto respondía a las expectativas alimentadas durante muchas generaciones. Parecía que finalmente se cumplirían las promesas de Dios. Con Jesús era posible poner en marcha un movimiento de liberación, eran muchas las personas a las que les encandilaba su programa. A estas había que sumar las que se iban convenciendo al ver sus obras: las mujeres y los hombres que habían sido liberados de la opresión del mal en todas sus formas eran sus mejores propagandistas. El corazón humano podía ensanchar su horizonte hasta el mismo cielo.

Sin embargo, Jesús se empeña en hacerles pisar tierra: “empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Primer anuncio de la Pasión.

Pedro, todos somos Pedro, en nombre de los discípulos le quiere corregir a Jesús, al que ha confesado como Hijo de Dios vivo. Algo muy humano: ¡Son tantas las veces que le corregimos a Dios! Son tantas las veces que queremos hacer de Dios proyección de nuestros deseos y fantasías, que cuando éstas no se cumplen, ponemos en crisis a Dios y no nuestra imagen sobre él. Nos cuesta dejarle a Dios ser Dios.

Pedro, alabado por la exactitud del concepto utilizado, es desautorizado al no asumir el contenido que le corresponde: la piedra sobre la que se edificaba la Iglesia se convierte en piedra de tropiezo. La propuesta de Jesús acaba bien, el plan de Jesús acaba bien: en la resurrección. Pero Pedro solo escucha la primera parte: pasión y ejecución. Es normal. Es lo que estaban acostumbrados a contemplar sus ojos: crucificados. La resurrección no era parte de su experiencia vital; los crucificados, sí. Se podían ver en los caminos de Palestina. Era el signo por el cual el Imperio dejaba claro quién mandaba allí.

La cruz es el signo que están viendo en nuestros días tantas cristianas y tantos cristianos perseguidos por su fe en Irak. Los islamistas-yiyadistas quieren dejar claro quién manda allí. Cristianas y cristianos del siglo XXI, perseguidos y crucificados. Literalmente. Cumpliendo esa bienaventuranza que nos parece que está puesta en último lugar porque era sólo para los tiempos de Jesús y de las primeras comunidades cristianas en medio de las persecuciones de la Sinagoga judía y del Imperio romano: “Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”. Esta, como las demás bienaventuranzas, está dicha para las cristianas y los cristianos de todos los tiempos. Como lo saben muy bien las cristianas y cristianos del norte de Nigeria, que han sido asesinados a decenas por la milicia islamista Boko Haram, de triste recuerdo por mantener secuestradas más de 200 niñas, aunque ya nos acordemos de ellas.

Llaman la atención esas fotografías que se han visto en las redes sociales en las que se ve cómo, en los campos de refugiados a los que se han tenido que desplazar, los cristianos han puesto en las tiendas de campaña que les sirve de hogar, la “n” árabe -“ن” (nun)- de nazarenos o cristianos. Algunos pueden pensar que eso es provocar, cuando lo único que hacen es confesar su identidad, responder con la vida a la pregunta que hace Jesús: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. La identidad del cristiano está íntimamente vinculada a la de Jesús. Él es el Mesías, Hijo del Dios vivo. Nosotros sus seguidores, hijas e hijos en el Hijo. No sólo no provocan, sino que defienden su dignidad y, más allá del credo religioso, la libertad. Defienden su dignidad como cristianos. Defienden la libertad, como ciudadanas y ciudadanos libres, a favor de los Derechos Humanos y de la libertad religiosa.

Cada cristiano y cada cristiana, en nuestra circunstancia concreta, en nuestra Cesarea de Filipo particular, tenemos que prestar atención a las palabras de Jesús: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

¡Qué mal le hemos entendido a Jesús! Se nos ha acusado, ¿merecidamente?, de manera especial a los que hemos tenido la responsabilidad de predicar e instruir al pueblo cristiano, de atentar contra la dignidad humana, debilitando la autoestima, reforzando un negarse a sí mismo que ocasiones rayaba lo enfermizo y patológico. Se nos ha acusado, ¿merecidamente?, de ser un poco masoquistas, buscando el sufrimiento; negando aquello que nos gustaba, lo que produjera placer, incluso lo que fuera una experiencia gozosa (¡qué desastre!); haciendo aquello que no queríamos, pero como nos mortificaba; andando siempre a contracorriente de lo que estábamos llamados a ser, creyendo que así cumplíamos mejor eso de “negarse a sí mismo”. Curiosamente, la negación que parece pedirles Jesús es la de las ideas preconcebidas sobre el modo de hacer de Dios.

¡Qué mal le hemos entendido a Jesús! El seguimiento a Jesús, el cargar la cruz en pos del seguimiento de Jesús, es para personas libres o, por lo menos, que intuyen cuál es el camino de la libertad. El modelo no son las personas inhibidas, incapaces de autoafirmarse y decir no, por miedo a no responder a las expectativas que tienen los demás sobre ellas o respondiendo a unas normas morales o sociales sin sentido, pero que la ayudan a “negarse a sí mismo”. El modelo lo tenemos en las personas que han tomado la vida en sus manos y que saben qué quieren hacer con ella, a qué persona, a qué causa, a qué proyecto quieren entregarla. Estas personas viven la vida como entrega libre, van percibiendo que no entregan ni pierden nada, sino que, sorprendentemente, la van encontrando en cada opción que hacen por Jesús, su Evangelio y su proyecto del Reino. Estas personas van entendiendo qué es lo que quieren decir las palabras de Jesús: Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará”. Así, van descubriendo que la cruz de Jesús libera… y salva.

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