COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario

El sembrador, la tierra y la semilla

Los próximos domingos vamos a escuchar una serie de parábolas con las que Jesús
quiere hacernos entender en qué consiste acoger el Reino.
Esta serie de parábolas, a la que damos comienzo hoy, están relacionadas con el
ambiente en el que vivía Jesús: un ambiente rural, en el que la agricultura y todo lo
relacionado con ella, la siembra, el cuidado de la tierra, la paciencia para ver crecer la
semilla, la alegría de la cosecha,… era muy importante. Esta serie de parábolas se
cerrará haciendo referencia a otros dos oficios que eran conocidos: comerciantes y
pescadores. Pero para eso tendremos que esperar un par de semanas.
Hoy comenzamos con la que se ha conocido como “parábola del sembrador”. Cuando se
lee en la versión larga, porque la liturgia da la posibilidad de acortarla, se puede ahorrar
la homilía.
Es curioso, de vez en cuando se nos da la posibilidad de acortar el texto del evangelio
por razones pastorales. Es de imaginar que para que a los oyentes no se les haga muy
largo el relato y se despisten. De suyo no estaría mal el planteamiento, por lo menos
desde el punto de vista de la teoría de la comunicación, si es que no fuera porque a
continuación viene más palabra: la del presidente de la celebración. Cierto es que en el
entreacto ha habido un movimiento: de estar de pie a estar sentados.
Si siempre se hace curioso acortar la Palabra de Dios para escuchar la palabra humana
que la quiere interpretar, hoy es mucho más curioso, ya que la parte que se puede acortar
es precisamente aquella en la que Jesús explica qué es lo que quiere decir la parábola.
¿Hay alguna palabra humana que pueda sustituir “la homilía de Jesús”?.
Al comentar este texto se suele poner el acento en la tierra y en el sembrador.
De hecho, es el mismo Jesús el que parece vincular la interpretación a la mejor o peor
disposición para acoger la Palabra de Dios, que se traduce en entenderla y en dar frutos
según el Reino.
Hoy parece, más allá de que estemos en lo cierto o no, que hay dificultades para que la
Palabra de Jesús, el Evangelio, sea acogido por nuestros conciudadanos, por los hombres
y mujeres con los que compartimos la vida cada día: desde los miembros de la propia
familia, a los amigos, compañeros de trabajo,… incluso entre las personas bautizadas
(¿también entre las consagradas?), si atendemos a los análisis que hacen los expertos, y
que en su día advirtió el Papa emérito Benedicto XVI, anemia de la fe, le llamaba: el
fenómeno de la secularización es, dentro de la comunidad de los creyentes, algo tan
patente como preocupante.
Intuimos que la “tierra no está preparada”, que las personas no somos permeables al
mensaje del evangelio, porque vivimos epidérmicamente, superficialmente, desde los
comentarios del bar o mientras tomamos un café con los compañeros de trabajo, a golpe de titular periodístico, con capacidad máxima de procesar 141 caracteres, corriendo de
un lado para otro, comunicándonos a pitido de whatsapp,… sin tiempo para nada,
solemos decir. Para contrarrestar todo esto programamos actividades que nos ayuden a
conectar(nos) interiormente: relajaciones, visualizaciones, mandalas, talleres de
interioridad, grupos de yoga, meditación zen, sesiones de tai-chí,… Por supuesto que no
nos olvidamos de esas otras mediaciones de nuestra propia tradición religiosa: adoración
al Santísimo, meditación, oración en sus diferentes modalidades. Todo lo que haga falta
para preparar la tierra buena.
Otra interpretación pone el acento en el sembrador. El sembrador por excelencia es
Jesús. No se cansa de sembrar aquí y allá. Así nos lo propone José Antonio Pagola en el
comentario que hace al texto evangélico de esta semana: “… es importante prestar
atención al sembrador y a su modo de sembrar. Es lo primero que dice el relato: “Salió
el sembrador a sembrar”. Lo hace con una confianza sorprendente. Siembra de manera
abundante. La semilla cae y cae por todas partes, incluso donde parece difícil que la
semilla pueda germinar. Así lo hacían los campesinos de Galilea, que sembraban
incluso al borde de los caminos y en terrenos pedregosos. A la gente no le es difícil
identificar al sembrador. Así siembra Jesús su mensaje. Lo ven salir todas las mañanas
a anunciar la Buena Noticia de Dios. Siembra su Palabra entre la gente sencilla que lo
acoge, y también entre los escribas y fariseos que lo rechazan. Nunca se desalienta. Su
siembra no será estéril”.
15º domingo del tiempo ordinarioCreo que no faltan sembradores en la Iglesia, hombres y mujeres, adultos y jóvenes, que
ponen todo su entusiasmo en la acción pastoral. Algunos de ellos con una conciencia
clara de que “lo nuestro solo es sembrar”. No desfallecen, aunque en alguna ocasión se
pregunten por el fruto-resultado de tanto esfuerzo. Los he visto estos días en los campos
de servicio y en los campamentos que he visitado. Vacaciones pastorales. Verano para
ser sembradores. ¡Impresionante y digno de admiración!.
Tal vez no hayamos reparado suficientemente en la semilla, de la que algo se nos dirá el
próximo domingo, en la parábola del trigo y la cizaña. En ella se nos habla de la “buena
semilla”.
En estos tiempos de la ingeniería genética no podemos menospreciar la semilla. Así,
cada vez con mayor conciencia se contrapone la agricultura ecológica a la agricultura
convencional, entendida ésta como de explotación industrial; se contraponen las semillas
de selección natural a las transgénicas, por los efectos perjudiciales que pueden tener
éstas sobre aquéllas y por el medio ambiente en el que son sembradas.
Hacemos esfuerzos por “preparar la tierra”, como ya hemos dicho más arriba.
Sembradores aguerridos no faltan, como también hemos reconocido. Pero, ¿qué semilla
estamos sembrando: la del Evangelio o alguna transgénica de Evangelio? A veces da la
impresión de que nos avergonzamos de una “literatura”, como la consideran algunos, de
hace dos mil años, y para eso la adornamos de “otras técnicas”, como pueden ser alguna
de las señaladas más arriba, para que así el mensaje parezca más moderno, más actual.
Sí, me preocupa la semilla que estamos sembrando. Unos, porque estamos de vuelta de
todo, ponemos en duda la teología, la eclesiología, y, si se me apura, hasta la Palabra de
Dios, reducida a meras catequesis de las primeras comunidades cristianas: semilla
caducada. Otros, acomplejados, sin haber comenzado el viaje, necesitamos camuflarnos
interreligiosamente, interculturalmente,…: semillas híbridas (el problema de estas
semillas es que no pueden dar plantas de segunda generación, las semillas que
obtenemos de la planta no son fértiles): éxito aparente, pero a medio plazo estéril.
No se trata de reivindicar la ortodoxia, que se puede reducir a un mero asentimiento
racional, que en última instancia tiene que ver con una forma de pensamiento mediado
culturalmente y, por tanto, sometido a la interpretación. Se trata de subrayar y poner en
valor la propia identidad, la actitud vital frente a la semilla del Evangelio.
El prefacio pascual V dice que Cristo “quiso ser al mismo tiempo sacerdote, víctima y
altar”. Tal vez es lo que nos quiera decir el evangelio de hoy, que Jesús fue, con su
palabra y su acción, “el sembrador” incansable del Reino; que él fue “la tierra buena”
que acogió en plenitud la voluntad del Padre; que Él, ayer, hoy y siempre, es “la semilla”
ofrecida a toda la Humanidad. También nosotros estamos invitados a ser sembradores,
tierra buena y semilla de Evangelio.

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