COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Pentecostés

Comunicar la vida y la paz

“Paz a vosotros”, “paz a vosotros”. Estas son las palabras que Jesús resucitado repite en el
evangelio de este domingo de Pentecostés. La “paz en la tierra a los hombres que ama el
Señor”, que proclamaba el coro de los ángeles tras el anuncio a los pastores del nacimiento del Mesías, se les anuncia al grupo de discípulos que estaban encerrados en casa, porque se había apoderado de ellos el miedo.
Es como si se nos quisiera transmitir que toda la vida de Jesús estuvo configurada por la paz, desde el nacimiento a la resurrección. La paz acompañaba la vida de Jesús: la paz que deseaba a sus seguidores, la paz que iba sembrando en los corazones de aquellas personas que entraban en contacto con él. Una paz que vivía por dentro y que se percibía por fuera.
Hoy también se nos desea la paz a todas las personas que nos hemos reunido para celebrar la solemnidad de Pentecostés. El “paz a vosotros” de Jesús está dicho para los creyentes de todos los tiempos. También para nosotros. También para la Iglesia peregrina del año 2014. La Iglesia, cada uno de nosotros, estamos invitados a vivir, acoger la paz por dentro, a la vez que somos enviados a sembrarla fuera.
Hoy es tanta la facilidad que tenemos de acceder a los medios de información y comunicación, que al final nada es realmente noticia, más que lo que los medios quieren en cada momento.
Tanta información termina por desinformarnos, tanta comunicación por incomunicarnos.
Corremos el riesgo de que el exceso de información se convierta en la torre de Babel de
nuestros días. No olvidemos que teológicamente, y la liturgia así lo recoge, se suele contraponer Babel, experiencia de incomunicación (división en lenguas), con Pentecostés, la comunicación que es capaz de superar las fronteras que imponen los sistemas de comunicación.
Estamos tan bien comunicados que quién se acuerda ya de las más de 200 niñas que fueron
secuestradas hace menos de un mes. Otras noticias han secuestrado su espacio en los periódicos.
Así nos pasa con todo. Una noticia deja en penumbra la anterior. Cuando hace quince días
celebrábamos las elecciones al Parlamento europeo, ¿ya quién se acuerda de ellas? (más entre nosotros, que ya casi nos hemos olvidado hasta de la abdicación del rey; no ha pasado ni una semana y ya estamos a otra cosa: ¿se salvará el Alavés? ¿cómo empezará el mundial?). Hace quince días se reunieron en Jerusalén el Papa Francisco y Bartolomé, patriarca de Constantinopla. Hacía más de un año que el patriarca le había sugerido al Papa que se reunieran la Ciudad de David para conmemorar el cincuenta aniversario del abrazo entre Pablo VI y el entonces patriarca, Atenágoras. Con aquel abrazo se empezó a cerrar una herida que supuraba desde hacía más de novecientos años.
El encuentro en 1964 entre Pablo VI y Atenágoras supuso un gran avance en el ecumenismo, en el entendimiento con la Iglesia ortodoxa. Lo mismo ha ocurrido ahora con el encuentro entre Francisco y Bartolomé. Ambos han pedido que sus sucesores se encuentren nuevamente en el Santo Sepulcro en 2025. Hay quien vaticina que al cumplirse el 1700 aniversario de la celebración del Concilio de Nicea ambas Iglesias podrían retomar el camino de la unidad. Sería una gran noticia para ambas Iglesias y para toda la Humanidad, ya que estaríamos en mejores condiciones para reclamar a otros esfuerzos en torno a la paz. He de confesar que todos estos esfuerzos los recibo con mucha esperanza y también con cautela, porque me pregunto: ¿cuándo será el próximo cisma en la Iglesia? ¿Vendrá de la mano de los que quieren conservar “su” tradición o de la mano de los que se imaginan que la Iglesia sería más evangélica a “su” modo?
“Construir la paz es difícil, pero vivir sin paz es un tormento. Todos los hombres y mujeres de esta tierra, en el mundo entero, nos piden que llevemos delante de Dios su ardiente aspiración por la paz”. Con estas palabras invitaba el Papa Francisco a un encuentro de oración en el Vaticano a Shimon Peres, presidente de Israel, y Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad palestina. Se celebrará esta tarde. Se les unirá el patriarca Bartolomé, que también ha querido estar presente. Hermosa manera de celebrar la fiesta de Pentecostés. ¡Ojalá puedan/ podamos, sepan/sepamos, acoger el don que nos trae el resucitado: “Paz a vosotros”.
Con el deseo de la paz y el don del Espíritu Santo, se nos da un encargo: perdonar los pecados. Todos. Uno queda retenido: el pecado contra el Espíritu Santo. El pecado de querernos apropiar del don de Dios. De creer que lo poseemos y defendemos, cuando es Él quien nos posee y nos defiende, cuando es Él quien nos sostiene. Él es nuestra paz, pero no es nuestra propiedad, no es para que nos la quedemos. La paz nos habita por dentro y la tenemos que comunicar. También a través de nuestras heridas, enseñando, como Cristo, nuestros manos y nuestro costado.
PentecostésHoy, como nunca, a la Iglesia se le está brindando la oportunidad de mostrar sus muchas
heridas. No las tiene que ocultar, sino mostrar… solo así podrá brotar la vida que lleva por
dentro. Vida que es más que ella misma, que la Iglesia, porque es Dios mismo, que la quiere al servicio del Reino… a pesar de sus muchas heridas. Las suyas, las nuestras, porque las heridas de la Iglesia son las heridas de las cristianas y cristianos, son heridas de las que brotan la vida… si las muestra, si las mostramos.
El amor del Padre que habita en nuestro interior, la presencia del Espíritu Santo, es más fuerte que las heridas de muerte que portamos. Por eso vence la VIDA, por eso triunfa la PAZ. Pero siempre vida y paz que brotan de dentro hacia fuera. Pero siempre vida y paz que no se retienen. Vida y paz interior compartidas. En esta solemnidad de Pentecostés a eso somos enviados: a comunicar la vida y la paz.

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