COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Quinto Domingo de Pascua

Yo soy el camino, y la verdad, y la vida

La primera lectura no oculta los problemas y conflictos que tuvo que afrontar la
primitiva comunidad cristiana. La misma comunidad que tantas veces hemos
idealizado con otros pasajes tomados del mismo libro de los Hechos de los Apóstoles.
La misma comunidad que “era constante en la enseñanza de los apóstoles, en la vida
en común, en la fracción del pan y en las oraciones”. La misma comunidad en la que
“ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían
el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que
necesitaba cada uno”.

No nos tiene que escandalizar el conflicto que se nos narra en la primera lectura. No
nos tiene que escandalizar aunque afecte a personas que gozaban de gran estima en
las comunidades cristianas: las viudas. Tampoco nos tiene que escandalizar que el
conflicto no fuera tanto por la “condición social”, si es que se le puede llamar así al
ser viudas, sino por otro elemento diferenciador: ser de otra cultura, de otra lengua y,
en última instancia, ser de procedencia pagana.

No nos tiene que escandalizar que surjan problemas y conflictos en las comunidades
cristianas, las de ayer y las de hoy. Lo que nos tiene que escandalizar es que no haya
voluntad para superar aquello que nos separa del camino querido por Jesús para sus
seguidoras y seguidores.

La comunidad primitiva fue dotándose de aquellos ministerios que servían a la
evangelización dentro y fuera de la comunidad. Así surgió el ministerio de los
diáconos. Ministerio que fue quedando a la sombra y en función de la ordenación
presbiteral. Ministerio que se ha ido recuperando de forma desigual en las diferentes
Iglesias locales después del Concilio Vaticano II.

También hoy tendríamos que repensar cuáles son los ministerios que reclama la
nueva evangelización dentro y fuera de la comunidad cristiana, en los lugares en los
que se ha olvidado el mensaje de Cristo y en aquellos en los que no se ha proclamado
por primera vez.

Los diáconos dedicados a la administración, entendida como atención a los más
desfavorecidos. Los apóstoles dedicados a “la oración y el ministerio de la Palabra”.
Unos y otros, todos, más allá del ministerio concreto que desempeñemos,
proclamando y tratando de vivir que Jesús es camino, verdad y vida.

Quinto domingo de PascuaJesús es camino para el creyente. Toda la vida de Jesús es la que se nos muestra como
camino de bienaventuranza, de felicidad que perdura. No es una felicidad efímera que
se agosta a las primeras de cambio y nos lleva a buscar compulsivamente otro camino
que nos conduzca a una nueva felicidad, nuevamente efímera. Seguir el camino
marcado por Jesús, que se realiza en el amor y que él recorrió primero, como se nos recuerda en una de las plegarias eucarísticas, ofrece una felicidad que permanece en
el corazón del creyente, también en medio de las dificultades y de las situaciones
adversas. Es la felicidad que han encontrado tantos hombres y mujeres que se han
aventurado y que han podido afirmar como san Agustín: “Nos has hecho, Señor, para
ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Jesús es verdad para el creyente. No es una verdad que se ajusta a los parámetros
científicos o de la razón instrumental. No es una verdad entendida como consenso
racional compartido. Esas verdades son muy actuales, pero también muy parciales: no
terminan de satisfacer ni a la razón ni al corazón. Tampoco se trata es una verdad
moral, aunque nos sintamos invitados una y otra vez a dar lo mejor de lo humano. La
verdad que es Jesús, es más: es verdad existencial. Es verdad hecha amor. Verdad que
lo fundamenta todo y lo desborda todo. Verdad ante la que el corazón del creyente no
puede más que amar y confiar. Amar al prójimo y confiar en Dios. Verdad que invita
a acompasar nuestro estilo de vida al de Jesús.

Jesús es vida para el creyente. La vida biológica la acogemos como don y nos
deviene en tarea. Vida que se nos regala y que estamos invitados a entregar. Así nos
vamos realizando como personas y como creyentes. Vida que la vivimos en relación
con Dios y con el prójimo, como Jesús. Vida de relación con el Padre que nos lleva a
ayudar a levantar a los hermanos, como Jesús. Vida de relación con los hermanos que
nos lleva a levantar los ojos al Padre, como Jesús.

Al igual que la primitiva comunidad cristiana, también nosotros podemos acoger los
problemas y conflictos, si Jesús es para nosotros… el camino, y la verdad, y la vida.

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