COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Cuarto Domingo de Pascua

“Sal a darlo todo”… en el Continente digital”

No tengo muchos “amigos” en las redes sociales. Tampoco tengo muchos seguidores o a los que sigo. Pero sí he de constatar que un porcentaje importante de mis amigos “cibernéticos”, algunos de ellos también en la vida real, se pueden considerar “amigos en el Señor”, gente con la que comparto la fe en Jesucristo, aunque alguno sea de otra confesión diferente a la católico-romana.
Bastantes de esos “amigos virtuales en el Señor” son relativamente jóvenes. Es natural. Ellos son los que empezamos a denominar como “nativos digitales”. Han nacido en un Continente que se ha descubierto recientemente y que, como hicimos con otros que fuimos descubriendo, habrá que evangelizar. ¡Ojalá no cometamos los mismos errores!. Que sean jóvenes, por tanto, es natural. Lo que no es tan natural es que además sean cristianos. Solo ellos saben lo costoso, a pesar de vivirlo como don, lo que les ha costado reconocerse como tales.
Asomarse a la vida de una persona o de un colectivo a través de una pantalla de ordenador es algo muy superficial. No cabe la menor duda. Con todo, no hay que despreciar la información que recibimos de esa nueva ventana que nos conecta con la vida, con una parte de la vida y un modo de situarse en ella.
Los especialistas en evangelización digital insisten en que nuestro modo de estar en la red no es muy diferente de la que tendríamos que estar en la pastoral ordinaria: observando y escuchando. Aprendiendo y atendiendo. Observar y aprender de lo nuevo que va surgiendo. Atender y escuchar los anhelos e interrogantes que se van suscitando. Es la única manera de poder decir una palabra significativa en el Continente digital, y en la pastoral ordinaria. Aquí también vale lo de dos orejas y una boca. Y cuando la abramos, sea para decir “Palabra de Dios”, o palabras humanas que reflejen del modo más fidedigno posible la Buena Noticia de Jesús, para que así puedan reconocer su voz.
¿Qué observo cuando me acerco a mis “amigos virtuales en el Señor”? ¿En qué se diferencian de otros jóvenes? Externamente en nada. Por lo menos si nos atenemos al material gráfico que suelen colgar o compartir. La indumentaria les identifica con la “tribu” de la que se sienten parte. Como en la vida real. Nada más. Las relaciones son plurales, como en la vida real. Sentirse de una “tribu” no les lleva a ser sectarios. Celebran las fiestas como todos, me atrevería a asegurar con los mismos botellones. Asisten a conciertos y los publicitan, como todos. Así en otros aspectos. Jóvenes como todos los jóvenes. Además se identifican como cristianos.
Es decir, los jóvenes cristianos que conozco en el mundo cibernético, y también en el mundo real, lo que tienen de distintivo con respecto a otros jóvenes es que hacen profesión pública de su fe en Jesucristo. Dicen, y estoy seguro de que son sinceros, que reconocen la “voz de Jesús” y que les gusta, que sintoniza con sus anhelos más profundos. Dicen, y estoy seguro de que son sinceros, que de Jesús esperan vida abundante.
No entienden mucho de cultura pastoril: lo de los pastores y las ovejas les queda culturalmente un poco lejano. Pero siguen teniendo un olfato especial para percibir los valores que emanan del Evangelio, porque la característica de todos ellos es que “suscitan vida”, propia y ajena, a nivel personal y también en el ámbito social. Por eso, reconocen con facilidad los mensajes que tienen la melodía que les puso Jesús (también la letra es importante, pero son hijos de la “imagen” más que de la “palabra”; por eso muchos han sintonizado con facilidad con el Papa Francisco, como otras generaciones lo hizo con Juan Pablo II, y les costó un poco más con Benedicto XVI, a pesar de lo profundamente evangélico de su mensaje). Los jóvenes cristianos escuchan con gusto la voz de Jesús, les sigue encandilando. Les permite seguir siendo jóvenes y les hace sentirse cristianos.
Un tema que tiene mucha importancia para ellos es “la libertad de Jesús”. Libertad que contrasta con los miedos que solemos proyectar los que nos llamamos sus seguidores. Siempre un poco a la defensiva. Siempre cerrando puertas. Siempre marcando el terreno. Siempre poniendo líneas, blancas o rojas… pero líneas. Tal vez todo ellos sea signo claro de nuestra increencia, de nuestro no fiarnos del todo de Dios.
Tanta precaución les resulta incómoda a muchos jóvenes, parece que se les da a elegir: o jóvenes o cristianos. Pero también contrasta con el mensaje de Jesús: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará pastos… Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.
Tanta precaución contrasta con la oración que hace la comunidad de los seguidores de Jesús: “que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando”. Esto a los jóvenes les entusiasma, les parece un reto por el que merece la pena comprometerse.
Nos hemos empeñado en hacer rediles, más que recintos (que se limitaban a “celebrar los sacramentos”). Nos hemos empeñados en adaptar puertas, que solo se abrían para entrar (esos procesos tan magníficos que hemos ido diseñando largo del tiempo). Nos hemos empeñado incluso en hacerlas muy anchas, pero en este caso también solo para entrar (procesos cada vez más cortos y suaves para que, por lo menos, se acercaran a la cerca del redil). Todos los esfuerzos tenían un denominador común: “entrar”.
Sirvió para una época. Les llamábamos desde dentro, pero todavía estaban cerca. Ahora que ya están más lejos, eso decimos, ¿también les vamos a llamar desde dentro? Si no sale nadie, ¿qué voz van a escuchar?
VocacionesTenemos que darle gracias a Dios por esos jóvenes que quieren ser jóvenes entre los jóvenes, y quieren ser cristianos con esos mismos jóvenes entre los que quieren ser jóvenes. Son esos jóvenes los que les pueden enseñar a otros dónde se encuentra el recinto, más que el redil de solo puerta de entrada, en el que hay “pastos abundantes”.
Con la pastoral del Continente digital corremos el riesgo de cometer el mismo error que hemos cometido en la pastoral ordinaria: construir rediles con puertas solo para entrar. Crear mensajes para el consumo interno. Crear una Iglesia virtual autoreferencial. Un buen antídoto puede ser el darles mayor protagonismo a los jóvenes cristianos. Tiene sus riesgos, no cabe la menor duda, pero el Papa Francisco nos ha dicho que prefiere una Iglesia herida antes que una Iglesia enferma.
En esta jornada mundial por las vocaciones, en la que solemos pensar de manera especial en los jóvenes, podemos rezar por ellos, para que surjan vocaciones misioneras para el Continente digital. Iglesia, no tengas miedo, confía en los jóvenes cristianos y “sal a darlo todo”… en el Continente digital.

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