COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Quinto Domingo de Cuaresma

Jesús nos dice “ven afuera”… y se queda esperando

Vamos avanzando hacia la Semana Santa, la “semana grande” de los cristianos. Los
últimos domingos, como si fuéramos catecúmenos de la Iglesia primitiva, lo hemos
hecho de la mano del evangelista San Juan.
El relato de la samaritana nos llevaba a contemplar a un Jesús que, libre de todo
prejuicio social y religioso, se acercaba a una mujer, samaritana y con una vida
afectiva conflictiva, y le acompañaba en un proceso de acercamiento hacia su propia
verdad. En las palabras de aquella mujer, “Señor, dame esa agua”, resonaba la
petición del corazón humano sediento de felicidad y que intuye que con Jesús la
propia vida se puede convertir en “un surtidor de agua que salta hasta la vida
eterna”.
El domingo pasado, en el relato del ciego de nacimiento, Jesús se nos presentaba
como luz verdadera, empeñada en iluminar la oscuridad y la cerrazón en la que se
sume el corazón humano cuando se parapeta tras el prejuicio, la ideología o el miedo.
Solo quien ha experimentado a Jesús como luz para su vida es capaz de dar un
testimonio valiente de ello, como se nos narraba en el evangelio
Hoy se nos presenta la resucitación de Lázaro. Esta resucitación, como otras que
aparecen en los evangelios, no se debe confundir con la resurrección que el Padre
opera a favor de Jesús, el injustamente ajusticiado.
La resucitación de Lázaro es una vuelta a la vida para volver a morir. No así la de
Jesús. No así la nuestra. La resucitación de Lázaro es un acontecimiento meramente
“biológico”, su cuerpo volvió a ser el de un viviente. La resurrección de Jesús atañe a
lo “biográfico”, fue toda su historia la que fue asumida, acogida, bendecida, y ya
definitivamente vivificada por el Padre.
Quinto Domingo de CuaresmaEs una pena que los evangelios no nos den más datos del “qué pasó después” con las diferentes resucitaciones que aparecen en los evangelios: el hijo de la viuda de Naim,
la hija de Jairo,… De manera especial me suele entrar curiosidad por saber qué fue de la vida de Lázaro. Estas resucitaciones es una especie de “segunda oportunidad” que te da la vida. ¿Cambió en algo la vida de Lázaro? No lo sabemos. Podríamos pensar que trataría de aprovecharla bien, que trataría de no caer en los mismos errores, que se le resituaría la escala de valores y sus opciones vitales,… Todo eso que decimos que haríamos bien, si se nos diera la oportunidad de poder remendar lo que hemos hecho mal. Sea como sea, no sabemos qué fue de la vida de Lázaro.
Lo que sí sabemos es que la cuaresma es, si nos ponemos en disposición de que dé
algún fruto, una especie de resucitación. Si no es una resucitación, vuelta de la muerte
a la vida, al estilo de la de Lázaro, sí que es una llamada a la conversión, a tomar conciencia de nuestros errores cotidianos, a revisar nuestra escala de valores y nuestras opciones vitales… una oportunidad para remendar lo que habitualmente hacemos mal.
La cuaresma, que ya está terminado, es una “nueva oportunidad” (¿cuántas llevamos
ya?) para que nuestra vida la pongamos mirando hacia Dios y sus preferencias.
Entendida así, la conversión es una resucitación, es experimentar que también Jesús
nos está diciendo a cada uno de nosotros personal y realmente: “Lázaro (y aquí pon tu
nombre), ven afuera”.
Jesús se acerca a los sepulcros de nuestra vida, dice su Palabra y se queda esperando.
El “ven afuera” que pronuncia Jesús sobre cada uno de nosotros es la invitación que
nos hace a salir de nuestros egocentrismos, de las miserias que nos bloquean, de todo
aquello que nos conduce a la muerte o, lo que es parecido, a una vida mortecina. El
“ven afuera” es una invitación a volver a lo más profundo de nosotros mismos, allí
donde percibimos la presencia de Dios, allí donde también tiene cabida el prójimo,
todo prójimo. El “ven afuera” que pronuncia Jesús sobre cada uno de nosotros en una
invitación a volver nuevamente a Él y a su Evangelio.
Pronuncia el “ven afuera” y se queda esperando. Nos toca a nosotros, aunque nos
sintamos atados de pies y manos, hacer el esfuerzo y ponernos en camino. Nos toca a
nosotros confiar en aquellas personas que pueden desatar las vendas de nuestros pies,
de nuestras manos y de nuestra cara. Nos toca a nosotros confiar en que Él, Jesús, es,
siempre, siempre, la resurrección y la vida.
Este domingo, como cada día de nuestra vida, aunque la cuaresma sea un buen
momento para recordarlo, Jesús nos dice “ven afuera”… y se queda esperando.

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