COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Cuarto Domingo de Cuaresma

Cristo, luz del mundo

El domingo anterior, Jesucristo aparecía en el texto evangélico de la samaritana como el agua viva. En este domingo, llamado de “Laetare”, de la alegría, se presenta como la Luz del mundo.
Si nunca resulta fácil acercarse al Evangelio para que nos desvele toda su verdad, lo es de manera especial el de este domingo. ¡Es tanta la riqueza que encierra! ¡Son tantas las resonancias, tantos los personajes y las actitudes que muestran!
En primer lugar tenemos a los discípulos de Jesús. Son gente del pueblo, gente sencilla. Ellos saben
lo que les han enseñado, que hay que buscar culpables: “¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?”. Han ido haciéndose una imagen de Dios más preocupado en castigar que en suscitar vida, a pesar de que su fe era en el Dios Creador y en el Dios liberador. Jesús les tiene que ir curando de su ceguera, también a ellos tiene que llegar a ver la luz que es el mismo Jesús. Nosotros, discípulas y discípulos de Jesús, ¿qué imagen tenemos de Dios?
El siguiente grupo de personas que aparece en escena son los vecinos, gente cercana al ciego que ha sido curado. Ellos no son ciegos, pero son incapaces de ponerse de acuerdo en lo que ven sus ojos.
Unos siguen viendo en el sanado al mendigo. Eso es lo que le identifica, su mendicidad, era “el que se sentaba a pedir”. ¡Tantas veces nos pasa! Identificamos a las personas por lo que hacen, tienen, saben… más que por lo que son.
Otros, incapaces de reconocer la obra sanadora de Jesús, ni siquiera reconocen al que ha sido sanado: “no es él, pero se le parece”. Tal vez no era la primera vez que no habían sido capaces de reconocerle en su dignidad de persona.
Los vecinos reaccionaran con escepticismo. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Su ceguera fue su incapacidad para reconocer la sanación-salvación que viene de Jesús. ¿Cuáles son nuestras cegueras ante personas, grupos humanos, situaciones sociales,…? ¿Cuál nuestra dificultad para reconocer la sanación-salvación que procede de Jesús?
Los fariseos eran gente buena. Habían hecho de lo religioso el centro de su vida. Estaban dispuestos a llegar al martirio por fidelidad a la Ley de Moisés. Esa fue su ceguera: estaban muy seguros en su ortodoxia. Ésta pasaba por encima de la felicidad y la liberación de las personas.
Es el peligro de toda ideología: construir un mundo “seguro”, cerrado, con unos valores, criterios, actitudes, estructuras intocables… Desde la ideología se acentúan unos aspectos, ignorando otros. Se organiza un mundo a la medida de unos, que no satisface las necesidades de todos. Esto nos lleva a ver solo una parte de la realidad, aquella que queremos ver. Da lo mismo que se trate de ideologías de derecha o de izquierda, conservadora o progresista, política o eclesial.
Tomemos un ejemplo cercano a nosotros. Si hacemos caso a lo que dicen todos los datos, la crisis económica que nos está afectando a todos, ha sido muy buena para unos pocos y muy mala, malísima, para los colectivos más vulnerables de nuestra sociedad. No todo el mundo lo quiere ver. Estos días estamos asistiendo a los desmentidos que el Sr. Montoro, ministro de Hacienda, está haciendo a los informes de Cáritas-España, que concluyen que la situación de muchas personas y colectivos es peor ahora que hace cinco años.
La ideología es un mundo construido por y para ciegos, que incapacita para ver la realidad en su totalidad y en su complejidad. La ideología suele embotar la inteligencia y, lo que es peor, vela los ojos del corazón. Los fariseos fueron incapaces de alegrarse con el ciego de nacimiento había accedido a la luz.
Contrasta la actitud del padre y de la madre del ciego. Seguro que se alegraron por la curación de su hijo, pero fueron incapaces de enfrentarse al conflicto que ello les podía conllevar: “ya es mayor, preguntádselo a él”. Al faltarles la experiencia personal de la visión nueva que trae Jesús, prefieren quedarse en lo aprendido y en lo mandado.
Al ciego, sin embargo, su experiencia personal le hace resistir cualquier presión que quiera
encerrarle de nuevo en la oscuridad, ahora existencial: “me ha abierto los ojos”. Ha visto la luz, ya nadie se la podrá arrebatar. Ahora tiene sus ojos puestos en Jesús. Se convierte en su testigo. No necesita fundamentaciones teológicas o doctrinales, menos aún ideologizadas, sobre el modo de entender la enfermedad y el pecado, la vida y la muerte y hasta a Dios mismo.
Cuarto domingo de cuaresmaLa experiencia personal supera toda teoría, todo dogma, toda tradición del pasado o toda moda del presente: porque en ocasiones somos muy críticos con las imágenes de Dios o las concepciones de la realidad que hemos internalizado de la mano de la Iglesia, comunidad local o comunión universal, pero somos incapaces de ver los valores contrarios al Evangelio que se van anudando a nuestra existencia, suave pero eficazmente, de la mano de la cultura dominante y los medios de comunicación puestos a su servicio, que nos hace ver como único posible el mundo que entre todos vamos construyendo… y que es tan destructivo para millones de personas.
En nuestra cultura no nos llaman empecatados, como al ciego que ha recuperado la visión, porque se está perdiendo la conciencia de pecado. Pero nos llaman ignorantes, si confesamos nuestra fe en el Dios de Jesús. Quien ha tenido la experiencia de que creer es bueno, que eso humaniza, que hace ser más feliz, tal vez no tenga muchas razones, tal vez hasta sea torpe para argumentar y para convencer a los demás, pero por dentro sabe que ve, que Jesús es luz para caminar en la vida. Es luz para uno mismo y lo puede ser para los demás. De ahí surge la urgencia de la misión, del anuncio de Jesús como luz del mundo.
Seguro que en nuestra vida habrá momentos de ceguera y momentos de debilidad para confesar nuestra fe. Es el momento adecuado para volver a Siloé, al Enviado, y sumergirnos una y otra vez en Cristo, Luz del mundo.

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