COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Octavo Domingo del Tiempo Ordinario

…todo lo demás se nos dará por añadidura

Aunque sea repetitivo, hay que recordar de dónde venimos estos últimos domingos. Hace un mes celebrábamos la Fiesta de la Presentación del Señor, razón por la que nos “saltamos” la proclamación de las bienaventuranzas. Uno de los textos fundacionales y fundamentales, ya que nos da algunas claves de lo que quiere ser el programa del Reino de Dios: tener hambre y sed de la justicia, trabajar por la paz… y nos dice cómo ha de ser el corazón de la persona que quiera empeñarse en acoger el sueño de Dios sobre la historia: misericordiosa, limpia de corazón,… Personas que hacen creíble el anuncio del evangelio, más por lo que viven que por lo que dicen. Viven desde dentro, del don que han acogido en sus vidas, y lo dan a los demás: son sal de la tierra y luz del mundo. Personas que encarnan la letra del evangelio, porque viven según su espíritu. Personas que son capaces de poner la otra mejilla, responder al mal con bien. Personas que quieren amar a los enemigos buscando caminos de reconciliación, buscando la perfección del amor, la que nos tiene el Padre a cada uno de nosotros, buenos y malos. Este es el contexto en el que se proclama el evangelio de este domingo: el del Sermón del Monte.
No se puede servir a Dios y al dinero. Son palabras que nos desconciertan por su radicalidad y por su practicidad. Jesús es tajante, no permite medias tintas. Sabe de la fascinación del dinero. Los profetas de Israel denunciaron continuamente el abuso y la corrupción de los poderosos que se lucraban a cuenta de los pobres, manipulaban las balanzas, engañaban a huérfanos y viudas.
Jesús sabía la mala fama merecida que tenían los recaudadores de impuestos: cobraban más de lo establecido, abusaban de su pequeño poder utilizándolo contra el pueblo llano.
Si venimos a nuestros días, no hace falta más que nos acerquemos cada mañana a los medios de comunicación social para que sepamos de un nuevo caso de corrupción: siempre el dinero por medio, normalmente para enriquecimiento personal. Hay un sistema que lo propicia y que parece sagrado. Somos conscientes de que prácticamente todas las guerras tienen su origen de una u otra manera en el dinero, en el control de las riquezas: oro, petróleo, diamantes, coltán,… Hay un sistema que lo propicia y que parece sagrado. Somos conscientes de la injusta distribución de las riquezas de nuestro mundo. Hay un sistema que lo propicia y que parece sagrado.
Podemos mirar también dentro de casa. Recordamos como la Iglesia tuvo que combatir la simonía, el comerciar con los bienes espirituales. Ha habido episcopados que han recordado la inmoralidad que supone el aceptar dinero proveniente del narcotráfico o de la mafia. Hemos visto como tanto Benedicto XVI como el Papa Francisco se han empeñado en hacer luz sobre las cuentas del Banco Vaticano. La credibilidad de la Iglesia, en cuanto a institución, pasa por la transparencia y por tener bien claro el destino de sus bienes: al servicio de la evangelización.
No se puede servir a Dios y al dinero. Son palabras que nos desconciertan por su radicalidad y por su practicidad Tocan algo muy cercano a nosotros, el bolsillo. Eso suele ser sagrado, aunque no sea mucho lo que tengamos. A los que tienen mucho dinero les cuesta desprenderse de él porque hay que renunciar a un modo determinado de vida. A los que tienen poco también, es lo que se tienen para sobrevivir. ¡Cómo ha cambiado nuestra concepción de la riqueza en pocos años! Hace media docena de años, tal vez la preocupación era el piso de lujo, el coche último modelo, las vacaciones en el Caribe,… hoy tal vez sea cómo pagar el colegio de las hijas e hijos o cómo llegar a final de mes sin tener que acudir a los servicios de la asistencia social.
Me contaba recientemente un matrimonio lo que le había ocurrido a uno de sus hijos con la hija de éste. La niña fue adoptada en un país extranjero hace unos seis años. La empresa del padre atravesaba dificultades serias. La madre estaba en paro, ahora le podría tocar al padre. La niña hizo una pregunta ingenua: “¿vamos a ser pobres?”. Después otra: “si somos pobres, ¿me vais a devolver a mi país?”. Al padre y a la madre se les hizo un nudo en el estómago y otro, mayor, en el corazón. Con dificultad pudieron contener el llanto. A Dios gracias, no tenían que elegir.
Nuestra relación con el dinero puede ser un buen test de nuestra fe-confianza en Dios. Eso es lo que nos dice el Evangelio. El dinero siempre nos ata, genera dependencias o tenemos buenas razones-excusas para no desprendernos de él. Lo vemos en las familias: asegurar el futuro personal o de los hijos. Siempre hay un “por si acaso”, que nos indica que no nos fiamos del todo de Dios.
Octavo domingo del tiempo ordinarioLo vemos entre aquellos y aquellas que hemos hecho voto de pobreza en la vida religiosa. Nos cuesta desprendernos. Parece que no nos pertenece lo que tenemos y, por lo tanto, no podemos tomar decisiones ¿drásticas? ¿evangélicas?, por ejemplo como las sugeridas por el Papa Francisco de abrir nuestras residencias vacías a los empobrecidos de nuestra sociedad. Parece que lo que tenemos, poco o mucho, no nos pertenece, es fruto del trabajo y del ahorro de los que nos precedieron. A ellos les tenemos que asegurar unos cuidados de calidad en el presente y, además, para nosotros asegurar un futuro digno. Por otro lado, no sabemos qué es lo que vamos a necesitar para mantener nuestras plataformas apostólicas (¡!). Siempre hay un “por si acaso”, que nos indica que no nos fiamos del todo de Dios. Tampoco aquellos que decimos que lo hemos dejado todo por seguirle.
La llamada de Jesús a no preocuparnos por las cosas materiales y a poner nuestra fe-confianza en Dios, no es una invitación a una vida pasiva y descomprometida. Todo lo contrario. El evangelio nos invita a ser muy activos en la búsqueda del Reino de Dios y su justicia. Descentrarnos de nosotros y liberarnos de todo aquello que nos pueda atar, desenmascarar los sistemas injustos vinculados a la idolatría del dinero, para poder encontrar al Dios verdadero, que siempre nos espera en la persona del prójimo, de manera especial en aquel que se encuentra en necesidad… todo lo demás se nos dará por añadidura.

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