COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Segundo Domingo del Tiempo Ordinario

Con Cristo, hacia un mundo mejor

Centenario de la Jornada (“Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor”)

Estamos celebrando en toda la Iglesia Católica el centenario de la “Jornada Mundial del Migrante y Refugiado”. Cuando fue instituida por Benedicto XV, en 1914, no lo hizo porque constataba que llegaban muchos inmigrantes a Lampedusa, “la isla de la vergüenza”, en palabras del Papa Francisco. Llamada así porque a esa isla llegan muchos inmigrantes: unos vivos, otros muertos. Hablo de Lampedusa, pero podría hablar perfectamente de las concertinas de Ceuta y de Melilla, las vallas con cuchillas que hieren y matan. Tal vez su uso legal, pero no por eso deja de ser inmoral.

Esta jornada tiene su origen en las grandes migraciones europeas hacia otros continentes, de manera especial al americano. Podríamos hacer memoria de si en nuestra familia no hemos oído hablar del abuelo, o el hermano del abuelo o de la abuela que fueron a América, ya antes de la guerra civil … o tal vez a Francia, Suiza o Alemania en los años sesenta. Les suelo decir a los alumnos que pregunten a sus familiares más mayores sobre estas cosas. En ocasiones hacen descubrimientos sorprendentes.
Nos hemos empeñado en estudiar la historia como una sucesión de imperios, de guerras, de personajes que les hemos hecho ser importantes, de ciclos económicos… creo que se podría haber estudiado perfectamente dividiéndola en movimientos migratorios, aunque al estudiar la historia les hemos llamado “invasiones”. En el entender los movimientos migratorios como “invasiones” está, a mi modo de ver, la semilla de la xenofobia.
La primera constatación del Papa Francisco, en su mensaje para la jornada de este año, es que “la movilidad humana es uno de los “signos de los tiempos”, como ya lo definió su predecesor, Benedicto XVI. Nos dice que “los flujos migratorios contemporáneos constituyen el más vasto movimiento de personas, incluso de pueblos, de todos los tiempos”.
Según el Papa Francisco, “lo que anima a tantos emigrantes y refugiados es el binomio confianza y esperanza… de un futuro mejor, no sólo para ellos, sino también para sus familias y personas queridas”. De hecho, el mensaje de este año lleva como lema: “Emigrantes y refugiados: hacia un futuro mejor”.
El Papa constata la ambigüedad de esta realidad: “Desde el punto de vista cristiano, también los fenómenos migratorios, al igual que otras realidades humanas, se verifica la tensión entre la belleza de la creación, marcada por la gracia y la redención, y el misterio del pecado”. Señala que junto a “la solidaridad y la acogida… la fraternidad y la comprensión”, también se dan actitudes de “rechazo, discriminación, trata (tráfico) de personas… Es más, denuncia que “el “trabajo esclavo” es hoy moneda corriente”.
El Papa nos recuerda que los “emigrantes y refugiados no son peones sobre el tablero de la humanidad”. Insiste en que “no se puede reducir el desarrollo al mero crecimiento económico… sin tener en cuenta a las personas más débiles e indefensas”.
Desde el comienzo de su mensaje afirma que hay que “trabajar para que haya condiciones de vida dignas para todos, para que sea respetada, custodiada y cultivada la creación que Dios nos ha entregado”. La creación no nos pertenece. Somos usufructuarios. Lo somos todos, todos, por igual. Por eso, cuando el Papa dice “[las migraciones] hacen posible la equitativa distribución de las riquezas”, yo interpreto que quiere decir que lo único que hacen es venir a coger lo que les pertenece, también en forma de trabajo. Como antes lo hicimos nosotros, yendo más cerca o más lejos, ya que de las migraciones internas también habla el Papa.
El Papa en varias ocasiones afirma que tenemos que “pasar de una cultura del rechazo a una cultura del encuentro y la acogida… la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor”.
En este sentido, hace una llamada a los medios de comunicación social ya que “en este campo, tienen un papel de gran responsabilidad: a ellos compete desenmascarar estereotipos y ofrecer informaciones correctas, en las que habrá que denunciar los errores de algunos, pero también descubrir la honestidad, rectitud y grandeza de ánimo de la mayoría”. Un poco más adelante añadirá… “los medios de comunicación están llamados a entrar en esta “conversión de actitudes” y a favorecer este cambio de comportamientos hacia los emigrantes y refugiados”.
Segundo Domingo del Tiempo Ordinario¿Cuál es la razón última por la que los cristianos tengamos que aceptar, sí o sí, a los inmigrantes, sin excepción y sin restricciones? Por una razón breve, pero contundente: “… en el rostro de cada persona está impreso el rostro de Cristo.
Esto tiene sus consecuencias prácticas: “El fundamento de la dignidad de la persona no está en los criterios de eficiencia, de productividad, de clase social, de pertenencia a una etnia o grupo religioso, sino en el ser creados a imagen y semejanza de Dios y, más aún, en el ser hijos de Dios; cada ser humano es hijo de Dios. En él está impresa la imagen de Cristo. Se trata, entonces, de que nosotros seamos los primeros en verlo y así podamos ayudar a los otros a ver en el emigrante y en el refugiado no sólo un problema que debe ser afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos, respetados y amados, una ocasión que la Providencia nos ofrece para contribuir a la construcción de una sociedad más justa, una democracia más plena, un país más solidario, un mundo más fraterno y una comunidad cristiana más abierta, de acuerdo con el Evangelio”.
Alguno nos podemos preguntar: “¿qué pasa cuando me cuesta estar en sintonía con estos
planteamientos evangélicos y eclesiales?. Pues nos tendremos que decir, como si de un miércoles de ceniza permanente se tratara: “conviértete y cree en el Evangelio”. O con palabras del evangelio de hoy, nos tendremos que acercar con más pasión al “Cordero que quita el pecado del mundo”, y dejarnos convertir por Él, para que a su luz podamos ver lo que nos dice el Papa Francisco: “una nueva humanidad, preanunciada en el misterio pascual, una humanidad para la cual cada tierra extranjera es patria y cada patria es tierra extranjera”. Con Cristo, el Cordero de Dios, caminamos hacia una vida nueva. Con Cristo, el Hijo de Dios, caminamos hacia un mundo mejor.

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