COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Sagrada Familia

Familia que acoge el Amor

El domingo siguiente a la Navidad solemos celebrar la fiesta de la Sagrada Familia. Es un momento adecuado.
La Navidad suele ser un tiempo típicamente familiar, bien porque se goza de ella bien porque se le añora. Hay gente a la que la Navidad le pone triste, le trae a la cabeza y al corazón las personas que faltan. Unas porque ya fallecieron. Otras porque están lejos geográficamente o porque se han alejado sentimentalmente. La Navidad es tiempo para la nostalgia familiar.
Aunque es evidente, no está de más que recordemos expresamente que Jesús, este Niño al que le confesamos como Salvador, se ha hecho realmente uno de nuestra historia. Como cualquier bebé que viene a este mundo lo hace en el seno de una pareja que ha querido acoger la vida.
José y María han asumido como nadie eso de la maternidad y paternidad responsable. María acogiendo en sus entrañas la Promesa hecha por Dios en favor de Abraham y su descendencia. José acogiendo en su corazón la vida que iba tomando cuerpo en el seno de María. María y José son modelo para todas las familias por haber vivido en obediencia a Dios, por haberse fiado de su Palabra en toda circunstancia, y por haber acogido la vida del que es la Vida.
Al hablar de la Sagrada Familia corremos el riesgo de idealizarla y pensar que fue una familia feliz porque estuvo exenta de dificultades. Nada más lejos de la realidad. Basta con que hayamos escuchado con atención el evangelio. Si esta familia se significa y se distingue por algo, no es precisamente por ser una familia privilegiada desde la perspectiva humana. Al contrario, compartieron la suerte que han tenido que vivir muchas familias a lo largo de la historia: huir de la injusticia, sea la del sanguinario Herodes, sea de una situación económica que mata, de la “la economía de la exclusión y la inequidad”, que dice el Papa Francisco en el nº 53 de la Exhortación apostólica Evangelii gaudium. La alegría del Evangelio. Porque el Herodes contemporáneo es la pobreza, que mata a los niños menores de dos años, y también a los mayores de esa edad. Se calcula que unos nueve millones de niñas y niños menores de cinco años mueren en el mundo cada año, entre navidad y navidad.
Sagrada FamiliaSegún el evangelio que se proclama hoy, Jesús y su familia vivieron como refugiados durante algún tiempo. Podemos dulcificar esta afirmación recurriendo a interpretaciones más sesudas, que explican la maestría del evangelista Mateo, o de su comunidad, para hacer coincidir en Jesús todas las profecías mesiánicas: su origen en Belén; el ser hijo “legal” de José, descendiente de David; el ser el nuevo Moisés que regresa de Egipto donde va a constituir el nuevo pueblo de Dios, etc. Tener en cuenta todo esto está muy bien, para no hacer interpretaciones demasiado empalagosas del evangelio. Pero la lectura más sesuda y racional tendrá que ir acompañada de la lectura creyente que hacemos de la situación social, que no sabe de géneros literarios, sino de cruda realidad: tantas situaciones dramáticas que se han dado y se dan en la historia, en todo tiempo y lugar. Me vienen a la memoria la cantidad de familias cristianas, sobre todo jóvenes, que están abandonando Oriente Medio para poder vivir con paz y dignidad y para asegurar la vida de sus hijas e hijos.
Las otras lecturas que nos propone la liturgia para el día de la Sagrada Familia también
iluminan la realidad de la familia.
La primera lectura, del libro del eclesiástico, hace una relectura del cuarto mandamiento de
la Ley: la estima que se debe tener por los progenitores. En aquella sociedad la ancianidad
era signo de madurez, no de decrepitud e impotencia como lo puede ser en la nuestra, a
pesar de que la crisis económica por la que estamos atravesando ha vuelto a darles un
protagonismo social importante como sostenedores de hijos en edad adulta, y con familia a
su cargo, que han tenido que recurrir a su ayuda. No está de más recordar la recomendación del Eclesiástico: “Sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras viva; aunque chochee, ten indulgencia…”. Esto que se dice de los padres, se puede aplicar a los miembros necesitados de la familia. Ésa es una de las características diferenciadoras de la relación familiar: la preferencia por los más vulnerables.
La segunda lectura de san Pablo a los Colosenses, puede quedar chafada al escuchar el
versículo que dice “mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos”. Ese versículo no
puede, no debe, bloquear todo el mensaje de la carta, desde el que ha de ser interpretado,
“vestíos de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión…
sobrellevaos mutuamente y perdonaos… Y, por encima de todo esto, el amor, que es el
ceñidor de la unidad consumada”.
El amor, no las relaciones de poder, es el fundamento irrenunciable de la familia, de toda
familia. Sin amor nada se sostiene, ni el compromiso matrimonial para toda la vida ni la
gratuidad que pide la crianza de los hijos en las diferentes etapas de la vida.
La Iglesia, si quiere acompañar a la familia, a toda familia, tiene que contemplar a la
Familia de Nazaret y dejarse conformar por ella. El modelo que nos deja la familia de
Nazaret es el del amor desinteresado, en ocasiones hasta y desde lo incomprensible. María y José constituyen una familia que acoge el Amor.

Galería | Esta entrada fue publicada en Anjelmaria Ipiña, Comentario a la Palabra dominical y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s