COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Segundo Domingo de Adviento

María: de la crisis a la luz

A los pocos días de iniciado el tiempo de adviento el calendario litúrgico nos presenta la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. No se pretende hacer un paréntesis dentro del tiempo de adviento ni suplantarlo. Siendo María uno de los personajes del adviento, hoy brilla con luz propia e ilumina nuestro camino creyente.
¡Hay luz!, es el lema de nuestro arciprestazgo. Cuando afirmamos esto no lo hacemos en abstracto, sino que lo decimos en referencia a la realidad concreta que nos está tocando vivir, marcada por la crisis económica que afecta a muchas personas, tal vez a nosotros mismos o a personas muy próximas a nosotros. Una crisis económica que no es más que un indicador de una crisis mayor en todos los sentidos que estamos viviendo como civilización.
El problema no es nuevo, pero se ha agudizado la conciencia que hemos tomado de él. El comentario general que hace al día de hoy, solemnidad de la Inmaculada, un misal publicado en 1978, hace 35 años, dice así: “Hoy se habla mucho e ir al fondo, al origen, a la raíz. Sabemos que la fuente de solución de todas las cosas está en recomponer los cimientos sobre los que se apoya el edificio. De aquí nace ese deseo de ir a la base, de llegar a la hondura de las cuestiones, de sanar las situaciones desde la misma raíz. Los movimientos reformadores buscan esto. No se conforman con poner remiendos nuevos en vestidos viejos; es necesario hacer todo nuevo; a esto se llama revolución: ver el origen de los males, curarlos en su misma fuente, para que surja un sistema completamente nuevo.
El ser humano está herido. Pero no es una llaga periférica lo que tiene, sino un mal enraizado, en la raíz. El núcleo mismo del ser humano está dañado. La contemplación de una criatura inmaculada, sana, sin dañar, nos revela la decisión de Dios de hacer todo nuevo desde las mismas raíces. La Inmaculada es el anuncio del Plan que Dios se ha propuesto, de hacer surgir una creación nueva, en la que el ser humano alcanzará un estilo de vida lleno de luz, en posesión de sí mismo, en comunicación con los demás, en relación con Dios”.
El relato del Génesis, nos habla de ese mal de raíz, de ese pecado original que acompaña a la condición humana. Ese mal, ese pecado, que se hace patente cuando la libertad, los proyectos personales o sociales se quieren construir al margen de Dios. Ese mal, ese pecado, que se hace patente cuando nos queremos esconder de Dios, incapaces como somos de asumir la propia responsabilidad de haber roto la armonía querida por Dios para el hombre y la mujer con el resto de la creación.
Pero no estamos bajo el poder del mal. La esperanza no está rota. Dios no se desvincula de nuestra suerte y de nuestro futuro. La promesa es clara: no siempre el mal va a vencer, Dios sigue siendo Señor de la historia. La humanidad, aunque nos parezca revestida de debilidad, sigue siendo el sueño de Dios. No estamos bajo el poder de las tinieblas, sino que hay luz.
En María Inmaculada contemplamos a la mujer que, con su fe hecha obediencia, hace presente el profundo amor que Dios a la humanidad y devuelve a la humanidad todo el resplandor que había perdido por causa del pecado.
No tenemos que olvidar que la vida de María, al igual que la nuestra, también estuvo marcada por la crisis, la duda y la incertidumbre. Y que éstas le acompañaron durante toda su vida.
Hemos escuchado el relato de la Anunciación. Ese fue el primer sí, y ya definitivo sí de María al plan de Dios. Con su sí abrió la puerta para que Dios se hiciera historia y compartiera nuestra condición humana para indicarnos el camino que lleva a la humanidad a su plenitud, a la luz que nunca se apaga.
Pero María, al igual que nosotros, tenemos que decir un sí cada día. María tuvo que decir un “sí” ante las palabras de que aquel adolescente que ante la mirada incrédula de los maestros del Templo, les recordaba que “tenía que estar en la casa de su Padre”; tuvo que decir “sí” cuando se embarcó en la aventura de ser profeta itinerante; tuvo que decir “sí” ante la sospecha de familiares y amigos de que su hijo se había vuelto loco; tuvo que decir muchos “sí” en el seguimiento de su Hijo; el último y definitivo “sí” lo tuvo que decir al pie de la cruz. Cuando la oscuridad de la noche se hizo más espesa, María tuvo que confiar en que la última voluntad del Padre para su hijo Jesús, para ella misma y para toda la humanidad, era la luz definitiva.
InmaculadaA la luz de la resurrección es como se entiende también el Magnificat de María, colocado en el momento de la Visitación, donde se canta qué es lo que Dios quiere hacer con la historia.
La mirada cristiana sobre la realidad, no es una mirada ingenua, porque somos conscientes de todos los males que amenazan a nuestro mundo. La mirada cristiana sobre la realidad es una mirada confiada, porque Dios es el Señor de la historia. La mirada cristiana sobre la realidad es una mirada comprometida para que “otro mundo sea posible”, según el sueño querido por Dios. En este día de la Inmaculada, Dios nos dice que necesita nuestra ayuda, como necesitó la de María.
Hay que entrar en la dinámica de Dios, hay que dejarse conducir por el Espíritu, para poder comprender más allá de las apariencias. Hay que abandonar el reino de las tinieblas y entrar en el mundo de la luz. Hoy se nos invita a hacerlo de la mano de María. Con ella podemos ir de la crisis a la luz.

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