COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Vigesimooctavo Domingo del tiempo ordinario

Agraciados y agradecidos 

No estaría de más que nos preguntásemos quiénes son los leprosos de nuestra época, quiénes son aquellos que se van quedando en los bordes de los caminos de la sociedad, aquellos a los que no creemos dignos de que tengan un convivencia normalizada entre nosotros, quiénes son los que desde lejos nos están pidiendo que tengamos compasión de ellos.

No estaría de más que nos preguntásemos que discurso nos hacemos sobre ellos. ¿Qué nos decimos? ¿Qué les decimos, con nuestras palabras o nuestras actitudes? ¿Que no nos molesten, que bastantes problemas tenemos? ¿Que tengan paciencia, que llegarán otros momentos de bonanza en los que habrá recursos para todos? ¿que sean “normales” para que tengan el derecho a la vida? ¿tal vez les decimos que primero tienen que convertirse, estar en regla, y después presentarse a la comunidad? ¿Qué les decimos, con nuestras palabras o nuestras actitudes?

La sagrada Ley de Israel decía: “El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡impuro, impuro! Vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13, 45). A aquellos que eran considerados la escoria de la sociedad, que habían sido expulsados de la vida familiar y social, que tenían que vivir fuera de los pueblos, que habían sido condenados a una muerte lenta y sin esperanza, Jesús les invita a que hagan altamente provocador: “Id a presentaros a los sacerdotes”. Id a presentaros a aquellos que os han expulsado del sistema. ¿Es eso lo que les decimos a los leprosos de nuestros días?

Algunas personas que leen mis reflexiones, me suelen comentar que son excesivamente antropológicas, muy centradas en la persona, y, en ocasiones, demasiado políticas. Creo que tienen razón. Es una manera de leer el evangelio que puede iluminar nuestra vida creyente individual y comunitaria. Estamos llamados a ser cristianos en el mundo. Eso es lo que nos pidió Jesús: que tomáramos conciencia de que el Reino ya estaba en medio de nosotros, que lo acogiéramos, y que lo anunciáramos.

Pero es verdad que leyendo así el evangelio el cristianismo puede quedar reducido a un humanismo: la mera sanación corporal a la que se hace referencia en el evangelio de hoy. Sanación que en aquella sociedad comportaba también la reinserción social. Sanados y reinsertados, ¿qué más se puede pedir?

Podemos pedir el ser conscientes del don que hemos recibido y agradecerlo.

No nos podemos conformar con ser buenas personas, moralmente intachables. No nos podemos conformar con ser buenos ciudadanos porque practicamos y trabajamos por la justicia, por ejemplo, participando en los eventos que haya esta semana con ocasión del 17 de octubre, día internacional para la erradicación de la pobreza.

No nos podemos conformar con esto. Tenemos que ir más allá: reconocer en dónde está la fuente de la que mana todo ello. Reconocer que vamos creciendo como personas, pero que hay Alguien que nos sostiene en ese empeño. Reconocer que vamos tomando mayor conciencia de nuestra responsabilidad en la construcción de un mundo más justo, pero que hay Alguien que alienta todo nuestro compromiso. Reconocer que nosotros actuamos, pero que hay Otro que nos va moviliza. Hemos escuchado la palabra de Jesús: “id a presentaros a los sacerdotes”. Fiados de su palabra nos hemos puesto en camino. Al ponernos se opera el milagro, somos sanados por fiarnos de Jesús. Hemos de reconocer el don de Dios que actúa en nosotros.

Reconocer el don no es fácil. Unas veces porque vamos despistados por la vida, inconscientes de todo lo que recibimos de Dios, de los demás, de la vida. Muchas veces sin merecerlo. Muchas veces

más de lo que esperamos. Pero hay que estar atentos. Podríamos hacer esta semana un ejercicio de agradecimiento a todas esas relaciones que han sido sanantes en nuestra vida.

Por otro lado, hemos de reconocer que no nos resulta fácil ser agradecidos en nuestra sociedad. Hemos ido ganando en conciencia de ser sujetos de derechos. Derechos individuales, colectivos, laborales, reproductivos,… Cuando todo se vive como derecho y como debido, es muy difícil reconocer el don.

CapturaCreo que los nueve leprosos que no regresaron a darle gracias a Jesús más que desagradecidos eran despistados. Tal vez se creían con derecho a la curación y por eso ni se preocuparon en regresar. El samaritano, sin embargo, tal vez fue agradecido porque era el que con menos derechos se sentía, ni siquiera pertenecía al pueblo elegido. Al leproso se le ha concedido más de lo que ha pedido. Pidió la sanación y se le ha regalado la salvación. Para reconocer el don de Dios hay que tener corazón de pobre, no ser autosuficiente, saberse necesitado.

Sólo reconociendo el don, humano o divino, se puede ser agradecido. Sólo reconociendo el regalo que son los demás para nosotros podemos ser agradecidos. Sólo reconociendo el regalo que es Dios para nosotros, lo que es el don de la fe, el regalo inmenso que es la Eucaristía que estamos celebrando podemos ser agradecidos. Ante el regalo, ante lo indebido e inmerecido nos sale espontáneamente: gracias. Es lo que enseñamos a los niños pequeños, es lo que nos enseñaron de pequeños, y que luego, según vamos creciendo, se nos olvida. Cuando recibíamos algún regalo, si es que no lo hacíamos automáticamente, siempre oíamos alguna voz que nos decía: “¿qué se dice?”. Y entonces sí, automáticamente decíamos: “muchas gracias”. Eso tenemos que decir muchas veces ante lo mucho que recibimos en la vida: “muchas gracias.

Resumiendo: reconocer que hemos sido agraciados, ser conscientes del don de la fe, y agradecerlo. Somos agraciados, seamos agradecidos. Agraciados y agradecidos.

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