COMENTARIO a la PALABRA DOMINICAL – Anjelmaria Ipiña

Décimosegundo Domingo del tiempo ordinario

Respuesta que no podemos rehuir

Creo que a nadie nos extraña la pregunta que hace Jesús en el evangelio de hoy. Todos, en un momento o en otro de la vida, nos hemos hecho las grandes preguntas que afectan a la identidad personal. Todos, en un momento o en otro, nos hemos preguntado quiénes somos: para nosotros mismos, para los demás y, siendo creyentes, también para Dios. Por supuesto, es una pregunta que tiene dirección de salida: ¿quiénes y qué son los demás para mí? ¿Qué/Quién es Dios para mí?
Estas preguntas suelen surgir de manera especial en tiempo de crisis. Unas veces son crisis interiores. Otras veces suelen ser crisis sociales, pero que nos afectan profundamente. Somos conscientes de las problemáticas personales que están aflorando con la crisis económica. Vemos como cuando lo que aparentemente nos daba seguridad se desmorona, nosotros caemos con aquello mismo que nos sostenía: el ejemplo más trágico han sido los suicidios ante los desahucios.
Las crisis nos llevan a las preguntas o por lo menos a los replanteamientos. No creo que hoy en día la crisis de valores sea significativamente mayor que lo que era en 2007, hace seis años. Sin embargo, según ha ido pasando el tiempo desde que se nos anunció que venía una gran crisis económica hasta que hemos ido tomando conciencia de que llegó con intenciones de quedarse, son cada vez más las voces que nos dicen que la crisis que estamos sufriendo es más que una crisis económica y financiera, que se trata de una crisis más global, que afecta de lleno a los valores. Curiosamente, la crisis económica ha puesto de manifiesto el déficit ético y axiológico. Crisis de valores que afecta con intensidad similar también de forma global.
Esta misma semana hemos tenido en el colegio la visita imprevista de tres antiguos alumnos de San Viator de Ovalle (Chile). Estaban de paso por varios lugares de España y quisieron conocer el colegio de Vitoria. Conversamos de muchas cosas. Hubo una que me llamó la atención: la descripción que hicieron de lo que ha sido la evolución social chilena de las últimas décadas: pérdida de valores, desestructuración familiar, falta de cohesión social, secularización religiosa, descrédito de la Iglesia,… Descripción que podríamos asumir para nuestra realidad.
Ahora que el Estado del bienestar, que se nos presentaba como el nuevo mesías-salvador del género humano, por lo menos para los que habíamos tenido la fortuna de haber nacido en el hemisferio norte, empieza a hacer aguas por todas y en todas las partes, nos empezamos a preguntar por el modelo de sociedad queremos seguir construyendo o deconstruyendo, como se dice ahora, para el futuro. Ahora que la crisis nos ha abierto los ojos, nos empezamos a preguntar por el modelo de desarrollo que queremos. Conceptos como sostenible, humano, solidario, justo… nos empiezan a parecer irrenunciables, aunque seamos menos ricos económicamente.
Esto es lo que había escrito hasta el viernes a la noche. El sábado, mientras celebramos el aniversario del grupo scout del colegio, pude ver en un bar el titular principal de dos periódicos de gran tirada en nuestra ciudad. Uno decía así: “La crisis económica hace que los vascos sean cada vez menos tolerantes con los inmigrantes. El 21% cree que se debería expulsar a los que estén en situación irregular”. El otro decía: “Cae del 70% de hace dos años al 57,5% actual. Solo la mitad de los vascos apoya ya abrir la Sanidad a los ‘sin papeles’. El discurso ante la inmigración se ha endurecido notablemente de 2011 a 2012 en Euskadi, hasta el punto de que cada vez hay más partidarios de quitar los servicios públicos a los inmigrantes”.
He de reconocer que me indigné internamente. Si el modo de salir de la crisis económica es a cuenta de dejar en la cuneta a los de siempre, espero que la crisis nos dure muchos años, hasta que entremos en proceso de conversión. Hasta que tomemos conciencia de que esta es una de las cruces de cada día que nos manda tomar Jesús: construir una sociedad justa y equitativa para todos. Este es uno de los modos de negarnos a nosotros mismos: porque si no estamos dispuestos a compartir nuestra riqueza, tendremos que estar dispuestos a compartir la miseria que recae sobre tantas personas.
El relato que hemos escuchado hoy se conoce como la “crisis de Cesarea de Filipo”. Jesús deja Galilea y va camino de Jerusalén. Tiene que hacer evaluación de todo lo que ha sido su actuación hasta ahora. ¿Va por el buen camino o tiene que replanteárselo? Jesús siente la necesidad de comprobar si la gente, o por lo menos sus seguidores, van entendiendo las palabras que salen de su boca, los signos que hacen sus manos y las opciones a favor de las personas que sufren o que han sido expulsadas del sistema social y religioso.
decimosegundo domingo del tiempo ordinarioJesús lo plantea directamente: “¿quién dice la gente que soy yo?”. Las respuestas le tendrían que haber satisfecho. Le identifican con los profetas, esos hombres tan importantes en la historia del pueblo elegido, empeñados en recordar la infidelidad del pueblo con Dios, empeñados en denunciar la injusticia con el prójimo y, a la vez, empeñados en anunciar la esperanza, porque Dios siempre es fiel y no abandonaría a su pueblo: les enviaría un mesías-salvador. Por si fuera poco, le identifican con el más grande de los profetas: Juan Bautista.
Jesús da un paso más. No es suficiente con la información sobre lo que piensan y dicen los demás. Ahora cada uno se tiene que implicar personalmente: “y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Pedro, ¿en nombre de todos?, responde solemnemente: “El Mesías de Dios”.
La respuesta era correcta. El concepto empleado era el adecuado, pero había que corregir su significado: esperaban un mesías liberador, que asegurara la supremacía de Israel. Jesús les recuerda el otro modo de ser mesías, el del Siervo pobre y sufriente.
Hoy Jesús te pregunta a ti, me pregunta a mí: “¿quién dices que soy yo?”. La pregunta no es doctrinal, sino existencial. No se trata de repetir lo que dice sobre Jesucristo el Catecismo de la Iglesia Católica o el último libro que he leído de un teólogo progresista. No es una cuestión para responder desde la ortodoxia, sino desde nuestra ortopraxis. Por eso es bueno que me pregunte si Jesús tiene que ver algo con mi vida de cada día, con mis cruces y resurrecciones. No solo con las cruces que me presenta la existencia, sino también con aquellas que asumo libremente por aligerar las cruces de los demás. Porque ese fue su estilo de vida de Jesús y es lo que nos pide a sus seguidores.
Hoy Jesús te pregunta a ti, me pregunta a mí: “¿quién dices que soy yo?”. Es una pregunta de la que no podemos huir y exige una respuesta que no podemos rehuir.

 

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